<<Dentro del segundo universo que visitamos, me hallé a mí misma dentro del cuerpo de una niña de dieciséis años. Menuda, contextura pequeña, deseos igual de diminutos. Todo en ella era minúsculo, excepto la gravedad del acto en que le encontré con las manos en la masa. El GPS especializado que poseemos, me envió a un oscuro callejón de los Estados Unidos, una callecita de doble mano, con varios autos estacionados y una débil luz anaranjada de sodio. Las casas a sus lados no parecían habitadas, más bien abandonadas. El asfalto estaba sucio, rebosado de hojas de otoño sin barrer. La soledad pesaba en el aire, cortada por una ronca voz que la espantaba. Provenía de la jovencita.
En el extremo de una propiedad, había un abundante rectángulo de pasto. Allí destacaba un altar montado a duras penas. Una bandeja de madera, una vela encendida, un cuaderno forrado en cuero, un sueño por cumplir. La niña lloraba a mares, la voz ahogada entre las plegarias que pronunciaba. Le hablaba a un ente invisible, realizando promesas imposibles>>
—A eso se le llama rezar —opiné con seguridad.
<<No. Era un ritual en honor a la escritura. Se dirigía al universo en sus palabras, proclamaba juramentos como "Seré fiel a mi vocación", "Escribiré hasta el día en que muera", "No me importa si soy excelente, rica, talentosa o una fracasada total, donaré toda mi vitalidad y viveza al arte de escribir y expresarme". Duró una hora la ceremonia. Apagó el fuego. Luego del rato de lágrimas y palabrerío, se introdujo en la tarea de escribir en el cuaderno que la acompañaba. Página tras página, tachaba y repetía hasta, dado un instante, extrajo de un tirón el papel utilizado, hizo una bola y lo tiró sobre el charquito de agua salada que había derramado en todo ese tiempo. Pateó el altar con enojo. Salió corriendo como alma que lleva al diablo. No volví a verla nunca más>>
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! —me sobresalté— ¿Acaso no la perseguiste? ¿No la corriste también?
<<Su velocidad fue demasiada. La perdí en segundos. El entramado de calles y negrura tampoco fue de ayuda>>
—Pero... ¿y el GPS súper mágico y genialmente fantástico que tenías? ¿Te lo comiste de hambrienta? ¿Se te aguó su mecanismo, también?
<<Lo usé. Sin embargo, me indicó que su paradero radicaba dentro de una de las casas abandonadas. Revisé cada una y en cada una hallé docenas de ratas y cucarachas y ni una niña o rastros de ella. Se borró de la zona, sus proximidades, nada. Su antes presencia, se tornó en una efímera aparición>>
—Que raro... apuesto a que te viste engañada por la simpleza de las casas. Si se hallaba dentro de una, seguramente, fuera por un sótano, un patio trasero o una mini terraza en pisos superiores.
<<Tras esfumarse y buscarla sin resultados, volví a por su trabajo. El librito estaba intacto, con las páginas blancas, lisas, a excepción de unos datos en la portada y los restos de papel arrancado que quedaron adheridos al lomo. Lo deseché. En el suelo, todavía quedaba su labor. Únicamente me bastó leer su despliegue de talento para comprender lo que vivía y decidir volverme. No obtendría más de aquella niña, su existencia o futuro. Irrealizablemente tuviera uno, con los irrisorios juramentos que repitió y la tristeza que derramaba. No invertí más tiempo en dicha copia sino que fui a reunirme con mis hermanos>>
—Veo que te tomaste muy a pecho lo de "echar un vistazo y seguir". Casi que ni te esforzaste en resolver el misterio de su desvanecimiento. Soltaste el palo ahí nomas —me reí—. Como sea, ¿cuál dijiste que era su nombre? Me suena de algún lado, por extraño que parezca.
<<No pude averiguarlo. No obstante, probablemente sea Elizabeth Gilbert. La primera hoja del cuaderno, donde se suele registrar la información del dueño, exponía aquello>>
—Ahh, con razón. Tiene sentido. Mucho...
<<¿Por qué?>>
—Sin comentarios. Olvídalo... Preferiría que me digas lo que pasó más tarde y si ya lo puedo ver. Dijiste que asaltaste su obra para robárselo, ¿a dónde está? El escrito, digo.
Una de las figuras a su lado me llamó la atención, masculló un suave "Sujeta" y un sonido a papel arrugado, alisándose, deslizándose me llegó a los oídos. Eran las hojas arrancadas de las que ella habló recién. Cayeron sobre mis piernas en posición india. Las tomé. Al observarlas me asqueé.
—¿Cómo pretenden que lea esto? Los bordes han sido muy dañados como para saber lo que dice, la tinta fue mojada por lo que las palabras no son del todo legibles y el hecho de que haya sido mantenido hasta ahora como bollo de pan, no me sirve ni para quitarle las arrugas con la plancha. ¡Es inentendible!
<<Mi resolución acerca de esta historia ha finalizado. Es lo mejor que conseguirás de una niñita melancólica y un poco descolocada para su edad. No llegué a saber más de ella o su paradero, lo único que te resta es su carta. Tómala. Anota lo que tus ojos sean capaces de comprender y prosigamos. Para el tercer relato...>>
—¡Alto! ¡No tan rápido! —la interrumpí desesperadamente— ¡De acuerdo! No me quejo más. La leeré ya mismo y les diré que tan bien lo descifré. Pero, por favor, todavía no empiecen con el siguiente cuento que no soy Jim Kwik, el Brain Coach más famoso del mundo y entrenador de lectura veloz. ¡Por favor!
<<Rápido>>
Así, sin más que aprendiendo a interpretar Código Morse, inicié mi acelerada lectura de unos garabatos que ni los médicos entenderían. A fin de cuentas, los eventos se reducían a lo que se dijera allí y el trabajo que me quedara a continuación, no sería otra cosa que reescribir su historia con alguna que otra modificación a mi gusto.
Por descarte a su contenido, lo titulé "Escritos de Penélope".
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Mi primer amor fue muy inesperado porque resultó ser, en contra del normal de la gente, un algo y no un alguien. Si lo he dicho en otros momentos, no me he enamorado de nadie real. Estoy al tanto de amor hacia los padres, hermanos, amigos e ídolos, pero jamás el de pareja. Amar a alguien con todo tu corazón, pues sí, por aquellos amores platónicos daría la vida. Aquella boyband que me encanta, aquellas influencias que crecieron junto a mí, aquellas amistades que conozco de hace años. Aunque no por alguien a quien acepte como mi compañero de vida, mi enamorado, mi alma gemela. No. Esa persona aún no ha cruzado el camino de mi vida, así entonces, todavía no la conozco. O si lo hago, la confianza todavía no surge entre nosotros.
En cambio, mi primer amor fue una actividad, una vocación, una tarea a la que invertir mi tiempo para conseguir mejores beneficios. No gananciales, sino sentimentales. Escribir funcionó de igual manera que el primer amor de un cantante al que admiro mucho. El suyo fue el piano, la melodía de las frías teclas blancas y las emociones que transmitían. En mi caso, la música se transformó en frases sin sonido a primera vista, pero ruidosas para cualquiera que las descifrara. En vez de un pentagrama, mis palabras se esparcían a lo largo de párrafos interminables. Y las ideas se derramaban rebeldes por blancas y frías páginas. Es ese es, entonces, my first love.
Hasta el día de hoy recuerdo el primer escrito que hice. No fue un cuento ni una novela o fábula, no tenía nombre. En él solamente relataba la incertidumbre que me provocaba la idea de morir. ¿Sería como despertar en un bosque, con musgo creciendo bajo la planta de los pies? ¿O sería una playa de arena clara y liviana? ¿Acaso existe algún paraíso? Ese tipo de preguntas me hice y terminé escribiendo un capítulo de una futura historia que espero completar en alguna ocasión. De ahí en adelante, me fue imposible detener el torrente de opiniones que volqué en blocks de notas y partes inconclusas de escritos. Cada destello de luz y rayo de tormenta que ocurría en mi realidad, era relatado en complejas y rebuscadas palabras dentro de capítulos que nadie nunca leería.
De pronto, la escritura comenzó a tomar un papel más importante en el listado de actividades rutinarias. Tiempo para realizar las tareas escolares, tiempo para juntarme con amigos, tiempo para escribir. Tardes completas dedicadas a esa única obligación. No me importaba nada que fuera externo al mundo que creaba entre mis dedos y la pantalla que tecleaba, en especial, durante el verano. Mis vacaciones ideales, para mi agrado, se reducían a auriculares, una aplicación que registrara mi trabajo y un sillón donde recostarme. De ese modo, mi arduo interés por escribir se hizo tan evidente que mi familia me apodó "Penélope y sus Escritos". No debido a que supieran que yo escribía, sino porque me veían con el celular y creían, con ignorancia, que desperdiciaba mi tiempo chateando en las redes y WhatsApp.
Para quienes no sepan, Penélope fue la mujer de Ulises, uno de los héroes legendarios de la mitología griega, que aparece como personaje de la Ilíada y es el protagonista de la Odisea. Mientras él estuvo ausente, durante varios años y por varios motivos, Penélope fue pretendida por diversos hombres, quienes se asentaron en el palacio y de manera abusiva consumieron su hacienda en banquetes, a la espera de que ella, la reina, eligiera a uno de ellos. Para mantener su castidad, Penélope le dijo a los molestos pretendientes que aceptaría un nuevo esposo cuando terminara de tejer un sudario para el rey Laertes, padre de Odiseo.
Con tal de prolongar el mayor tiempo posible dicha tarea, Penélope deshacía por las noches lo que avanzaba durante el día. Por las mañanas, se la veía tejer durante horas y horas, pero por las noches ella no podía dormir de las ganas que tenía de volver a ver Ulises, así que se levantaba de la cama, se iba hasta su telar y destejía todo lo que había hecho. Así nunca acabaría de tejer la manta. Finalmente, la paciencia de Penélope tuvo su premio porque un buen día, tal y como ella intuyó siempre, Ulises volvió y echó a todos los pretendientes de allí.
Teniendo como base esa analogía, me identificaban por el nombre de Penélope, la eterna sociable y adicta a la tecnología que no se despegaba del teléfono ni para ir al baño. La que pasaba horas y horas con lo mismo, siempre en el mismo lugar y en la misma posición. Sin avanzar, como el tejido de Penélope. Lo cual, no era cierto. Yo progresaba en la práctica, pues, me hallaba desplegando de a sílabas el único talento que estaba segura que poseía. No charlaba con nadie, sólo conmigo y el papel. Y, obviamente, me separaba del celular al dirigirme al toilet, tampoco era tan vicia del móvil. Fue aquella, por tanto, una época de oro para mi amor por la escritura. Me sentía la emperatriz del mundo, con la perfección quemándome las yemas de las manos. Y aunque realmente no fuera así, no me interesaba. Yo era joven y estaba enamorada del increíble mundo de la literatura.
Aunque claro, no todo amor es perfecto. Uno siempre gana y pierde muchas cosas al involucrarse con alguien, y en mi caso, con algo. Las peleas son inminentes, dentro de las cuales, las victorias son escasas y los dolores van en aumento. Las alegrías también, la vida no es tan triste tampoco. Como sea, obtienes recursos de ese otro que nunca pensaste en gozar. Te vuelves una versión más completa y abarcativa de ti mismo. Tu antiguo yo y el nuevo, distan de varias experiencias y habilidades logradas a través del tiempo. No obstante, durante ese proceso de auto complementarte, abandonas ciertas características tuyas. Ingenuidad, inocencia, la vida misma. La dulce y tierna criatura que eras en un comienzo, asombrada por las maravillas que el mundo tenía por mostrarle, desaparece. Porque empiezas a entender sucesos que antes ignorabas. Te inicias en un tratamiento de continuo conocimiento.
Conocimiento, exacto, aquello fue lo que tan merecidamente gané y por lo que tan desgarradoramente perdí la credulidad. Con la escritura, aprendí a reconocer a esa persona oculta que vivía detrás de mis ojos. A ese ser que adoro y detesto con igual intensidad. Antes me hablaba y yo lo ignoraba, luego, descubrí el proceso de escritura creativa y me eduqué en formas de comprenderlo y transcribir lo que decía. Y vaya que hablaba hasta por lo codos. No existía hecho o elemente del universo del que no tuviera una opinión y una dura crítica. Estudié su modo de expresarse, las situaciones que lo molestaban, las personas que lo movían. Me esforcé por ilustrar cada sílaba que pronunciaba y hasta replicar el sonido de su voz en el papel. Y así fue que lo conseguí. Conocí a la persona que se ocultaba en mi cabeza, me conocí a mí misma, obtuve el conocimiento de quien soy, y fue gracias a la escritura.
Escribir me brindó el fuego de la sabiduría en lo que respecta a las lejanas tierras de mi inconsciente. Me ayudó a entenderme. Allanó el terreno para que mi ego consiente perciba la realidad tal cual es. Y, realmente, lo aprecio. Estoy más que agradecida, mucho más. Decir gracias queda corto con toda la fortuna y provecho que me ha regalado. Sin embargo, en algunas ocasiones, el rencor por lo olvidado se hace presente. Gran parte de mi inocencia e ingenuidad respecto a lo que implica ser yo misma, se ha extraviado. No toda, pero sí bastante. Es por eso que, a veces, es frustrante saber lo que voy a hacer, saber de lo que no soy capaz. Sé tanto de mí, de lo que quiero, de lo que detesto, de lo que me afecta, de lo que sufro, que ya no me queda ninguna sorpresa por lo que me depara el futuro.
Invierto tantas horas reflexionando sobre las confesiones de mi inconsciente, que llego a saber de antemano mis mentiras, mi forma de actuar, las lágrimas que derramaré. Sé después de cuales situaciones padeceré una crisis y cuanto me bajarán el autoestima, sé después de qué palabras me veré decaída. Sé cómo voy a reaccionar y cuanto tiempo durará el arrepentimiento tanto por lo que hice como por lo que no. Me supongo cuando algo malo vendrá y trato de prepararme mentalmente, aún estando enterada que nada será lo suficientemente fuerte como para eludir lo que ya preví.
En otras palabras, podría expresarlo como un tipo de destino predestinado que me impongo. Como si mis neuronas jugaran a ser oráculos acatando las órdenes de una divinidad o de los dioses y, más tarde, me las comunicaran a través de las cuestiones que les planteo. "Oye", les digo, "quiero ser feliz". Y ellas me responden: "Veritas, diosa de la verdad en la mitología romana, dictamina que tendrás sólo dos horas de felicidad. Luego, deberás pagarle tributos de amargura por lo siguientes días". Y ahí voy yo. Pasándola hermoso durante ciento veinte minutos y desperdiciando melancolía durante mil cuatrocientos cuarenta minutos que abarcan una semana.
En cierto modo, quitando la pesadumbre que me provoca, me satisface conocerme, pronosticar lo que sucederá. Saber lo que estoy obligada a vivir y a padecer. Así, la sorpresa de la ignorancia no me afecta tanto. Vivo lo que tengo que vivir, sobrellevo lo que tengo que sobrellevar y continúo. Como sería, por ejemplo, con el arrepentimiento. Resulta que debido a este tema del oráculo y sus similares, empiezo a despertar mis límites. Cada circunstancia que vivo, sirve de modelo para el tipo de cosas que soy y no capaz de hacer. Y esto trae aparejado una culpa involuntaria que cargo siempre.
Muchos dicen que se arrepienten se haberse perdido lo que hubiera pasado si hubieran dicho que sí a una oportunidad. Yo, por el contrario, me arrepiento de ser una persona que constantemente dice que no y lo sabe. Antes y después de que siquiera pase el tren de las chances, sé que mi respuesta será negativa. Por eso, no pierdo el tiempo imaginando en las mil y un aventuras que esquivé, sino que lo atravieso con regaños hacia mí misma, de por qué soy tan predecible y aburrida.
No. Jamás podría haber dicho "sí" a esa invitación, lo sé. Pero así funciona mi arrepentimiento. Un tropiezo por saber mi tope, por estar consciente del error que soy y por los errores que cometo a diario. Y me arrepiento de ser ese error. Nunca quise ser un fallo, sin embargo, tal vez si lo fomenté con mis extremadas y precavidas acciones. Nunca me deshice de la vergüenza y la inseguridad. Las escondí, por el contrario. Evité su surgimiento hasta el momento de casi estallar porque no poseo manera de vencerlas. Ya las traigo incorporadas como tontos defectos. No logro ser tan natural, social y cariñosa como quisiera, debido a que mis márgenes me delimitan a contornos que conocen, que predicen que no puedo superar.
Y todo esto, gracias a los decretos que me informa la persona que vive tras mi mirada, yo misma. A través de las alertas de miedo que provienen de mi inconsciente, mis neuronas comandan la ordenanza de cerrar puertas y huir. Y mucho más tarde, dejan rienda suelta al arrepentimiento y al autoconocimiento que sabía de la escabullida por adelantado. Y retrocediendo todavía más, descubrí estos hechos a causa del amor que le tengo a la escritura.
No obstante, se preguntarán por qué me someto a estas circunstancias. ¿Por qué no corto con este amor en el que pierdo más de lo que gano? ¿Por qué continúo hurgando en mí, aprendiendo de memoria mis futuros pasos y deprimiéndome al escribir sobre mis penas? Bien, la respuesta es sencilla. Debido a que tengo que transitarlo, seguir intentando y mejorando. A ver si logro transformar el fuego del saber en acalorada confianza. A ver si algún día le digo que sí a las oportunidades pasajeras. A ver si algún día no duele tanto. A ver si algún día me aseguro de pasarlo bien y que de verdad sea así. A ver si, finalmente, mi terca mente con vida propia se encarga de reducirle el sufrimiento a mi pobre corazoncito. A ver si dejo ya de pelear tanto conmigo misma...
Es por ello, que ningún amor es fácil de tratar, aún cuando el enamorado es un algo y no un alguien. Es por ello, que elegí como primer amor a la escritura.
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—Wow, esto es... ¡me siento una intrusa leyendo algo tan personal! Explica mucho de sus inseguridades y problemas y no sé de qué tipo de arrepentimiento habla, pero no me gustaría conocerlo o estar en su lugar. Es...
<<Una niña conflictiva. Tenía tan sólo dieciséis años, una criatura de la que debería estar divirtiéndose, riendo, enfrentando al mundo, se hallaba llorando y sufriendo por dilemas de los que gente mayor suele reflexionar, tras haber acometido grandes errores en su vida. Ella no. Apenas si supo prender la vela después de varios intentos con el encendedor. Entonces, ¿qué clase de oportunidades habrán sido tan trascendentales para su diminuta existencia, como para que su estado emocional actúe tan frágilmente y califique a la escritura como la causa por la que "desgarradoramente perdió la credulidad"?>>
—Bueno, pues, tal vez engordó un poco sus emociones. Después de todo, juró ser escritora y ellos tienden a hacer eso. Exagerar, relatar pequeños sucesos como aventuras extraordinarias, estrujar las tripas del corazón con tal de extraer hasta la última gota de dolor. Aún así, debes comprenderla. Si sus sentimientos eran de ese estilo, debió ser por una cosa seria que le pasó. O cosas. Nadie se siente de ese modo, sin motivos. Incluso cuando afirmes que nada serio parecía molestarle o serle de gran tragedia, la simple sensación de convivir con vergüenza e inseguridad, de considerarse un fallo, es fatal. No es de deseársele a nadie. Y dado que no diste tu mejor empeño en localizarla, nunca sabremos las desgracias que la hicieron sentirse así.
<<No considero que percibirse como una "persona negativa" implique una imposición desgraciada. Más bien incluye un cambio de actitud. Si se detesta por perder, deliberadamente, el tren de chances cada vez que pasa por su vida, debería probar de practicar el "optimismo". Confiar en que el camino de su historia esta construido para beneficiarla y comenzar a aceptar las nuevas hazañas que le esperan. Con ello, se ahorraría todo el drama por no ser "espontánea", la pesadumbre de saber cuantas veces al día repetirá la palabra "No", el arrepentimiento de ser como es, la amargura de respetar el destino pesimista que se autoerigió, demás>>
—Pero es que no se hace así de fácil como suena... ¡Ay! ¿Sabes qué? Olvídalo x2. No hay manera que podamos concordar en ninguna opinión. Al principio, te creí más amable y empática. Aunque parece que no. Siempre tus opiniones son cerradas y opresivas, opuestas a las mías, más del tipo afable, tolerante.
<<Todavía eres joven. Tampoco has salido en gran extensión del lugar donde vives o de tu universo. No estás al tanto de lo decepcionante e injusta que puede ser la vida, lo doloroso que llegan a resultar los "genuinos conflictos". Muerte, traición, abandono. Dilemas tales como "No consigo una remuneración por el contenido que escribo" o "Me siento apenada de conocerme de más" son irrelevantes para mí. Las jóvenes de las dos primeras historias sufrían dificultades imaginarias, de personas vulnerables y flojas. Las verdaderas cuestiones vendrán a continuación>>
—Eso ya lo veré yo... Por consiguiente, ¿qué dice el tercer relato?
