2,10) La risa de Solares

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—Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es donde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas al estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso...


—Eso es plagio, Solares —me recalcó mi amigo Lulú con una sonrisa en el rostro
. Trataba de ponerse severo conmigo, aunque nunca le salía— Por favor. No puedes comenzar tu historia con el inicio de El guardián entre el centeno


—¡Ay! ¡Ups! Es que me siento guardián del centeno de problemas que tengo —solté con ligereza y él se rio.


—A ver, a ver. ¿Qué podemos cosechar hoy? —Hizo la mímica con las manos— ¿Un desaprobado de Inglesa? 


—¿Un análisis fallido? ¿Diez mil pesos tirados? —Acompañé con mi risa. 


—¿Una bala en el cráneo?


—¡Ja! ¿Qué cráneo? ¡Mira si sobrevivo! 


  Sus dientes levemente amarillos se hallaban expuestos por la amplitud con que abría la boca para reírse de mis chistes. Su blanca nariz se arrugaba y sus canicas celestes se alargaban. Eso era lo que más disfrutaba de su compañía: El doblarnos de la risa ante nuestros problemas. Era una alegría constante la amistad que compartíamos. 


—¡Pum! Otro al corazón si, solo si, me dejas como herencia el helicóptero y la lancha. 


—El interesado le decían... ¿También quieres el auto? 


—¡Obvio, papá! —Extendió los brazos a la altura de su cabeza como si estuviera dando las gracias— ¿Con qué plata te pretendes que arregle la moto? ¿Eh? 


—Vendiendo helados. —Estallé a carcajadas. 


  Su cara enseñó una clara indignación fingida a la que le agregó una mano en el pecho y un índice incriminador— No. Solares, no. Eso es caer muy bajo. ¡Te dije del imbécil de Dante Soppelsa! Fue su culpa, no mía. 


—Sí, obvio. 


—¡Basta! —Su voz, en ocasiones, se tornaba rasposa de tanto reír. 


—Sí, sí. Ya paro. 


—¡Loco! No se puede hablar en serio contigo. A ver, volvamos. —Presionó los labios en una línea y cerró los ojos. Al abrirlos, añadió— Es tu historia. Tiene que ser algo propio. 


—¿Y si nunca tuve nada propio? ¿Mamá original? No tengo. ¿Papá original? No tengo. 


—Se dice biológico. ¡Burro!


—Ahh, el estudiante de Literatura le decían —me hice burlas.


—¿Y así apruebas las materias? ¿Sin saber hablar? 


  Aquel era otro de los aspectos que me gustaba de él. No sentía pena por mí ni miedo a jugar con mis bromas. Sabía que ya nada de eso me afectaba. Los años de psicóloga habían surtido efecto y no eran más que anécdotas que contar de mi pasado. 


—Por lo menos, aprobé el ensayo. 


  La sonrisa en su rostro luchó por abrirse paso— Mira, Solares, te estás pasando de la raya. Me voy a ir y vas a pagar el juguito tú solo. No te pienso dar la mitad del dinero.


—Nunca lo haces. 


  Procedió a zamarrearme un hombro con bronca. 


—¡Eres terrible! 


—¿Yo? ¿Terrible? Tú eres el que está a los manotazos y las risotadas. Fíjate cómo nos mira el señor del kiosco.


  En efecto, un hombre de mediana edad y barba grisácea nos observaba desde el interior del local donde habíamos comprado el agua saborizada de pera. Los coloridos dulces y bolsas de papas fritas en vidriera contrastaban con la fusca apariencia del dueño. Sus enormes ojos negros se dirigían hacia nosotros con preocupación inquieta. Saltaban de aquí para allá, nos acosaban y evitaban desde que habíamos llegado. 


—Está empezando a asustarme su actitud —comentó Lulú muy cerca de mi oído. 


—Es que hoy te viniste re fachero. Esa barbita, ese pulovercito ajustado...


—¡Solares! —chilló un poco sonrojado y me apartó de un empujón suave—. Para mí, que nos mira así por lo raros que estamos siendo. ¡Hombre! Somos hombres maduros, universitarios tomando un juguito en vez de una cerveza. Eso está mal. 


—Ya te dije que yo no tomo. 


—¿Y qué? Una cerveza no mata a nadie —rogó. 


—Por eso. 


—¿Tanto quieres morir?


—Lo aprendí de ti. 


  Inevitablemente, sonrió— Hoy día me estás sogueando demasiado. 


—Por supuesto. ¡Ja! Encontré tu punto débil. 


—¡Me caes mal! ¡Solares, me caes mal! —Bajó la mirada hacia la mesada con los dos vasos de plástico y la botella llena hasta la mitad. A continuación, las pupilas se le iluminaron a causa de una maldad que pretendía realizar— Ahora mismo le voy a pedir al señor que nos traiga más veneno para que bebas ¡Eu! ¡Usted! ¡Queremos más jugo! —comenzó a gritarle. El hombre se sobresaltó más de lo que me hubiera gustado— ¿Nos los vende?  


—¡Lulú! Lulú, no armes lío. Tranquilízate. —Traté de taparle la boca, sin embargo, él me esquivó. 


—¡Por favor! ¿Sí? De pomelo esta vez. 


—¡Lulú! Me voy a enojar. Basta. 


—Bueno. Bueno. Cierro la boca, pero no me retes como a tu hermana. 


  Volteé la cara hacia el dueño y le aseguré que estábamos bien, que era un juego y que no le diera importancia. Sus ojos evitaron el contacto con los míos. 


—Entonces, yo empezaría de esa forma. 


—¿Cómo? —le consulté perdido y habiendo olvidado el hilo inicial de la conversación. 


—La historia. 


—¿O sea? 


—Borra ese párrafo plagiado y escribe: No conocí tanto a mi mamá como a mi papá. Me adoptaron unos padres ricachones con unos dos helicópteros y cinco lanchas y...


—Unos juguetes que me quitaban... —Imité un sonido de llanto, a pesar de estar riendo. 


—Porque después se los vendía a mis amiguitos...


—Y me hacía alta platita...


  Explotaron las carcajadas. No era gracioso, realmente. O no lo hubiera sido para alguien más. No obstante, para nosotros sí. Era el humor negro que nos caracterizaba. 


—Tremendo gánster de chiquito. 


—Pasa que... Las calles son duras, te hacen fuerte, despiertan la mente de tiburón en cada uno. 


—¡Exacto! Así, Solares. Eso tienes que escribir. 


—Lulú, no hables tonterías. Quiero ser un escritor serio.


—¿Y? —Se encogió de hombros.


—¿Qué clase de escritor sería si inicio contando mis aventuras en el hogar de huerfanitos? 


—Uno original. —Se rio— Imagínate así en letras grandes en un diario —Como era costumbre suya, hizo la mímica de todo lo que decía—: "Solares Vidda, el escritor del momento. Nacido de los estratos más bajos de la sociedad hasta su salto a la fama y las riquezas. Relatos nómades de un aventurero de las calles".... Espectacular, ¿no te parece? 


—Y en letras chicas, abajo: "Estuvo en prisión cinco veces por vender droga con su socio Lulú". 


—¡Eh! ¡Te amo, Solares! —Me abrazó— Me cumpliste el deseo de mi vida. ¡Ser rico vendiendo drogas! 


—Salí, payaso. —Mis carcajadas eran alaridos agudos y las suyas golpeteos atragantados— Y después te sientes sogueado por mí.


—No te estoy sogueando. Estoy siendo lo más formal que puedo. Primero, porque, escribas lo que escribas, nos vas a sacar de esta esquina transitada de autos con un kiosco de tercera y un jugo vencido para elevarnos a las producciones multimillonarias de Hollywood. 


—¿Como el nuevo Capote? —bromeé. 


—¡Ay! ¡Me leíste la mente! ¡Tú lo dijiste, pero yo lo pensé! —Hizo una muy buena parodia de una comedia de cine famosa. 


—Pero no soy un alcohólico, drogadicto, homosexual y genio como Capote. 


—¡Qué importa, Solares! Naciste igual de extravagante que él.


—Siempre tan amable.  


—Por supuesto. Tal vez no tengas una foto desnudo como Capote —Guiñó un ojo—, pero tienes esa infancia traumada que los lectores aman. 


—Uff, hermosa. 


—Y puede que tampoco tengas afición a drogarte con opio y laúdano como Poe para escribir semejantes cuentos, pero tienes a tus propios fantasmitas que te nacen naturalmente. 


—Y no te olvides de ese romanticismo extravagante y suicida de Goethe. 


—¡Eso! ¿Ves, Lulú? Naciste para la fama... ¡Y yo para las drogas! 


—¡Lulú!


  Mis carcajadas a cada instante se tornaban más agudas, como si el aire fuera huyendo más rápido a medida que el nivel de turbiedad de la conversación aumentaba. Mi amigo ya ni aire tenía en sus pulmones. Era una bola roja sonriente sobre un rostro inicialmente blanco y sin acné. Se limpiaba las lágrimas sin reparo. 


—¿Te das cuenta? —me preguntó, todavía peleando por modular palabras coherentes entre risas incoherentes. 


—¿Qué? 


—Eh... Disculpe, hijo. —Apareció el señor del kiosco a mis espaldas, interrumpiendo la charla. Mi pregunta quedó flotando sin respuesta.


  Lo observé desorientado. ¿Qué hacía allí? Y, por un momento, me sentí avergonzado. Debíamos de estar haciendo demasiado escándalo como para que saliera de su puesto y viniera a increparnos. 


—¿Sí? 


  Sobre su espesa barba, fui capaz de notar migas de bocaditos de vainilla que habían quedado sin sacudir de lo apresurado que lo había visto comer en tanto nos vigilaba de reojo. ¿Acaso lo habíamos puesto tan nervioso como para que quisiera calmarse mediante un atraco de galletas Sonrisas? 


—¿Está usted bien? 


—Sí, ¿por qué? ¿Le estoy causando algún problema? 


  Bajó la mirada un segundo. Se veía más débil y pequeño que cuando nos atendió detrás de la vidriera con comida. Dijo— No, es que... Verá, parecía como que estaba hablando solo y yo...
De pronto, me quité uno de los auriculares inalámbricos de color negro que tenía puesto en las orejas. El hombre se dirigía hacia mí en susurros y eso provocaba que no le oyera bien con los dispositivos en funcionamiento. Siguió todos mis movimientos con cautela. Cerró la boca. 


—¿Y bien? ¿Qué decía? 


—Nada. Mil perdones, hijo. Lamento haberlo molestarlo. —Dio la vuelta en dirección a su puesto sin siquiera atreverse a mirar atrás. 


  Me quité el otro auricular y los guardé en su caja. Revisé mi celular. Ninguna notificación reciente, sin embargo, ya me había pasado de horario. Mi hermana me esperaba en casa con el almuerzo. A continuación, me levanté del banco de madera, tomé el vaso y la botella vacías y las arrojé al tacho de basura a mi derecha. Crucé la calle en cuanto el semáforo estuvo en rojo.

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