https://dai.ly/k4mhc9ot6nfPBBzLzqx
<<El relato que hallarás en mi segundo universo es un tanto excéntrico. Te será difícil de creer. Y, como todo en el amor, es exuberantemente fantasioso. Reitero, en la actualidad supone la base de muchos sueños platónicos de cuantas niñas lectoras fanáticas de ficción juvenil existan>>
—Ajá... ¿Por qué siento que este comentario tuyo se va a repetir muchas veces a lo largo de tus cuentos? Esto es muy fantasioso, esto otro es enormemente fantasioso. ¿Es que, acaso, la idea misma del amor es fantasiosa? ¿El amor no existe? ¿El amor es fantasía?
<<No. El amor es real y varios de mis relatos lo van a demostrar. Sin embargo, existe una línea muy frágil encargada de separar lo real de lo imaginario. Lo sincero de lo meramente superficial. El amor propiamente dicho de la atracción física. Y dicho hilo es tan vulnerable de ser corrompido que la mayoría salta de un lado a otro de este, cambia de opinión por momentos o, simplemente, vive sus romances en el medio. Permaneciendo sobre la línea se enamoran, aman, se casan, se divorcian, se reúnen y absolutamente todo sin jamás ser capaces de definir si aman de verdad o solo querían divertirse bien lejos de la soledad>>
—Wow... ¿Es que fuiste filósofo alguna vez en tu vida? Calificas tan bien las cosas. ¡Y las dices con tanta autoridad!
<<De hecho, sí. No obstante, lo importante aquí es lo fantasioso del amor. Al no tomar bando en ninguno de los lados de la línea, se le asigna erróneamente al "Lado del amor propiamente dicho" numerosas características de la irrealidad que forman parte del otro extremo. Como por ejemplo, la perfección, la entrega absoluta, la fidelidad eterna, la desaparición del deseo físico por otras personas, entre otros. Promesas imposibles de cumplir si uno las piensa. Ya que, del placer que propicia el acto carnal y/o el "Lado de la atracción física", nacen ensoñaciones falsas de un amor básico, externo, sencillo. Todo felicidad, todo compromiso, todo pasión. Y que luego son trasladadas al sitio del amor, donde no concuerdan para nada. El amor es duro, crudo, doloroso e incluye sacrificios, peleas, heridas insanables de igual modo que perdón y tolerancia>>
—Ahh, claro. Por eso tachas todo de fantasioso. O sea, todo lo que no sea sincero, crudo y realista es imaginario. ¡Falso!
<<Exacto>>
—Pero entonces, ¿con qué te quedas? Si cada cosa que muestran de amor es fantasiosa. Películas, series, novelas, libros y canciones son las principales empresas que regulan las cualidades que deben o no entrar en el concepto de amor. ¿O estoy hablando mal? Un film erótico va a decir que el amor es únicamente pasión. O, no sé. Un libro de autoayuda va a definir el amor como el acto de comprender y acompañar a ese ser querido que sufre y... —Lo señalé con el índice amenazador— ¡Aléjate de quienes no te hagan bien! Eso mejorará tu vida y te ayudará a encontrar al amor de tu vida. —Mi voz de señor presentador era una maravilla— Fin de espacio publicitario.
<<Con nada>>
—Bah, ¿cómo?
<<Si decides hacer caso a las ideas, exigencias y consejos que te brindan dichas fuentes de manipulación, terminarás perdido. Confiando en mentiras y dejándote engañar por lo que crees que ves y no lo que realmente hay. Principalmente cometerás errores, como lo hizo mi versión en este universo. Él, ciego bajo la ilusión de que el amor se encuentra en cada esquina, fue víctima de su propia torpeza. Recayó en él el peso de la realidad y con pésimas consecuencias. Él es un claro ejemplo de lo que no hay que hacer>>
—Está bien. Lo entiendo. No creo en nada de eso. Sin embargo, al final, en algo tengo que creer.
<<En la verdad de lo que existe. En lo observable, lo tangible, lo empírico. En las anécdotas que te cuenta tu abuela al momento de casarse, en las peleas que relata tu prima con su cuarto novio, en los padres divorciados de tu mejor amigo. Aquellas personas son reales, han vivido y experimentado. Saben más de amor que cualquier película romántica. Conocen más de pasión que cualquier novela adulta. Ellos, aunque no completamente, son más propensos a diferenciar el lado del amor del lado de la atracción sin equivocarse. En ellos puedes recaer. Tal vez, aprendas de sus errores. Tal vez, te decepciones de lo que oigas de sus bocas. No obstante, indiscutiblemente, ellos son más verosímiles que las series o canciones. En ellos puedes creer>>
—Carajos... Lo que no tienes de tacto, lo tienes en sabiduría —me callé. No sabía que otra cosa responder a excepción de un "Tienes razón"— Y, bueno, supongo que deberías empezar con la narración. Eh, ¿esto lo presenciaste o te metiste en el alma de tu copia?
<<Lo presencié>>
—Eh, perfecto. Comienza ya.
Sin muchos preámbulos, lo titulé "Mujeriego sangriento"
.........................
Había una vez, un vampiro en la ciudad Litch, Alemania. Debía tener alrededor de unos diecinueve años. Era un muchacho novato y apuesto, recién llegado de su largo viaje por el mundo en veinte días. Éste suponía todo un reto, un récord que romper. Los mejores vampiros estaban entre los veintidós y veinticinco días de travesía, y él planeaba ganarles con las metas que se había impuesto. El premio para el vencedor eran treinta mil dólares en efectivo. Más le valía esforzarse.
Sin embargo, llevaba la mitad del tiempo y aún le faltaba demasiado por recorrer. Por algún motivo propio de él, se había atrasado con el itinerario. Seguía atrapado en los países ricos, cuando ya tendría que haber visitado los humildes pueblos de la Antártida para continuar con América. La razón a esto, era la constante batalla que daba contra los oscuros deseos que lo perseguían. Su debilidad no era la velocidad física, pues todos los vampiros se mueven más rápido que los rayos del atardecer, sino que era la velocidad sentimental.
Sitio en el que estuviera, sitio en el que dejaba un pedazo de su corazón. Enamorarse era su debilidad. Perder el tiempo derramando gotas de su insaciable lujuria en mujeres en cuartos de hotel. Las horas comenzaban a huir de su control en el instante que pisaba una nueva frontera. La joven del café que lo atendió, la chica que le ofreció hospedaje, aquella que le sonrió en el autobús, esa a quien le compró un souvenir... Todas iban a parar a su cama. Todas son bellas, él decía y vaya que así lo creía.
El permiso para viajar de día y el permitido de alimentarse con comidas humanas expiraban en diez días. Luego de eso, se vería en la obligación de retomar con su aburrida vida vampírica. Saliendo solo de noche, consumiendo únicamente sangre y asesinando a féminas, en vez de acostarse con ellas. Por eso, quería disfrutar de cada segundo de libertad que poseía. Degustaba cuanto plato encontraba. Croissants, cannolis, pizzas, paellas, estofados, postres, cada uno de ellos sabía a comida de los dioses. Miles de veces mejor que la dulce y empalagosa sangre.
Y ni hablar de los tragos hechos con alcohol. Estos pertenecían a otra de las siete maravillas del mundo. Amaba beber, así como amaba emborrachar a la gente a su alrededor. Las personas solían entrar en un estado de alegría y risas sorpresivas. Aprovechaban para cantar melodías movidas y bailaban en poses raras. Algunos hallaban la aventura en típicas peleas de bar. Era, según él, un circo de fieras poseídas a voluntad digno del show Bloody Mary (programa de televisión donde se presenciaban trucos de magia sobre animales para luego descuartizarlos y alimentarse de ellos).
Siendo así, en la ciudad de Litch, comenzó su tour acelerado. Por lo general, recorrer una localidad de ese tamaño le tomaba unas tres horas y media, sin ningún percance. De inmediato, solía correr a la siguiente metrópoli y repetía el mismo proceso hasta cumplir el tiempo preestablecido. Cabe destacar que los vampiros no duermen y eso les da ventaja cuando viajan. En total, conoció unos ocho museos, dos catedrales, un monumento, caminó sobre los puentes más famosos, probó nuevos platillos que lo asombraron, descansó un rato en el parque Wasser (parque de agua para turistas) y se preparó para su última parada antes de partir: El Castillo Dunkel.
Una enorme fortaleza, con vastas torres de vigilancia y suficientes entradas secretas para confundir hasta los guías turísticos. Los techos en punta eran azules, lo mismo que las puertas y las barandas de las escaleras. El resto era todo color rojizo desgastado, propio de los ladrillos. Por otro lado, el vestíbulo se componía de una sala de tonalidad salmón, con diseños en dorado y luces artificiales, las cuales fueron claramente instaladas en tiempos posteriores para la comodidad de las visitas.
Allí se congregaban grupos de extranjeros de varias culturas a la espera de recibir un líder que dirigiera su trayecto por los pasillos del castillo. Los pasos previos a ello, era la compra de costosas entradas y los posteriores, la división en equipos de colores estableciendo cantidad de integrantes y tiempo de estadía. Para su suerte, mala o buena, le tocó con un trío de ancianas mayores, un padre soltero y su hijo, un hombre de traje y una hermosa chica de ojos grises y cabello castaño.
—Grupo Rojo —dijo la guía—. Visitaremos primero el Gran Salón, luego la Cámara de los Lores y Damas y, más tarde, las cocinas y despensas. Posterior a eso, les diré cómo seguir. Mantengan el ritmo y no se separen. Tampoco se mezclen con los otros grupos.
A decir verdad, la fortaleza no lo impresionaba. Los fuertes de Edimburgo y Dunnottar en Escocia eran mucho más memorables que simples alcobas espaciosas y similares. Pero lo que sí le llamaba la atención eran las miradas curiosas y fugaces que le lanzaba la joven a su lado. Llevaba un vestido azul floreado ajustado hasta la cintura y suelto hasta las rodillas. ¿La edad? No creía que superara los veinticinco años. Su rostro se veía aún muy juvenil. ¿Su experiencia? Ya la destaparía una vez que salieran de allí y la invitara a dar una vuelta por el hotel en el que se hospedaba.
Resultaba ridículo contratar una habitación para las tres horas que pasaría en la ciudad. Sin embargo, y como se conocía lo suficiente, estaba seguro de que ese cronograma se prolongaría a cinco o más horas. O tal vez no. La chica pareció tomar la iniciativa antes de lo esperado y acercó los labios a su oído.
—Oye, equipo rojo, ¿por qué tan aburrido? —le preguntó en un susurro.
—Si buscas aburrimiento, mira al señor de uniforme negro. Su cara lo dice todo. —Ella observó y rio.
—No seas cruel. Que sus facciones no sean expresivas, no quiere decir que no esté sorprendido. La clave está en examinar sus pupilas.
Frente a su comentario, él se detuvo. Estremecido. Entonces, ¿así se sentían las mujeres cuando él las convocaba a una reunión privada espontánea? ¿Estupefactas? ¿Halagadas? Con el solo hecho de mencionar la palabra "pupilas" ya le explicó todo lo que quería. Hay varios estudios científicos que dicen que, si las pupilas se dilatan, denota un gusto por lo que se está viendo. Y ella lo demostraba tal cual. Una señal sutil pero comprobable.
—Además, considero que leer entre líneas es muy útil. —Imitó su gesto y habló sobre su oído.
—Tienes razón. —Le sonrió— Me agrada que seas rápido.
—Y puedo serlo aún más. —Tomó su mano— Al llegar a la Gran Cámara, habitación utilizada como dormitorio por el señor y la dama del castillo, encontraremos un pasadizo secreto justo en la pared continua a la cama. El lugar es pequeño, aunque suficiente para ambos.
—¿Cómo lo sabes?
—Sé mucho de castillos...
—En tal caso, hay que apresurar el paso. No me quiero alejar de nuestro grupo. —Tiró de él hasta alcanzar a la líder.
Mientras escuchaban un extenso monólogo con la historia incluida de los sirvientes y lores que durmieron allí, las aventuras amorosas prohibidas que sucedieron y cómo los asistentes personales del señor y la señora dormían en el suelo envueltos en una manta; los ojos del muchacho no paraban de moverse. Analizaban los movimientos de cada uno de los presentes. Qué tan ansiosos estaban por terminar el recorrido, qué cantidad de tiempo invertían observando los cuartos, qué tan distraídos eran. Todo. Necesitaba hallar el instante ideal en el cual fugarse por el orificio del paredón. Y finalmente llegó.
Dentro de la alcoba, había un rincón donde colocaron, deliberadamente, un par de trajes de la época para dama y caballero. Eran más bien representativos, de utilería, no obstante, servían para desarrollar el interés por los secretos que el siglo XIX guardaba. Y justo cuando sus compañeros de visita se hallaban hipnotizados por dicha tontería promocional, visualizó la oportunidad de escabullirse. La arrastró hasta la pared y empujó. Los supuestos ladrillos unidos giraron sobre sí y dejaron al descubierto una abertura por la que pasar. Una vez adentro, el mecanismo volvió a girar y se cerró.
Nada más al quedar ambos solos, el muchacho la presionó contra la superficie lisa del semi-túnel y la besó. No tuvo vergüenza de incluir su lengua en la fiesta ni de permitirse acariciar la piel que quedaba al descubierto del vestido. Ella, muy contenta, lo sujetaba del cabello atrayéndolo más a su altura.
En un momento, detuvo el beso y le consultó— ¿Sabes por qué se llama Castillo Dunkel? —Él negó con la cabeza y juntó sus labios de nuevo. Después de un minuto, ella le contestó— Dunkel significa oscuro, tenebroso, donde las cosas suceden a escondidas de la luz.
En consecuencia, él rio, dándole la razón y se tomó la libertad de deslizar las manos por debajo del vestido. Subiendo sin cesar. Sin embargo, la joven lo paró por segunda vez.
—Espera, lo haremos a mi modo.
Dicho eso, le levantó la remera y se la quitó por la nuca. Sus largas uñas recorrieron el tórax hasta llegar a su marcado abdomen. Lo saboreó con la mirada. Entonces, el chico hizo un ademán de acercarse al cierre de su prenda femenina, pero ella se lo negó.
—No touching. —Él sólo bufó molesto y no dijo nada.
Luego bajó sus delgados dedos hasta el cinturón del pantalón y lo desabrochó. La tela cayó al suelo y él terminó de deshacerse de ésta y de las zapatillas. Por consiguiente, quiso tomarla de su cintura y ella, extremadamente complacida, se lo negó.
—Todavía no. —Ahora el bufido se transformó en un gruñido desesperado.
Extrayendo el último retazo de tejido que le quedaba, el bóxer, lo examinó. Desde sus pupilas hasta la punta de los pies. Cruzando por su blanca piel, las azules venas de sus brazos, la ligera vellosidad de sus piernas. Se mordió el labio.
—Creí que tendrías más horas de gimnasio... Lo siento. —Miró a un lado y se encaminó hacia la salida. El muchacho, furioso por la exquisitez con la que lo acababan de ofender, tiró de su brazo y la devolvió en el sitio que estaba. Haciendo uso de su fuerza maestra, arrancó la parte inferior de su ropa interior y la alzó, adentrándose de inmediato.
La joven ahogó un gemido y sonrió— Me gustas más así, enojado.
—Qué graciosa eres —replicó y volvió a arremeter. Ella rodeó sus caderas con ambas piernas y se sostuvo con fuerza de sus hombros. La respiración se le acelerada más y más a medida que él entraba y salía con mayor frecuencia. Los quejidos se tornaban imposibles de controlar.
En un gesto de placer, el chico mordió el lóbulo de su oreja, pero hasta ahí llegó. Y ella lo notó.
—¿Por qué... no besas mi... mi cuello? ¿Es que te... tienta demasiado?
—¿De qué hablas?
Enredó los dedos en su cabello y lo forzó a mirarla a los ojos— De que... si me besas allí, luego te verás en... en la obligación de morderme, pequeño vampiro.
Sus ojos dorados brillaron del susto y se abrieron como platos. Retrocedió velozmente. La soltó sin cuidado, casi dejándola caer al suelo.
—¡No puede ser! Me engañaste, perra —chilló por lo bajo, tratando de no llamar la atención de las personas al otro lado de la pared—. Perteneces a la Sociedad, viniste a vigilarme... ¡quieres quitarme los permisos!
La joven se estabilizó, recuperó el aliento y le desmintió— No seas perseguido, yo no pertenezco a ninguna sociedad. Soy una simple humana deseosa de vivir mi juventud conociendo el mundo.
—¡Mientes! ¡Mientes! Me buscaste a propósito...
—¡Y por supuesto cariño! Tu entras dentro de mi idea de diversión extranjera. —Mientras hablaba se agachó para recoger el bóxer y se lo tendió. Él, enseguida, se lo puso— Verás... yo llevo un conteo del calendario vampirezco y sé que para esta época muchos deciden empezar a viajar y a retarse los récords propios. Así, pues, no me fue complicado encontrar a uno dentro de mi mismo trayecto turístico y que estuviera tan impaciente por tener sexo conmigo.
—¿Qué...? —balbuceó, completamente shockeado por su confesión. Había sido usado por una mujer humana mayor que él y, encima, fue solo por su órgano genital masculino. Comenzaba a empatizar con el trabajo que hacían las damas de compañía, solamente que a ellas les pagaban con dinero real. A él no.
—¿Cómo supiste que yo era un vampiro?
—Pobre chiquillo, necesitas agudizar ese oído... O, al menos, interpretar lo que te dicen. —Lo miró con ternura— Lo admití desde un comienzo: tus pupilas. Las pupilas de los hombres son redondas y las de los vampiros son alargadas, como ojos de gato.
—Ohhh...
—Igual, tranquilo. Se ve que aún eres novato. Pero bueno, todavía hay un deseo que quiero que me cumplas... —Se tomó un instante para pronunciarlo— Muérdeme.
—Ni loco. —Se inclinó para recoger el resto de su ropa, a lo que ella le puso el pie encima, impidiéndoselo.
—Muérdeme o te delato. —Se acercó a él y presionó su pecho desnudo con una uña afilada— Las ancianas de nuestro grupo sí pertenecen a la Sociedad. He coincidido con ellas en varios países y las he visto remover permisos y encarcelar a vampiros por involucrarse con personas humanas.
—Eso no es cierto. Sexo con humanos no está prohibido.
—No obstante, dejar descendencia sí. Y no te he visto sacar ningún condón desde que llegamos. ¿Acaso hiciste lo mismo en las otras ocasiones?
El chico bajó la mirada. Se hallaba en un lío demasiado grande como para sostener la mirada en alto. De todas las mujeres con las que había estado, justo esta vino a causarle problemas. ¿Cómo lo arreglaría? Detestaba la idea de jugar a ser Dios y convertir a otras personas en monstruos, tampoco quería asesinarla y mucho menos pasar el resto de sus días en la cárcel.
—¡Muérdeme! Quiero ser vampiro como tú.
—¡No!
—Perfecto. Ya diste tu veredicto. —Giró sobre sus talones y se dirigió a la pared falsa.
Luego de unos segundos de reflexión y creciente miedo, el muchacho cambió de opinión. No tenía muchas opciones en las que pensar. La abrazó por la espalda y tiró de ella hacia atrás. Con una mano sujetó su cuello estirándolo hacia un lado y, eventualmente, la mordió. Sus colmillos, antes ocultos, salieron en su total amplitud. Clavándose y abriendo dos agujeros en su piel, de los cuales brotó sangre. Él empezó a absorberla sin parar y no solo esa, sino todo el líquido rojo de su cuerpo. Él no planeaba convertirla, sino matarla. Abandonar su cuerpo y huir sin ser visto.
Ella gritó en un primer momento, presa del temor y del dolor que debía estar sintiendo. Se retorcía en sus brazos, luchaba por liberarse. Aunque él no lo haya dicho explícitamente, por la forma en que la atrapó, daba a entender que no la estaba mordiendo en buenos términos. La muerte se acercaba y la joven lo percibía. Chilló y pidió ayuda hasta que una mano en su boca se lo impidió y una importante cantidad de sangre perdida hizo que se desmayara. Cuando él estaba ya seguro que acabaría limpiamente y sin testigos, una potente luz artificial surgió.
Del otro lado del paredón giratorio, se hallaban el resto de los integrantes del grupo rojo, observándolo horrorizados. La escena de él, absolutamente desnudo (a excepción del bóxer) con sangre corriendo por sus labios, sosteniendo a una chica desmayada cuya ropa interior había caído desgarrada en la entrada, no lo favorecía en nada. Es más, tal vez ni fuera a la cárcel por la gravedad de sus delitos. Tal vez, en la ciudad de Litch (ciudad de la luz, traducido del alemán) se instauraría la pena de muerte para vampiros abusadores y homicidas. Tal vez, ese era realmente su fin, como ser diabólico y estúpido. Tal vez, él ya había condenado su futuro el día en que decidió realizar el maldito viaje. Tal vez, él ya había muerto.
>> 5 años después <<
Un joven niño, menudo y bajito, corría por los adoquines de la plaza. Le fascinaba ese espléndido lugar. La hierba alta rodeando los árboles de manzana, las esculturas de diosas griegas vestidas con mantos sutiles, los asientos decorados con figuras de hierro fundido y los levemente desteñidos juegos infantiles. Era el paraíso de la diversión para aquella criatura.
—¡Mami! ¡Mami! ¿Me viste? ¿Viste lo que hice? Salté del columpio a gran velocidad y caí parado. —Corrió hacia su madre, una mujer de ojos grises y cabello castaño, flaca y esbelta, chillando.
—¡Muy bien mi niño! Me alegra que aprendas así de rápido. —Acarició su mejilla con orgullo— Serás el vampiro más hábil y rápido de toda España.
—¡El primero en las corridas de toro!
—Exacto.
—Pero, aún faltan mis colmillos. —Hizo puchero— Todavía no me crecen...
—Ya lo harán, ¿sí? Solamente no olvides esto, cuando salgan y será muy pronto, recuerda usarlos con sabiduría. No hagas como papá, que atacó a una mujer humana inocente y chupó su sangre hasta el punto de asesinarla. Quedando como última chance, la tarea de convertirla en vampira luego de que, al cabo de unos días, se le descubriera que cargaba con un hijo. ¿Entiendes Thomy Junior?
—Sí, mami.
—Bien, ahora vayamos a casa. .........................
—De acuerdo. —Hice una pausa— Creo que ahora entiendo lo de "Ficción juvenil". Es como... ¿Vampiros? ¿En serio? Eso ni siquiera existe en la realidad. ¿No presenciaste, en cambio, una obra de teatro o algo parecido?
<<Puedo asegurar que no. Seguí su rastro durante varios días, sin ser capaz de vigilarlo de cerca dado la velocidad de sus movimientos y los acelerados recorridos que realizaba por cada ciudad. Afortunadamente, al llegar a Alemania, se tomó su tiempo con la señorita y eso me permitió entrar en detalles acerca de su forma de ser y la desgracia que le esperaba. De hecho, debería considerarme afortunado de haber presenciado sus últimos momentos con vida>>
—Pero ¿vampiros? Eso sí que es pura fantasía, una invención humana que viene de tiempos inmemorables.
<<Claro que no. Estuve allí cuando la mordió y los días posteriores en el hospital con ella. Además, y para confirmación propia, esperé a su lado los cinco años que le siguieron al nacimiento del bebé con tal de comprobar su condición de vampiro. El pequeño era como su padre. Apenas le salieran los colmillos, Thomy Junior comenzaría a formar parte de una raza que, deliberadamente, asemeja estar extinta, aunque vive con regularidad y evoluciona a través de los años a la sombra de los humanos. Son invisibles a nuestra mirada, aún cuando algunos suertudos sepan de ellos. Caso la Sociedad y la jovencita>>
—¿Y qué me dices de la saga Crepúsculo o de la serie The Vampire Diares o de la película animada Hotel Transilvania? ¿Gente con un conocimiento superior o invención mediocre?
<<Personas con habilidades artísticas para crear historias entretenidas a partir de leyendas urbanas>>
—¿Y así confiaste en lo que tus ojos vieron?
<<Sí>>
—Como quieras, lo acepto si eso te sirve. Por supuesto que hubiera preferido verlo yo en persona como para afirmarlo con mayor entusiasmo, pero me conformo. ¿Algo más?
<<Sí. Deseaba resaltar la razón por la que él se había retrasado en su viaje>>
—"Enamorarse, su debilidad". —Imité con la voz.
<<¿Opinas que los encuentros casuales que poseía con la joven del café, la chica que le ofreció hospedaje, la que le sonrió en el autobús o a la que le compró un souvenir representaban amores propiamente dichos?>>
—No, para nada. Eran exclusivamente calenturas. Le encantaba tener relaciones con cuanta mujer se cruzara en su recorrido. Re contra mil hetero su actitud. Un mujeriego de cuarta. Y, encima, tenía la caradurez de decir que "Todas eran bellas" y presumir creérselo. ¡Mentira! Lo único que le interesaba era met... —Por favor, no puedo hablar con tantas groserías— Digo, embocar su lujuria en donde pudiera. Literalmente, en cuanto lugar hallara. No le hacía asco a nada.
<<De eso tratan los encuentros casuales>>
—¿De comerte lo primero que ves porque estás tan desesperado que no te importa nada? No, gracias. Yo jamás he tenido un encuentro casual y, si son así de fríos y salvajemente carnales, prefiero evitarlos. Me gusta algo de corazón, algo de cariño sincero. Disfruto de las cosas reales aún cuando no sean perfectas. Es más, me arriesgaría a decir que tanta excitación por estos "intercambios íntimos", dicho en palabras bonitas, no proviene de simples impulsos de lujuria. En cambio, ya es una inmensa cantidad de deseo acumulado y una inmensa necesidad de liberarlo. Una locura constante por tener relaciones sexuales a cada instante. Casi como una adicción.
<<¿Le diagnosticas ninfomanía?>>
—Eh, podría. Tal vez, no tan severa, pero en camino a serlo. Hasta el momento, no le hemos visto lidiar con masturbaciones compulsivas ni con depresión y problemas del estado de ánimo. Tal vez sea una exageración la ninfomanía, aunque quién sabe lo que ocurre en su cabeza... U ocurría. Ya no se encuentra respirando.
<<De un modo u otro, terminó pagando su insensatez y despreocupación hacia las reglas que lo regían con su propia existencia. Y, justamente, bajo los mismos métodos que él solía aplicarle a varias mujeres. Ya al final, el intercambio fue de una vida por otra. La suya por la del bebé nacido fruto de la falta de condón. La primera y última decisión como padre que realizó>>
—Sí, por estúpido le pasó todo. Por dárselas de Don Juan cuando siquiera conocía algo del mundo a su alrededor. Un chico demasiado pasional, muy fácilmente dominado por la calentura. Cero razonamiento lógico.
<<Todas mis copias son así>>
—¿Por qué será que no me sorprende?