2,6) Amor del bueno

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  Perdóname, Lauti, jamás quise exponerte a esto. Jamás quise que presenciaras ninguno de los hermosos horrores por los que he estado viviendo en estos últimos meses. Ese vaso de líquido rojo y esa presencia a mi lado conforman un mismo asunto que únicamente me acontece a mí y a mi impulsiva forma de amar. Mil disculpas. No debiste ver nada de eso. Se suponía que, como el resto de nuestros compañeros, estarías durmiendo tras haber bebido grandes cantidades de alcohol puro en la casa de Inalén. Nunca esperé encontrarte despierto a las cuatro de la mañana para ir al baño ni soñé con gozar del disgusto de ver tu rostro atemorizado, mientras aquella sombra se alimentaba del cadáver de uno de los invitados. Él no pretendía asustarte, es solo su forma de ser. 

  Tranquilo, te lo explicaré todo muy pronto. No quiero que sufras en ignorancia mi ausencia durante las clases de Literatura y pienses que te abandoné adrede. No. Si me desaparecí, fue por un bien mayor. Un bien que me venía privando desde hace tiempo. Por miedo, principalmente. Aunque, ya no más. Me decidí de una vez por todas a vivir mi felicidad de la mano del amor, el único espacio en donde me siento querida... Hoy es domingo, mañana por la mañana te llegará este correo. Espero que lo leas con cuidado. Yo, para ese entonces, estaré muy lejos y feliz. Muy feliz. Huyendo de los crímenes cometidos y en busca de nuevos. Trataré de no extrañarte tanto. 

  Todo comenzó la semana previa a iniciar la facultad, durante la estadía en el camping de Mayorca. ¿Lo recuerdas? Charlamos hasta muy tarde en la noche, casi de madrugada, sobre la vida, los miedos que nos preceden, los errores voluntarios, la pasión que nos mueve a escribir. A punto de finalizar, nos vimos importunados por la aparición de un hombre salido de la oscuridad. La extensa zona del descampado, iluminada por casuales bombillas blancas, se mantenía bajo un silencio sepulcral roto por nuestras voces. El camino al baño era aterrador, mucho más era el de la entrada a la propiedad. De allí mismo, salió esa presencia que nos puso los pelos de punta. Nos saludó al pasar y se perdió entre los árboles de la zona más oscura, de donde comenzaron a oírse gritos e insultos aislados. Rápidamente, me metí dentro de mi propia tienda. Unos minutos más tarde, hiciste lo mismo. Aun así, los hilos ya habían sido movidos. 

  Nada sucedió hasta esa siguiente ocasión en que nos volvimos a reunir de noche con un grupo de extraños de la facultad a ver una película. Una de las profesoras había ofrecido su casa para que estudiantes de años avanzados visualizaran un film idóneo para el desarrollo del examen final. Los nuevos, también habían sido invitados. Una producción japonesa acerca de un niño que escribía haikus y una niña que odiaba los brackets de sus dientes parecía ser el plan perfecto para un miércoles por la noche. A las nueve, las calles ya se hallaban desiertas. Muy poco movimiento de autos. Por ahí, un par de jóvenes caminando a velocidad queriendo llegar a los boliches antes de que la brecha gratuita cierre. Con el cielo negro y las luces de los locales apagados, la única luminaria existente era la de los faros de la municipalidad. De todos modos, quedaban zonas opacas. Por la ubicación de la vivienda, ni las moscas se animaban a volar. 

  El timbre no funcionaba, por tanto, la organizadora del evento nos esperaba en la puerta. Un departamento viejo, pero cómico. La escalera caracol era típica de castillos antiguos. Las paredes de piedra de la misma estaban rayadas con dibujos de animales y caligramas. ¿Notaste el retrato de esos ojos al final del recorrido? Eran idénticos a los de ese joven hombre y miraban solamente en mi dirección. En la lobreguez del ambiente, apenas si se podía distinguir al resto de las visitas de entre las pilas de libros viejos y las sillas con recipientes de palomitas de maíz en cada una. No fue hasta que encendieron algunas lámparas, que pude apreciar el trabajo que él había hecho. Bajo la mesa que sostenía el proyector, hallé una figurita de acción de Gokū. Y otra de Vegeta rumbo a la ventana de persianas recogidas.

  Su presencia fantasmagórica me observaba desde la vereda opuesta. Al instante, te pedí que la cerraras porque entraba demasiado frío del exterior. Luego, al finalizar la película, todos agradecieron por la invitación y salieron con destino a sus casas. Nosotros esperamos en la plaza Santa Joaquina a que tu papá llegara. Me encontraba inquieta, como con hormigas en las piernas, y no podía parar de dar vueltas alrededor de la estatua principal. Casi enloquezco sentada tanto tiempo en el auto. Mis pies ansiaban dirigirse hacia el lado opuesto de a donde me llevaban. Una vez que el motor arrancó del frente de mi portón y los vi doblar en la esquina, terminé por decidirme. Retomaría el camino al departamento y lo buscaría.

  Recuerdo que una sola vez me sentí tan atraída por alguien. Tenía cinco años y me gustaba un compañerito de jardín. Actuaba sin pensar a su lado. Juraría haber oído mi voz temblar al entablar una conversación con él. Era magnífico o así mis ojos lo veían. Cabello lacio sobre el rostro, lunar en la mejilla izquierda, labios finos y puntiagudos. Después creció y la totalidad de su agradable personalidad mutó en actitudes egocéntricas, el carácter de alguien a quien la fama se le subió a la cabeza. Siempre fue el favorito de todas, tanto de alumnas como de profesoras, por eso transcurrió su niñez como anillo de oro a la venta entre una multitud de compradoras adineradas dispuestas a lo que sea con tal de adquirirlo para ellas solas. Yo no era nadie para él, muy pobre como para participar en la subasta. Lo olvidé al cabo de unos años.

  A partir de ello, mis enamoramientos fueron menos intensos. Amores pasajeros que duraban días. Desencantos. Excepto por este último. La pasión que él me genera es nueva, es incontrolable, es adictiva. Lo amo, sin lugar a cuestionamientos. Resulta que nunca te lo dije, pero volví a encontrarme con él. Varias veces, de hecho. Y yo, bueno, se lo permití. Había algo en él que me decía que nuestras almas estaban más que unidas. El "beso de la muerte" él lo llamó. Una caricia de labios que selló nuestros destinos. De allí en adelante, me explicó, su presencia me acompañaría por detrás en cada paso que diera. Inmediatamente, me alegré. El saber que me había elegido de entre todas las opciones disponibles me hizo sentir, por primera vez y desde que tengo memoria, especial. Y no me importó lo que aquello conllevaría. 

  Perdón. Sé que es decepcionante de mi parte esto de enamorarme de un espectro. Sin embargo, no estoy dispuesta a soportar los juicios de los demás. Mi amor es mi amor y para alguien que jamás lo había conocido, no existe barrera ni argumento que me obligue a deshacerme de él. Su halo negruzco, tan poderoso y opaco, es único en su tipo. Más invasor que cualquiera que haya visto antes. La oscuridad perfecta que mi brillante luz estaba requiriendo. Él me inspira miedo y coraje, poder y debilidad, locura y sensatez. Haría lo que fuera por él. El mundo le entregaría si con eso me ganara el derecho de admirar su enorme sonrisa de dientes afilados, arrugada por los bordes y bajo las oscuras ojeras dado el exceso de piel que sobra de su cara. Su esclava me convertiría si con ello pudiera revivir la brasa de sus mejillas enardecidas que marcó de rojo mi memoria en aquella ocasión en que asesiné a nuestra primera víctima. Lo vi encenderse de gozo. Me vi, a continuación, siguiendo sus órdenes. 

  Su melódica voz, que se asemeja a la dulce armonía que utilizó el flautista de Hamelín con los niños del pueblo, danza a mi alrededor en incontables vueltas que terminan por convencerme de sus estrambóticos pedidos. A él le gustan los tajos finos y largos para su larga lengua. Así, puede escarbar bajo la dermis de las víctimas y absorber hasta la última gota de sangre, mientras estos permanecen despiertos y aterrados de observar en vivo y en directo cómo son desangrados por una bestia inhumana hasta quedar sin aliento. En tanto más se alimenta, más visibles se hacen sus rasgos mortales. Un muchacho de dieciocho años con un apetito peculiar que, actualmente, ya comparto con él. Bebemos del mismo suplemento, nos convertimos en el mismo tipo de monstruo y, de esa forma, nos hacemos felices mutuamente. Porque, finalmente, hallamos a esa dichosa media naranja que siempre hemos estado buscando. 

  No espero que entiendas mis razones ni que las aceptes como justificación. No me enojaré por eso, tampoco.

  Gracias por tu amistad, Lauti. Algún día nos veremos de nuevo.

  Adiós.


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1 comentario

  1. El link del video de presentación que Dailymotion no me permitió subir:
    --https://drive.google.com/file/d/1IxBrrUBiLWecTofz89wjLJVzUMpC2jsF/view?usp=sharing

    ¡Cuánta PACIENCIA me tuvo mi AMIGO Lauti! Siempre era el PRIMERO en leer todas mis HISTORIAS y comentarlas con OJO de estudiante de LETRAS. Hasta lo CONVERTÍ en PROTAGONISTA de algunas de ellas, gracias a las ESTRAMBÓTICAS ideas que tenía y a las INNUMERABLES anécdotas que CONTABA sobre sus años en SECUNDARIA. ¡Lástima que ya NO va CONMIGO a la FACULTAD! Se le EXTRAÑA mucho. Más DETALLES dentro del relato... ¡Espero que lo DISFRUTEN!

    Música de fondo: "Ghost Of You" de Five Seconds Of Summer

    ¡¡Nos leemos pronto!!

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