2,7) Borracha

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—[...] y (coma), por eso (coma), estoy borracha (punto y seguido). El mundo se mueve a mi alrededor (punto y seguido). El papel no para de dar vueltas (punto y seguido). Siento que voy a vomitar (punto y seguido). En mi escritorio (coma), abrigada y caliente (coma), escribo para distraer mi mente de las intensas ganas de llorar que me persiguen (punto y seguido). Sin embargo (coma), no puedo evitar derramar lágrimas sobre la hoja (coma), ya que no me gusta estar borracha en soledad y con un lápiz entre mis dedos (punto y seguido). Me gustaría seguir bebiendo hasta convertirme de nuevo en una ebria de verdad (coma), justo como esas chicas lindas de las películas (punto y seguido). Trastabillar a cada paso (coma), reírme a lo loco y bailar sin vergüenza para (coma), luego (coma), descansar en una silla a causa de los mareos y (coma), casualmente (coma), hallar a mi lado al príncipe azul de mis sueños (punto y aparte). Deja un reglón y empieza otro párrafo. 


—Listo. 


No obstante (coma), esa fantasía ya se me cumplió un año atrás (punto y seguido). Fuiste mi caballero durante esa noche de primavera en que me permití mostrar vulnerabilidad como nunca antes había hecho (punto y seguido)Ahora te extraño (coma), no solo a ti (coma), sino también a tus delicados cuidados (coma), a tus suaves labios y a tus acogedores abrazos (punto y seguido). Y lloro por la ausencia de tu presencia a mi alrededor (punto y seguido). No sé decir con exactitud si pasamos un buen o un mal momento (coma), pero no me caben dudas de que disfruté cada segundo (punto y seguido). No lo sé (punto y seguido). Tal vez la salida fue un desastre y (coma), aun así (coma), resultó ser tan significativa en mi escasa vida romántica que (coma), cada vez que me emborracho (coma), deseo repetirla (punto y aparte). Abajo. ¿Voy muy rápido?


—No, para nada. 


Estoy cansada de fingir estar sobria (coma), cuando apenas puedo mantenerme en pie (punto y seguido). Estoy agotada de hablar a conciencia (coma), mientras lucho por no flanquear la voz (punto y seguido). Estoy devastada de tanto actuar como la invencible (coma), impenetrable e intocable y ya quisiera volver a esa noche en que me permití ser débil contigo (punto y seguido). Aflojé las piernas y nos sentamos (punto y seguido). Me sinceré respecto del frío que me hacía castañear los dientes y me abrazaste (punto y seguido). Expuse tanto mi falta de cariño que quedé prácticamente accesible a todo (punto y seguido). Me besaste (punto y seguido). Fue delicioso (punto y seguido). Yo no sé mucho de besos y (coma), sin embargo (coma), ese me pareció el mejor del mundo (punto y seguido). Jamás volví a recibir uno como ese (coma), ya... 

—¡Y bueno! Lo cierto es que jamás volviste a besar.

—¿Disculpa? ¿Quién te dio permiso para opinar? —Los ojos de la jovencita, como porotos negros sin la esclerótica blanquecina, se dirigieron al rostro del pequeño. A pesar de la oscuridad de la habitación, él se vio reflejado en ellos como una versión de sí mismo diminuta e indefensa. Se asustó.

—Nadie, señorita Emilia —dijo y negó repetidamente con la cabeza—. Mil perdones. Eso... Eso estuvo de más.

—¡Claro que estuvo de más! Que sea la última, mocoso. Al niñito anterior le tuve demasiada paciencia. ¡Demasiada! Recién me despaché de él, cuando dejó de obedecerme y quiso huir. Hasta tuvo la ridícula idea de querer delimitar todos los alrededores de debajo de su cama con libros y sillas y cuantos juguetes tenía. No pienso cometer el mismo error de nuevo.

—¿Por... —Tragó saliva y bajó la mirada. Le dio mucho pavor mirar esos inmensos iris negros que nunca pestañaban— ¿Por qué lo hizo?

—Creyó que, de esa forma, yo no podría salir por las noches. Y que, por tanto, evitaría oír el tirante roce de mi camisón arrastrándose por el piso de madera, el rasgar de las tablas con mis uñas, el crujir de mis huesos al rotar mi torso para colgarme al borde de la cama y, así, alargar una mano con la que acariciar su enredado cabello. Sin dudas, fue inútil. 

—Ah... Ya... Ya veo. Entiendo. —Miró hacia la pila de cuadernos del colegio que reposaba sobre la silla. Descartó mentalmente ese plan y cualquier otro que molestara a la jovencita. Ya en otras ocasiones, ella le había relatado los tormentos que sufrió el niño anterior, por causa de sus actos de rebeldía. Él, en cambio, era un miedoso y, al primer murmullo que oyó bajo su cama, se entregó como su fiel esclavo. Así, esquivó los terrores nocturnos, la disección de pequeñas partes de su cuerpo y la posesión de su alma que le inducía a querer suicidarse todo el tiempo— Puedes continuar. 

Las oraciones que dictaba y su contenido contrastaban bastante con el aspecto de la jovencita. A pesar de que sus facciones eran juveniles del mismo modo que sus sentimientos y su camisón era de encaje negro, por el contrario, su aspecto era horroroso. Estaba media pelada, su piel amoratada era de color azulino y llena de tierra, le faltaban dientes y sus dos orejas. Su tono de voz solía ser grave, apenas audible y hablaba más lento de lo normal. Separaba las palabras entre tragos abundantes de ese líquido espeso del que, a veces, se derramaban unas gotas de su boca, como si estuviera salivando mucho o evitando vomitar eso que se le subía a la garganta. Cuando se alteraba, gruñía las frases y se oía el gorgoteo de sangre proveniente de su interior a punto de escapar.

[...] ya que nunca más tuvimos la oportunidad de reencontrarnos (punto y aparte)En otro párrafo: Me resulta increíble lo mucho que una experiencia linda puede arruinarte la vida y cuánto más si está relacionada con el chico que te gusta (punto y seguido). Ya había asistido a fiestas antes (coma), sin embargo (coma), tú fuiste el primer compañero de baile fijo que tuve y el primer choque de labios con un amigo y durante una celebración (punto y seguido). En la actualidad (coma), anhelo reproducir ese momento en cualquier festividad (punto y seguido). Y me engaño (coma), descaradamente (coma), con que la repetición va a ser igual de perfecta que la otra (punto y seguido). Ya no soy capaz de disfrutar de ninguna borrachera sin deprimirme en el punto más alto de la inconsciencia y chillar porque nada de lo que esperaba se está cumpliendo (punto y seguido). En ocasiones (coma), tiendo a reflexionar las razones por las que sigo bebiendo (punto y seguido). El alcohol no surte efecto (coma), las risas son fingidas y la memoria continúa intacta (punto y seguido). Quisiera (coma), por entonces (coma), poder apagarla en su totalidad (punto y seguido). Una sonrisa de Monalisa impresa sobre un rostro blanco que ya no sufre más (punto y aparte). ¿Sigo?

—Emm, no estoy seguro. Señorita Emilia— le habló bajito, como si con ello pudiera atenuar lo siguiente que diría—, ¿no le parece que ya es suficiente por hoy? Mi reloj de Ben 10 dice que son las cinco y treinta. Ten... Tengo escuela a las siete y cuarenta, pero mi mamá me despierta antes.

—De acuerdo. A la noche, retomaremos.

—Oh —gimió sin darse cuenta y rápidamente se arrepintió. Abrió los ojos como platos.

—¿Te estás quejando?

—N... no, no, no —balbuceó con las manos en la boca, arrinconado contra la puerta cerrada, el lugar desde donde siempre escribía—. ¡No! Fue sin querer. Es que mañana tengo prueba de matemáticas y voy a estar cansado... ¡Pero no importa! Seguiremos con tu historia.

—Recuerda nuestro pacto. Debes escribir la historia de mi vida y muerte hasta el final o, sino... 

—¡Sí! ¡Lo sé! Señorita Emilia, no me lo recuerde. Lo sé. Confíe en mí cuando le digo que deseo terminar pronto con lo suyo. ¡Lo prometo!

—La última parte es lo único que resta. Los instantes cruciales en que muero en esta habitación. 

—¡¿Qué?! —El corazón se le detuvo por un instante— ¿Aquí?

—Sí. En esta misma casa y en esta misma habitación. Mi suspiro final lo di sobre tu cama. La familia anterior no lo sabía y la tuya tampoco. No tienen idea de que están usando el colchón de una muerta. Si tan solo lo dieran vuelta, verían las manchas de sangre. 

El niño comenzó a llorar. Llevaba años durmiendo en el lecho donde falleció la chica que ahora es el Cuco de sus pesadillas. El monstruo bajo su cama que sale todas las noches para atormentarlo con su presencia.

De un minuto a otro, se desmayó. 

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Riiing... Riiing...

Me desperté sobresaltada. La alarma del celular timbró en mi oreja con el volumen al máximo. Observé la pantalla. Las nueve de la mañana.

—Rayos, tengo que llegar a casa a estudiar.

Me enderecé sobre la bolsa de dormir. A un costado mío, todavía dormía plácidamente mi amiga en su somier. No se dio ni por enterada del ruido que hizo mi despertador.

—¡Emilia! ¡Emilia tonta! ¡Arriba! —La sacudí.

—¿Qué pasa? —murmuró aún dormida, arrastrando las palabras.

—Te tengo que contar el tremendo sueño que tuve. ¡Súper raro! Me parece que me pegó fuerte la combinación del campari y el daiquirí.

—Dale, te escucho.


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