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Desde el inicio del viaje, nada parecía correcto. Hubieron muchas trabas al momento de armar el itinerario. Bastantes dudas a la hora de pedirle permiso a mis padres. Demasiadas señales divinas en las veces en que el auto se detuvo dentro de determinadas secciones inhóspitas de la ruta.
Repito, nada de lo que estaba por suceder asemejaba pertenencia al lado benigno de la vida. Aún así, que no fuera correcta no significaba que no nos halláramos destinados a emprenderla. No sólo yo, sino además mi mejor amiga, su madre, tía y primos. Todos ellos contribuyeron a que la sucesión de eventos transcurriera de la manera debida. Cada una de sus acciones ayudó a forjar mi camino hacia ese grupo de personas que cambiaría mi forma de percibir la realidad que nos rodea.
La noche anterior cerré los ojos y me obligué a dormir, aún cuando éstos bailaban intranquilos tras mis párpados. No era ansiedad ni emoción por la travesía que estaba en proceso de enfrentar la que experimentaban. No sabía bien que era. Una intuición, un sentimiento no del todo obvio y claro. Una clarividencia que jamás desapareció desde el instante en que desperté y corrí a ducharme hasta el viaje en auto a través del atardecer pintado sobre la ruta repleta de coches. Pasando, obviamente, a través de la lucha por cargar en el vehículo la enorme cantidad de bolsos, equipamiento para nieve y cachivaches escogidos de más; las complicaciones que generó asegurar a los pasajeros tras escasos cinturones ajustados en contraposición al exceso de personas en el interior del automóvil; las horas que perdimos parados a un lado del camino porque un gendarme creía que "íbamos colapsados"; y los kilómetros de camiones internacionales que debimos esquivar en su recorrido hacia el organismo de recaudación de impuestos que los esperaba ruta abajo.
La tarea por alcanzar Los Penitentes (centro de esquí en la provincia de Mendoza, Argentina) fue ardua, laboriosa y laberíntica. Lo que, normalmente, hubiera tomado un par de horas, nos llevó casi un día de esfuerzo, hambre y sueño.
"Nada mejor que acompañar mi deseo de ver nieve con una dulce canción que me distraiga de la espera..." pensé.
No obstante, aquello no impidió que mi vista permaneciera atenta al paisaje que fluía fuera de las ventanas. Entre grandes formaciones rocosas, desaliñadas y perfectas, árboles pelados, ásperos yuyos e interminables senderos zigzagueantes de asfalto, los veía. Veloces corredores cuya habilidad innata consistía en saltar de un hueco a otro en el interior de las montañas y escabullirse lo suficientemente superficial para que yo pudiera notarlos. De las entradas a los antiguos puentes por donde cruzaba el ferrocarril, sus figuras eran, aún, más visibles. Alargadas, oscuras, un poco esqueléticas. Casi que podía distinguir como sus manos se agitaban en la negrura del agujero con intenciones de ¿saludarme? ¿indicarme alguna cosa? ¿preverme algo? Hasta el día hoy no estoy segura. Su comportamiento siempre me pareció un tanto peculiar.
Mi amiga, a mi izquierda, no prestaba gran atención a las monstruosas colinas que nos rodeaban. Las tonalidades marrones oscuro, claro, rojizas, amarillentas y, en raras ocasiones, púrpuras cual vino, además de las diversas y coloridas piedras derrumbadas en los valles entre los cerros y por sobre los bordes del camino, eran ya un escenario repetido para sus conocimientos. Por lo que he sabido desde que la conocí, viajar por esas vías era una actividad rutinaria que realizaba todos los años. En cambio, yo me percataba de aquellas zonas por primera vez. Nunca había cruzado por un paisaje más abigarrado y heterogéneo que aquél. Era una novedad para mi minúscula experiencia viajera. Lo mismo que para los niños a mi derecha. La única diferencia entre su entusiasmo por el panorama que observaban y la mía, radicaba en que su interés iba dirigido a los montones de nieve que se acumulaban en los picos de las montañas, causados por la violenta nevada de días antes. Su objetivo principal era captar los momentos en que esa materia blanca y pura se deslizaba por las lisas laderas de roca. Un espectáculo.
A medida que avanzábamos, la nieve aumentaba en volumen, recubriendo por completo las colinas y dejándolas claras cual paloma de la paz. Todo lo que se distinguía era blanco, blanco y más blanco. Los niños, maravillados. Yo también. Mi última vez en la nieve databa de cuando tenía cinco años y ni siquiera superé los alrededores de mi casa para jugar con ésta. Aunque lo que a mí me inquietaba con mayor intensidad, eran las apariciones fantasmales que perseguían a nuestro auto. Muy evidentes al comienzo, debido al deslumbrante sol que no permitía la helada perdurabilidad de la nieve, sino que la derretía, por ello era sencillo visualizar los huecos. Sin embargo, con la absoluta blancura de kilómetros arriba, su pase a nuestro encuentro se vio obstaculizado. Llegué a pensar que era el fin de mi fantasía con eventos paranormales nacidos de entre piedras milenarias. Si total era yo, solamente, quien miraba dichos detalles. Las adultas se concentraban en manejar con cuidado, los menores en preguntar con insistencia cuando llegaríamos y mi amiga... bueno, ella sólo quería dormir.
Una vez alcanzada nuestra meta de arribar sanos y salvos al departamento, nos dispusimos a hacer lo que cualquier dúo de adolescentes responsables haría apenas presentarse en un establecimiento ajeno. No, justamente eso no. Lo que menos hicimos fue ordenar y cocinar la cena. Las mayores se encargarían de ese trabajo. En cambio, tomamos nuestras camperas, gorros y guantes y a divertirnos en la nieve. O mejor dicho, a congelarnos. Vistiendo unas muy inútiles zapatillas de deporte, las cuales se empaparon ahí nomas, hundiendo los pies hasta las pantorrillas en la masa blanca, perdiendo la sensibilidad en los dedos de las manos al armar bolas de nieve y recostándonos en el suelo para formar angelitos, transcurrimos las frías horas de luz que quedaban antes de la oscuridad absoluta. Sacamos docenas de fotos, armamos un inestable muñeco de nieve y, loco como suena, resbalamos por un pequeño montículo de agua congelada sin trineo o estructura deslizante. Grumoso pero desplazamiento al fin.
Lo interesante de mi historia retomó trascendencia cuando la madre de mi amiga y su tía, luego de habernos alimentado y habiendo finalmente entrado en calor tras pasar largo rato con las nalgas pegadas a la estufa, decidieron que era momento de salir. ¿A dónde? A la nieve, por supuesto. Ellas, aún, no la habían disfrutado como el resto. Ni a pisarla habían llegado. Fue entonces, que en filita india de hielos, recorrimos la inmaculadamente blanca estancia. El silencio era impresionante. Nada de autos, nada de máquinas, nada de viento. Ni siquiera era posible oír los susurros de las almas en pena que suelen vagar por las proximidades de la casas al anochecer, queriendo hallar un lugar donde descansar. Nada. Ni un mosquito se hubiera atrevido a zumbar en el oído de alguien y romper con tan preciosa paz. Excepto por ellos. Superando la medianoche, se escucharon voces. Voces que todos oyeron. Gritos y alaridos a los que todos volteamos la mirada uniéndola en un mismo punto sobre la montaña.
El suelo estaba resbaladizo, los cascotes de materia congelada eran macizos, duros si se los arrojaba. El cielo era negro azabache, sin luces que interrumpieran el brillo natural de las estrellas. Éstas alumbraban con ferocidad, sin deseos de contenerse, muy distinto a la vida en ciudad y sus noches sin dormir. Miles de linternas recién cargadas con pilas nuevas iluminaban el camino de escarcha. Era mágico. La totalidad de la vía Láctea le sonreía con placer a aquella zona. Un poco más y ni haría falta un telescopio para observar los planetas, estaban al alcance de nuestras manos. Los mismo que el fuego del conocimiento se hallaba a la contigüidad suya.
Sobre un extremo inaccesible para el pie humano, alto y nevado en exceso, una combinación de fuego y linternas plásticas bailaban en la oscuridad. Alrededor del calor danzaban unas extrañas figuras, cantando en un idioma desconocido. Eran ellos, las veloces apariciones en el camino de ida. Lo sabía por la forma en que se desplazaban, proporcionando grandes zancadas y extendiendo los brazos a su ancho. Nos detuvimos a admirarlos. Desde la distancia se denotaba su belleza, su urdimbre, el misterio que presuponían. "No pueden estar ahí esos chicos, está prohibido" recriminó la madre de mi amiga. Le intrigaba tanto como a mí las razones por las que conjuraban en ese espacio de la colina. Mi amiga encontró dicho escenario fascinante, quería subir a donde ellos. Le dije que no. De pronto, los gruñidos, la falta de luz, el silencio del ambiente, la situación en general me asustó.
Desde aquel punto de vista, su aspecto no asemejaba tanta mansalva. Y mucho menos en el instante en que dos iniciaron su viaje por la ladera. Sosteniendo un reflector en una mano, se balancearon cuesta abajo en un ángulo absolutamente imposible de recorrer sin cuerdas de alpinista que los sujeten. El miedo me consumió. De inmediato, las mayores nos llamaron a adentro. "Hace mucho frío, no queremos que los niños enfermen" fue su excusa. Con rapidez nos desplazamos al interior. Asegurados bajo llave y cubiertos con frazadas, dormimos hasta el día siguiente. O al menos, eso fingí hacer. Sueños inusuales me persiguieron, visiones relacionadas a una casa con baldosas, avispas, un voz en mi oído y alguien abrió la puerta de nuestra habitación. Me desperté y observé a un lado. Mi amiga cumplía su actividad favorita en el mundo, dormir. Miré al otro. Una figura opaca me escaneaba a través de la abertura entre la puerta y el marco. Cerró de golpe. Venían a buscarme, ya era hora y bien lo tenía asumido.
Gracias a que el colchón era nuevo, no hubo ruidos delatores que evidenciaran mi huida. Abrigada como oso, crucé el pasillo hasta tropezar con la salida. La manija giró y me hallé en otro pasillo, sólo que este llevaba al exterior de la propiedad. Caminé sin prisa. Del lado derecho se asomaban escaleras a mini subsuelos que cumplían la función de mini departamentos, o más bien, mini entradas a la boca del lobo de Caperucita por lo oscuro que se veían. Como era de esperar, ellos brotarían del lugar más inesperado y así cumplieron. Unas huesudas garras las cuales, en algún momento, fueron manos, surgieron al pie de uno de los peldaños. Casi que pegué un grito al cielo, pero me contuve. No debía atraer ojos curiosos al asunto.
Al principio, no los distinguí tan bien. Eran como colocar pintura negra sobre más pintura negra siendo el resultado pintura negra. Es decir, los oía modular y moverse físicamente, aunque no los diferenciaba para nada. Quise opinar al respecto, no obstante, comenzaron a chillar frenéticamente una banda de oraciones por minuto. Preferí permanecer callada, tragar la información que me brindaban en silencio. Me conformé con prestarle atención a sus palabras, a pesar de no comprender ni un gramo de las frases que emergían de su ser.
Una serie de murmullos raros que, para mi sorpresa, retumbaban contra las paredes con similar resonancia tal como lo harían las palabras de un entusiasta dictador queriendo convencer a su gente de que la guerra era la mejor opción. Agitaban, los que creía eran sus brazos, y elevaban el tono de vez cuando. Tal vez, enfatizando una expresión realmente importante. Llegué a asustarme de que medio edificio escuchara su griterío, sin embargo, no sucedió. O yo exageraba con el volumen de sus voces o la mayoría de los residentes poseía el sueño pesado.
El sentimiento que me trasmitía su tono era profundo, me persuadían de algo que ni siquiera entendía pero que ya aceptaba como destino. Me sentía capaz de decirles que sí a cualquier propuesta que me ofrecieran. No lo dudaría ni un segundo. Estaba atraída tal abeja cual miel. Aquello, tenía que parar. La fascinación que demostraba por su incompresible vocabulario podría jugarme en contra. Les comuniqué mis inseguridades, no muy segura de ser inmediatamente comprendida. Lo más probable era que continuáramos en dicha confusa situación.
—Oh... espanol —masculló, para mi asombro, una de las figuras-. Dicha lengua... no agible... vosotros...
—¿Qué...? —le consulté dudosa de lo que quiso decir.
—Ser babiecas, espanol...
—¡¿Qué?! —volví a insistir.
—Falar como bambarrias —parafraseó con convicción, como si con ello aclarara mi perplejidad.
Como consecuencia, miré a la oscuridad que los rodeaba con desconcierto. No podía asimilar sus palabras aún cuando fueran en mi idioma. Molesta y viendo que, si seguíamos de esa forma, no avanzaríamos a ningún lado, traté de rogarle con frases sencillas que repitieran todo de nuevo mientras yo activaba el Google Translate de mi celular. De algo debía de servir. Por consiguiente, ellos me entendieron con rapidez y se pusieron a relatar su discurso por segunda vez, solamente cambiando el tono a uno neutral.
"¿Cómo era posible que fueran capaces de comprenderme y no saber responderme en un español menos elevado y más acorde al nivel cotidiano de hoy?" pensé para mí misma.
Todavía sigo sin resolverlo. Como dije, su comportamiento era bastante peculiar. Fue recién allí, entonces, que nuestra condición empezó a mejorar. La aplicación funcionó de maravilla y yo, finalmente, pude aceptar con conocimiento la tarea que me comunicaban.
Al presionar el símbolo del audio y tras recopilar sus explicaciones, Google me arrojó de dato que el dialecto en que hablaban era "xhosa". Una de las once lenguas oficiales de Sudáfrica. Fuera de interesarme ese detalle, caí trágicamente impresionada por las verdades que confesaba la automática pronunciación femenina del traductor. Aquí les transcribo parte de nuestra charla. El primero que inició fue el de vozarrón más grave.
<<En un territorito extensamente lejos de aquí, considerablemente fuera de este universo, una mujer, promedio en tamaño y capacidades, tomó la decisión de unirse en sagrado matrimonio con un hombre que pronto la vida le arrebató. Vagando en soledad por mares de tristeza, acudió al médico guiada por el anhelo de dar a luz a sus hijos previo a quitarse la afligida vida que soportaba. Entre negaciones y amenazas, tres diminutas, arrugadas, incorrectamente desarrolladas criaturas nacieron del frágil interior de la moribunda mujer. Ella deseaba morir, más resistía de dar aquel salto hasta haberles enseñado a sus hijos la lección que consideraba mayormente relevante en toda su futura existencia: La de vivir sin cadenas que aprisionen el alma. Sin embargo, apenas llevaba dos días de cuidar y acudir a las necesidades de los trillizos, cuando la muerte adoptó por cumplirle el apetito de morir a la desdichada madre.
Los bebés, abandonados a su suerte, aprendieron a los golpes y rechazos, cómo alzar sus despiertas y vivaces alas juveniles, sobrevolando a las críticas de otros, al desprecio por su fealdad, a los grilletes del odio y aislamiento. Sin darse cuenta, crecieron apartados del mundo pero unidos en descifrar el método más placentero para vivir del modo en que quisieran y como su madre habría querido. Respetando, entonces, a aquella lección que jamás salió de sus labios y que fue inculcada psíquicamente de manera inconsciente. Por tanto, el tiempo transcurrió, lo que les llevó a aumentar sus dosis de indomabilidad e ingenio con cada año que corría tras su experiencia. A la edad de treinta, los "Abazalwana akukho mntu" (o en su dialecto, "Hermanos nadie") habían llevado a cabo miles de viajes por cada rincón del planeta y se hallaban en posición de dominar los desconocido.
Sucedió en ese momento de sus vidas cuando cayeron en la cuenta de que el Universo no es único. Son muchos, miles, infinitos. Existe un gran Multiverso. Además de lo que ya sabían acerca de la sobreabundancia de mundos y galaxias, entraron de lleno en la piscina de Multiversos paralelos, copias del sistema solar, copias de la Tierra y copias de hasta cada ser en este planeta. Y siendo así, aquellos trillizos compuestos por mis hermanas y yo, nos sometimos en la inédita aventura de explorar todas las variantes posibles del desarrollo de nuestras vidas en otros universos>>
—¿Acaso eso existe? ¿Cómo lo averiguaron? —les pregunté, apenas la aplicación finalizó la traducción— ¿Cómo pueden hablar de copias si afirman la presencia de universos infinitos? ¿No deberían ser todos diferentes?
Ahora, fue el turno de responder de una de las hermanas.
<<Hay detalles, los cuales corresponden a secretos imposibles de revelar. Por estos momentos, deberás de resignar tu curiosidad a la simple tarea de escuchar y actuar según te ordenemos. Respecto de los Multiversos, medita las siguientes certezas. En un posible universo, nuestra copia podría vivir absolutamente de la misma manera que los que estamos aquí, aunque en otro todo podría ser diferente. En la infinidad, la copia arriesgaría otro tipo de decisiones sin fin. No obstante, para comprender su lógica, estúdialo así: La Tierra se halla compuesta por un mazo de cartas. Cincuenta y dos naipes distintos. Sin embargo, en varias partidas, sus combinaciones empezarán a repetirse inevitablemente ya que la cantidad de diversas variantes de distribución es limitada.
En el Multiverso funciona el mismo principio porque, según las leyes de la naturaleza, los componentes primarios de la materia son partículas en donde en cada punto del espacio se crean un número limitado de modalidades. Si el espacio es infinito, si la cantidad de los Universos también es ilimitada, entonces tales variantes tienen que repetirse. Y como cada uno de nosotros solo es una variante de un conjunto de partículas, entonces en algún lugar existen nuestras copias precisas>>
—Eh... está bien. Supongamos que les creo y hay copias de todos nosotros esparcidas por los universos, ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Por qué me cuentan estas cosas desde la oscuridad? ¿Dé que les sirve perder el tiempo relatándomelas si ustedes son viajeros de universos? ¿No deberían estar haciendo algo más interesante...? —los reprendí sacando a relucir, a flor de piel, cuanta desconfianza les tenía.
<<No te apresures, lo entenderás muy pronto en lo absoluto. Por otro lado, acabas de acertar en la misión del viaje que nos ha movido hasta aquí. No perdemos el tiempo relatándotelas, sino que lo invertimos en dejar descendencia, evidencia de las travesías que realizamos a través de los años>>
—¡¿Qué...?!
La última de las hermanas, aquella que se empeñó en imitar mi idioma, tomó la palabra en el suyo. Sonaba más joven.
<<Descifrémoslo juntas. Nadie discutirá que todo en nuestro mundo tiene sentido. Y este sentido, en la mayoría de las ocasiones, no cambia con el paso del tiempo. En consecuencia, existen factores que se transforman y otros que no. Si analizas el caso del crecimiento corporal, observarás que, a pesar de la alteración total de nuestro cuerpo, varios elementos en nosotros siguen siendo constantes. A dichas piezas las apodamos con el nombre de "esencia". Es decir, determinadas variables pueden mutar en la vida, no obstante, la esencia de la persona continúa. Además, si el ser humano muere o incluso no nace, su "sentido" no desaparece. Notarás que el nacimiento y la muerte son invariables, el sentido no depende del surgimiento o destrucción con el cual se relaciona. Por ello, cualquier acción posible que cometa la persona y todas las variantes posibles de su vida también se prevén por un sentido.
Y lo que pretendo concluir con esto, es que existimos en cualquier variante posible. Tus y nuestras copias infinitas en un Universo infinito toman un número infinito de diferentes decisiones en el mismo destino. Y el objetivo de cada una, consta de hacer que su réplica sea lo más feliz posible. Aquel labor seguimos tratando de mantener, cruzando universos y abriendo la mente a nuevas y renovadas experiencias. Ese es el camino que hemos elegido... generar nuestra felicidad al entrar en contacto con porciones de realidad que nadie se atreve a confrontar. El destino que nos moviliza, en este caso. Si consideramos los otros, sus destinos son desemejantes, totalmente opuestos y similares en la esencia que los dirige. Muerte, desamor, fracaso por nombrar algunos.
Aunque, por supuesto, tanto conocimiento requiere de alguien que lo documente. Una joven que transcriba por nosotros la vida y obra de los otros yo propios que hemos visitado. Una muchacha que deje en la mente de las personas un hilo de historias que actúe como legado tras los pasos dados y la ciencia descubierta. E idealmente tú, haz sido escogida>>
—¿Yo? ¿Y qué poseo de especial para ser su votada? Ni que fuera alguien tan importante como para ser sorteada por megafabulosos exploradores espaciales...
<<Eso mismo. No buscamos a una persona extraordinaria para que actúe como nuestra recopiladora de experiencias personal. Nos basta con que cuentes con apenas un talento innato por escribir>>
—Pero... ¿qué es lo que debería hacer? ¿Escribir lo que me digan y ya? Y... ¿qué ganaría a cambio? —mudé mi actitud obediente a una negociadora— ¿Solventarán mis dudas respecto a su metodología de viaje y al cómo alcanzaron tales hallazgos? ¿Me mostrarán, mínimo, sus rostros? ¿Lo harán?
<<Siempre y cuando des a conocer nuestras aventuras>>
—¡Trato hecho!
<<La primera que relatarás será acerca de... >>
