2,2) Cʌos

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  La simple idea de ser una princesa encerrada en una torre es ambigua. Resulta poética y dramáticamente adecuada para las novelas e historias románticas. Relatos donde no interesa en absoluto la vida de la niña atrapada, sino la poderosa y valiente figura del príncipe que arriesga todo para rescatarla. Los aplausos los recibe él al final del día. Dado que, durante el último párrafo del cuento, el único personaje que merece atención es la pobre víctima de los ataques del dragón y posterior héroe que superó cada uno de los obstáculos y consiguió el amor de su vida. No la niña tonta sin personalidad cuyo papel exclusivo era esperar pacientemente a ser liberada de sus ataduras.

  Sin embargo, ser identificada como una princesa encerrada en una torre en la vida diaria es repugnante. Ya no es bonito ni romántico. Es trágico. Es penoso y burlesco. Ya nadie es criado en torres de aislamiento, bajo estrictas reglas de comportamiento y series de latigazos como castigo. Por eso, siempre es cómico el encuentro con alguien de esa crianza en la realidad. Tal como esas películas en las que adolescentes modernos se chocan con un personaje histórico del pasado y le toman el pelo con bromas actuales que no comprende, una niña atrapada nunca falla en ser chistosa. Ella no sabe por qué, pero todos se ríen a su alrededor.

  Hay un conocimiento tácito del mundo que debe ser adquirido en la niñez. Desde valores familiares y formas de amar al prójimo hasta habilidades básicas que todo adulto posee como lo es andar en bicicleta o a caballo. Aquellas son las bases por las que, luego, cada uno construye su personalidad, sus ambiciones y, literalmente, su futuro. Un futuro que posee un pasado común compartido por cualquier adulto que tuvo una juventud promedio. No obstante, una princesa encerrada en una torre no cuenta con esa clase de normas sociales para convivir en sociedad. Es incapaz de mirar con cariño a su niñez como hacen todos. Es incapaz de aventurarse a nuevos retos porque jamás superó los miedos infantiles hacia la oscuridad y las alturas. Y, por lo tanto, es incapaz de explotar la burbuja de ignorancia que la separa del resto.

  Una princesa encerrada en una torre es experta en sonreír y bromear sobre su situación. Reconoce los comentarios críticos con varias horas de anticipación antes de salgan a la luz por lo que, para el momento de la pronunciación, ya sabe cuál de todas sus respuestas prefabricadas debe contestar. Así se evita potenciales dramas que puedan acorralarla en la esquina de la vergüenza e incomodidad. Ella ya está lista para desplegar su arsenal de excusas contra cuestionamientos como: ¿Nunca has tenido novio? ¿Es verdad eso de que nunca has hecho rafting? ¿Cómo es posible que nunca hayas ido de fiesta a un boliche? Ella conoce la verdad detrás de sus mentiras, aun así, finge desconocimiento y atribuye las razones de su inexperiencia a factores externos que la obligaron a decir que no.

  El problema de las princesas es que tienden a acostumbrarse más rápido que el resto de las personas. Ellas nacieron para obedecer las órdenes de sus padres, los reyes. Es decir, fueron criadas como niñas sumisas, donde lo que está hecho no puede cambiarse de modo alguno. Por lo tanto, lo único que queda por hacer es bajar la cabeza y acomodarse de la mejor manera posible a las nuevas circunstancias. A lo mejor, sea esa la causa por la que las princesas no se alejan de sus torres. Podrán sentirse asqueadas de su aspecto, repudiar su presencia y odiar los recuerdos que guardan en su interior, sin embargo, nunca se distanciarán de ellas. Conforman las paredes de su refugio contra los miedos del exterior. Sí, se esconden en su propia cárcel, pero allí dentro pueden llorar tranquilas sin ser molestadas con esperanzas falsas de príncipes mentirosos.

  A menudo, las princesas se aburren dentro de sus jaulas. Así que comienzan a cultivar algún aspecto de su personalidad. Sean las artesanías de papel, los tejidos creativos o el gusto por la música antigua, se convierten en expertas del tema. Es de lo único que saben, lo único que disfrutan hacer para escapar de sus ruidosos pensamientos y lo único de lo que hablan. Ese es su mundo, ese es su salvavidas y, también, una justificación para aquellos dedos acusadoras que las apuntan diciendo que nunca han hecho nada por sus vidas. Oh, claro que no. Ellas han tejido por horas. Eso es más que un montón para su relajada existencia. Están sobradísimas para preparar una clase magistral acerca de cómo crear un llavero de perro con hilo grueso.

  El destino de una princesa es continuar siendo una princesa. Vinieron a este mundo como princesas y se irán como tal. No hay escapatoria. Aunque hay varios caminos para ello. Uno es morir por la causa. Hay por ahí niñas cuya existencia es tan deprimente que pronto dejan de soportarla y deciden acabar con todo de una vez. Una daga en el corazón y el suelo de madera de la torre se tiñe de rojo. Otras son menos dramáticas. Empiezan cosiendo por las comisuras con alambre hasta llegar al centro de los labios, la parte carnosa. Arriba, abajo, arriba, abajo y se aseguran de cerrar bien la boca para siempre. Así se verán inhabilitadas de quejarse por su condición. No podrán pedir ayuda ni aceptar ninguna invitación que les permita huir de su martirio. Por lo general, ellas son unas fanáticas muy obstinadas en cumplir con todas las cualidades de una niña noble.

  El tercer camino es negarse a sí mismas. Abandonar el vestido de seda blanca y tomar, en su lugar, una pesada armadura de metal, casco y escudo e intentar actuar como alguien fuerte e independiente. Es decir, fingir una valentía inexistente en sus cuerpos. Luchar contra el dragón, sosteniendo una espada de caballero con sus delgados brazos; caminar a pie kilómetros y kilómetros de bosque repleto de malezas y espinas; aprender oficios masculinos para mantenerse a sí mismas y no depender del dinero prestado; entre otras actividades propias de un príncipe encantador. De hecho, conocí a una princesa que lo hizo. Fue admirable, realmente. Estuvo a punto caramelo de transformarse por completo en alguien normal. Un paso más y hubiera logrado olvidar la sangre azul que corría por sus venas. Y fracasó. No era su destino.

  El objetivo de negarse a sí mismas es retomar, más tarde, con su antiguo personaje noble, pero intensificado. Más culpa, más reglas, más encierro. Es como tomar un descanso del papel de princesa y, mientras tanto, probar lo que siente actuar igual que un príncipe. Luego, reconocer que ese trabajo las supera porque les exige más de lo que son capaces de ofrecer y, por ello, regresan a su vida anterior con más ánimos de adaptarse a las prohibiciones de su cárcel. El mejor y más eficiente método de los tres para permanecer dentro del destino de una princesa. Aun así, le debo mis respetos a ella y crédito por sus acciones. Falló, pero por muy poco. Lo que la espantó fue el peso de haberse convertido en el príncipe de alguien. Eso que la obligó a huir fue el deber de salvar a alguien más, cuando no podía ni con ella misma.

  Es inevitable reconocer el dolor propio en ojos ajenos. Cuando dos personas han sufrido lo mismo, no hacen falta mas que un poco de observación y un breve intercambio de palabras para entender por completo la situación del otro. Y ella comprendió. Sabía por lo que aquella niña de sangre noble había vivido. La soledad, los chistes, el llanto acumulado, la sonrisa incondicional. Ella lo entendía todo y por eso, quiso acompañarla en su dolor. Ser su compañera, su amiga, su cómplice. Pretendía ayudarla a olvidar los abusos de su familia y hacerla sentir única en el mar de murmullos molestos que apagaban el sonido de su voz. Fue fácil. La joven fue aceptada con rapidez y con brazos abiertos. En ese momento, no lo sospechó, pero había una razón tras ello. La damisela en peligro estaba enamorada de su salvadora. A su vista, ella era el nuevo príncipe azul que venía a rescatarla de su prisión de abandono.

  Nada más alejado de la realidad, la mochila de la princesa iba aumentando kilos. No solo cargaba con sus traumas y problemas emocionales, sino que también tenía que solucionar los conflictos de una niña que, aunque anhelaba ser salvada, mostraba cierta reticencia a los métodos de auxilio y que, encima, le había entregado su corazón incluido todo el amor que bombeaba. El tiempo transcurrió. El trayecto hacia la salvación era sinuoso, rocoso, más un laberinto que una línea recta. La princesa tropezaba a diario. Sus piernas eran muy delgadas como para soportar las graves consecuencias de sus erróneas elecciones. Hasta que, un día, cayó de bruces al suelo y allí se quedó.

  Conocer a su príncipe encantador fue una mera casualidad. Justo pasó caminando a su lado, la vio y le tendió una mano generosa. Apenas si esperó a que ella se levantara, que le quitó la mochila y se la colgó en su espalda. La ayudaría a transitar ese oscuro bosque de desesperación en el que se hallaba. Sin embargo, hizo más que eso. La hizo reír por las mañanas, escuchó con atención sus aventuras pasadas por las tardes y, por las noches, la abrazó contra el viento frío del sur y contra el frío que corría en su interior, debido a la falta de cariño que poseía. Poco a poco, la fue transformando en esa joven promedio que ella deseaba ser. Muchos de los eventos extraordinarios que ella observaba del exterior se convirtieron en actividades ordinarias que cualquier persona normal realizaba dentro de su cotidianidad. La princesa se aproximaba hacia lo que era ser normal, hacia lo que antes no pudo ser.

  Sin embargo, princesa se nace y princesa se muere. Y, por eso, ella pronto comprendió que la idea de ser normal era ficticia. No fue su propia voluntad la que la obligó a salir más seguido de la torre, sino la de otro. Ni siquiera fue capaz de salvar a su amiga. Como consecuencia, un cʌos se desató en su interior. Un remolino de ideas y pensamientos que, tras haber abandonado recientemente la cueva del silencio, revolotearon dentro de su cabeza. Un giro y ella no estaba mas que cumpliendo con el mandato de su destino. Otro giro y ella no era fuerte ni valiente. Otro giro más y ella sería una princesa vacía para toda su existencia, a menos que un príncipe apareciera y la rescatara entre aplausos. Un último giro y ella desapareció para siempre. No volví a saber más de ella.

  Personalmente, conozco a dos princesas más encerradas en sus torres de marfil mil metros sobre tierra. Una de cabello negro y otra de rulos. Son dos de las princesas más dulces y bellas que jamás he visto. Y, siendo sincera, las quiero un montón. Haría lo que fuera por ellas, no obstante, no puedo porque mi amor no llega más allá de eso. Yo no soy el príncipe azul que debe rescatarlas. Y, por mucho que duela aceptarlo, mi deber no es salvar a nadie.

  Princesas son y princesas serán. Nada podrá cambiar eso. Aunque, si por esas casualidades o giros argumentales del universo logran salir de sus torres, aun cuando sea solo un instante, será por mérito propio. Será a causa de sus propias luchas y batallas ganadas. Será el momento de sus vidas en que descubran que, al final de día, la única persona que puede rescatarlas no es mas que ellas mismas.



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