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<<Dentro del tercer universo, me encontré con una mujer de fierro, luchadora, sensible aunque fortalecida por la continua rabia que llevaba agendando en su corazón gracias a las repetidas subestimaciones que le regalaban. El mundo en que vivía era frágil, delimitado por una delgada línea de pasión disfrazada de amor y ella supo, aún rompiéndose en pedazos, cortar el hilo del dolor y forjar uno bueno solamente para ella. Tras lagrimas y polvo, susurros, mentiras, halló la voluntad en su interior para alzarse por sobre sus enemigos y conquistar, al estilo de una reina, a sus miedos... >>
—Wow, wait a minute... ¿desde cuando tan agradable con una de tus copias? Ni siquiera me has dicho de qué trata su historia y ya la estás alabando como si de verdad ella hubiera sido una reina, cosa que dudo.
<<Tal vez no haya sido una mujer de sangre real con una larga descendencia de condes, duques o emperatrices, ni se halla caracterizado por poseer extensas tierras en diversos países o palacios, los cuales, rebosaban de riquezas, oro y esclavos traídos del África. Sin embargo, ella sí fue la gobernante de su propio mundo, de su propio pueblo de desgraciados aldeanos y la vengadora de sus propias injusticas. Fue su propia heroína>>
—Ajá... y las otras no, ya que se sentaron a llorar sus problemas en vez de pararse a resolverlos. ¿Es por eso que a esta sí la apoyas? —le consulté, esforzándome por comprender sus motivos, a pesar de que me dijeron miles de veces que no perdiera el tiempo discutiendo y tratando de entender el accionar de personas que ni conocía y que vivían en universos distintos.
<<Exacto>>
—¿O es por qué también, mínimamente, te identificas con ella? No sé, siento ya haber oído esto de sobrevolar a las críticas de otros, su desprecio, odio y aislamiento. Lo cité bien, ¿cierto?
<<No realmente, pues ella no era fea, deformada, apartada de la sociedad ni fue abandonada por su madre a los días de nacer sin haber sido enseñada los valores básicos que todo niño debe aprender. Por tanto, no cometas la equivocación de creer que su vida tuvo alguna pequeña semejanza con lo que nosotros padecimos. Lo nuestro fue un infierno, me obsequio el placer de admitirlo, y la existencia de ella no. Sufrió bastante, es verdad, aunque sus conflictos eran ridículos en relación a los nuestros y fue capaz de salir de ellos con la frente en alto y sin cicatrices. Así que, por favor, no confundas temas de los que no existe correlación. Preferentemente, ignóralos y focalízate en escr...>>
—Escribir lo que sea que te digamos —la interrumpí—. Ya lo sé, lo sé. ¡Claro que lo haré! Solamente localicé una minúscula concordancia entre lo que les pasó con lo que contaste y quise expresarla, nada más. Igual, descuida, no insistiré más en eso. ¡Inicia con el relato!
<<Brr, baba, brbruu, babab, alallalalalalallaal, burr...>>
Fue lo que se oyó a continuación por el parlante del celular cuando, de pronto, los diálogos de la hermana cuya voz sonaba más joven y la otra se cruzaron con rapidez. En el momento en que comenzaba la primera a narrar su historia, la segunda intervino casi susurrando algo que el traductor no pudo interpretar con claridad en mi idioma y, por lo que me daba a creer, fue reprendida con molestar y callada sin reparo.
<<[...no son tuyas] Ahora sí, en ese universo, la protagonista era una joven a quien el talento ni el deseo de escribir le sobraban, y mucho menos el apoyo de parte de las personas que la rodeaban. Estaba sola en sus batallas en contra de los miles de enemigos que querían aniquilarla. El resto te quedará claro al terminar el cuento. Ya verás...>>
Por consiguiente, con desconfianza, lo titulé, "La Bruja Desconfiada"
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—Era la bruja más famosa y grandiosa que podía existir... era, no no. Era la bruja más poderosa del reino, con su malévola varita y su... su terrible, ¿temperamento?
—Que yo sepa, el mal carácter no es una característica principal de las brujas —masculló Luis, saliendo de la nada misma y arrojándose a mi lado sobre la cama. Lo miré mal y continué con mi tarea.
—Sus ojos eran del color de la sangre y tenían la capacidad de convertir en piedra a quien la observara directamente a los ojos... Emm, roca del tipo oscura y sólida...
—Y así deben ser las piedras, ¿no te parece? —me interrumpió por segunda vez.
—No lo sé. Puede que sí o puede que no —alcé la computadora de mis piernas y la deposité sobre la mesa de luz a mi izquierda. Luego, me volteé y observé con mayor atención al joven enfrente mío— ¿Algún problema en describir ese detalle?
—Redundante, lo admito, aunque aceptable. Lo que sí, y es solamente una recomendación amistosa, digo para que no te enojes, podrías cambiar su función, ¿no? El acto de petrificar es muy Medusa.
—Ugh, lo sabía. No hay chance de que aguantes las ganas de criticar —me crucé de brazos.
A causa de mi infantil gesto, él rio y se acercó más a mí. Una de sus manos acariciando mis desnudos antebrazos.
—Aquello no es cierto —susurró muy cerca de mi oído—. Puras falacias son las que huyen de tus labios y flotan en el cálido aire de verano, perturbando la débil estabilidad emocional entre nuestras almas.
—Tampoco te cansas de presumir, al parecer. Justo lo que necesitaba. A "Don Escritor Perfecto" derramando sabiduría y respetando su palabra como ley. ¡¡Aleluya!!
A continuación, quise alejarme pero él terminó por abrazarme por la espalda, sus brazos rodeando mi cintura y presionándome contra su pecho. Confió un corto beso sobre mi mejilla y habló.
—Los latidos de mi corazón no suponen más que un inservible tamborilear para mí y para cualquier ser viviente de esta Tierra. Retumban como tambor, constituidos de un órgano hueco exento de vida, excepto por el tránsito de sangre que lo recorre. Sin embargo, tan digno instrumento fue creado para su mayor deleite en oídos de reyes y reinas. Y es a ti, a quien mis sedientas células rojas escogieron para compartir su música. Lo sabes, ¿cierto?
—Claro que sí, Luis. Por supuesto. Aunque tú también deberías saber que cada vez que te pones así de poético y romántico, me dejas más sentimental de lo que soy.
—¿Como la última vez que lloraste con uno de mis poemas?
—Exacto.
—Bueno, entonces ya verás que... —De inmediato, comenzó a intercalar entre sus palabras a pequeñas caricias en mi cuello— Que me tienes loco, sumamente, increíblemente... y todas los adverbios terminados en -mente posibles que... describan cuán enamorado estoy de ti.
A razón de ello, me di la vuelta y lo besé directamente a la boca, incapaz de contener la ternura que me provocaba escuchar sus dulces confesiones.
—Que sencillo es convencerte —opinó sobre mis labios.
—Eres el mejor escritor que alguna vez existió, así pues si me pides que salte de un puente con frases tan preciosas, lo haré sin dudar. Como tú dirías, cualquier ser viviente de la Tierra lo haría.
—Y después yo soy el empalagoso.
—Mi vocabulario no es tan bello ni puro como el tuyo. Jamás podría escribirte composiciones tan perfectas y sinceras como las que haz hecho para mí.
—Mm, eso no me importa —comentó y suavemente deslizó sus dedos por debajo de mi camisa de jean-. Con verte despertar cada mañana a mi lado, toda despeinada y hermosa, me conformo.
—Que trato tan injusto —le seguí, arrastrando mi mano por la amplia superficie de su torso al descubierto.
—Terrible —tomó un último suspiro y me besó nuevamente, desabrochando los botones de mi prenda.
Aquello se había vuelto una rutina informal, semi habitual. No era que nos halláramos de ese modo todos los días, pero sí a menudo. Ya que, claramente, habiéndonos mudado juntos hacía dos meses, era normal el exceso de calor que nos perseguía. De hecho, la tentación que creábamos. Él vistiendo sus shorts-malla 24/7 y yo usando una camisa larga como si con ello justificara la no necesidad de una mayor cantidad de ropa.
Como sea que fuere, lo que sucede una vez, sucede dos. Por ello, el timbre sonó justo a tiempo para detener todo deseo de realizar alguna actividad del tipo privada. Una absoluta casualidad.
—Deberíamos... deberíamos atender. ¿No crees? —opiné.
—Al demonio con la puerta. Quien sea que es, que espere. Estamos... estamos algo ocupados ahora.
—Sabes que concuerdo al 100%, no obstante... ¡Oye, detente! Tu mamá vino bien temprano la otra vez y no le gustó para nada la idea de tener que esperar. Casi me asesina con la mirada... o pulveriza.
—Graciosísimo —lanzó una carcajada—. Estuvo con la cara larga hasta que se fue.
—Cierto y hasta tuvo el descaro de interrogarme a ver si sabía el significado de "condón" y "pastillas anticonceptivas"... ¡Ay vamos!
Esta vez, Luis explotó de la risa y finalmente se corrió de su incómoda posición encima mío, para que yo pudiera salir y vestirme medianamente presentable. Y digo medianamente, porque apropiadamente sería con algún vestido de encaje y tacones, vestuario que no hallaría en mi guardarropa. Así pues, tendría que conformarse con un short y una remera manga corta.
—Buenos días, mi niño madrugador... espero no haberte despertado, ¿o sí? Tus ojitos se ven aún un poco ojerosos —le saludó mi suegra a su tan preciado hijo, manoseando de arriba a abajo su rostro, tal vez controlando disimuladamente que no tuviera marca alguna de mi parte. Como si yo fuera del tipo de novia violenta y golpeadora... En fin, cuando hubo terminado su diagnóstico, reparó en mí.
—Ah... hola querida. ¿Cómo te encuentras? —dejó de abrazarlo, y me observó con desdén— Que sorpresa verte aquí tan pronto...
—Oh, ¿de verdad? Pues que mala pasada la de su mente —repliqué—. Que yo recuerde, hizo exactamente la misma pregunta la vez anterior.
—Ma, nos mudamos. Juntos. Hace un par de meses —intervino Luis, dirigiéndole la palabra mientras reposaba uno de sus brazos sobre mis hombros— Nos visitaste la otra vez, ¿te acuerdas?
—¡Claro! Aquella vez... ¿cómo podría olvidarla? Siempre me caractericé por ser una persona paciente y ustedes lo demostraron —me sonrió—. Entonces, ¿ya estás instalada?
—Por supuesto, para su placer y agrado —imité su expresión y me crucé de brazos, desafiándola.
—Exc... excelente. ¿Alguna quiere desayunar? Hoy es día de chef Luis, así que.. ¿les parece comenzar con tostadas y café?
—Sí, mi amor.
—Obvio, mi niño.
Con la tensión aún flotando en el aire, y a pesar de hallarse mezclada con el aroma a pan recién horneado, la pesadez de nuestras indirectas no disminuía ni se combinaba con los inocentes intentos de mi pareja por calmar los humos. Esa mujer me detestaba, ni perdía el tiempo ocultándolo, por ello yo tampoco lo disimulaba. Ella atacaba, yo me defendía y le lanzaba una bola peor. En ese ida y vuelta consistía nuestra agradable relación.
—¿Me pasas el dulce, querida?
—Sí suegra —estiré el brazo a través de la mesa hasta alcanzar el producto y lo deposité a su lado.
—Gracias... Mm, ¿y bien? ¿Finalizaste con tu trabajo?
—¿Qué trabajo?
—Luis me dijo que te gusta escribir, que iniciaste una historia. ¿La terminaste?
Inmediatamente, me di vuelta y le lancé una mirada tanto curiosa como furiosa. El susodicho, no hizo más que encogerse de hombros y admitir, en lo que a mí sonó demasiado ingenuo, que estaba muy orgulloso de mi iniciativa.
"Traidor" pensé.
—Si aquel fuera el caso, soy la madre más orgullosa del mundo. El récord de mi hijo no lo supera nadie. Publicar un libro desde cero en tres semanas, es increíble. Una pavada para un genio como él, aunque un claro reto para cualquiera. ¿Y para ti querida? Supongo que si tu pasión es tan grande como la suya, irán a la par. Sin contar que tienes a un editor de primera mano y al alcance de la mano...
—Bueno, yo...
—Ah, y tengo una anécdota muy divertida de eso. ¿Quisieras oírla? Fue el día previo a mi cumpleaños, cuando vino a casa y me habló de un potencial proyecto que traía en mente. Un niño que viajaba en tren con su familia y de repente, se perdía fuera de éste. Veinte años después, gracias a la avanzada tecnología en rastreo parental, se rencontraba con su padres como hombre adulto y maduro. Una completa travesía de autoconocimiento y superación. Pasó que charlamos sobre aquello, y al día siguiente ya tenía un borrador de la novela. ¿Puedes creerlo?
—De hecho sí... Lo veo escribir todos los días —bajé la mirada en un débil intento por prestarle atención a otra cosa que no fuera su voz como, por ejemplo, la taza de humeante café.
Ignorando mi comentario, prosiguió con su relato— Luego de la fiesta, justo antes de irse, me pidió que le buscara un editor pronto. Ya sabes, como su representante tengo acceso a una gran variedad de contactos con editoriales y plataformas donde publicar su trabajo. Entonces, todavía en la búsqueda del editor más talentoso que pudiera contratar, me enteré que su libro estaba siendo publicado sin que siquiera haya podido cumplir mi tarea. ¿Lo comprendes? ¡Él mismo lo editó!
—Lo sé... yo estaba a su lado cuando dijo que lo haría— confesé con algo de incomodidad.
—Pero fue la noticia más hermosa y fascinante que mi hijo pudo regalarme para mis sesenta años. ¡Totalmente sorprendente! Escribe él solo, edita él solo, pronto no le hará falta ni perseguir a las editoriales para publicar porque, obviamente, ya habrá construido la suya. ¿Te imaginas? —alzó las manos para mostrar lo que pretendía decir, delimitando así un edificio imaginario con un enorme cartel que gritaría: "Editoriales Cravero".
—Ay ma... No sueñes tan alto, ¿sí? —le regañó suavemente— Apenas llevo ahorrada la mitad del dinero para comprar este departamento, me tomará años la edificación de una editorial.
—No te preocupes, mami te ayudará y estoy muy segura que será un sueño cumplido.
—Claramente lo conseguirás —mascullé con un hilo de voz, incapaz ya de fingir una sonrisa amable o de hablar con más fuerza. Debido a que ya no me quedaban fuerzas, ninguna. Oírlos conversar sobre sus futuros propósitos y la gran posibilidad que les esperaba cumplirlos, me hizo sentir una hormiga a sus pies. Un débil y frágil insecto cuyas únicos objetivos eran alimentarse y dormir, mientras que los de los saltamontes eran de conquistar la colonia y de apoderarse de cuantas almas hubieran allí.
Con la escasa estabilidad que me quedaba, me excusé para ir al baño y me encerré en aquel reducido espacio con la esperanza de volver a unir los trozos de confianza que habían quedado esparcidos por todo el suelo. Sin embargo, no funcionó. Cada vez que intentaba tomarlos, se trizaban el doble y resbalaban entre mis dedos. Incluso, hubo algunos que terminaron por hacerse polvo, gracias a las áridas voces que provenían de la cocina.
—¿Cuántas veces debo decirte que esa chica es muy inestable?—interrogó la señora, bajando el tono lo más que pudo— ¿No viste como se retiró? ¿Cómo la soportas? Siento que es capaz de tomar un cuchillo del cajón y rebanarse en rodajas, previo a preparar carne molida contigo.
—Mamá, por favor, no exageres. Ella no mataría ni a una mosca. La conozco. Sólo tiene algunos inconvenientes de confianza, nada más.
—Hijo, hazme caso, mamá sabe más por anciana que por madre. Ella no es para ti. Su carácter es demasiado autodestructivo, verás que acabará por arrastrarte con ella. ¿No viste cómo se puso cuando hablamos de tu prósperos éxitos? No le gusta verte feliz, se muere de celos. ¿Acaso no lo notas?
—Mamá, basta, las paredes no son lo suficientemente gruesas y lo que uno habla, se escucha en el resto de la casa.
—Después no digas que no te avisé —susurró por última vez.
Luis tenía razón, las paredes eran un papelito y, perfectamente, pude oír el repudio nacido de sus bocas. Entonces, según lo entendido, yo era autodestructiva, loca psicópata y asesina serial. La novia ideal para un brillante escritor en ascenso. De acuerdo, podía conformarme con esa descripción, a excepción de dos cosas. La primera, constaba de que yo amo con mi vida a Luis, tanto o más de lo que él me ama a mí, por lo que jamás lo lastimaría ni le alzaría la mano. Podría tratarlo mal en ocasiones, aunque nunca lo insultaría ni lo haría sentir menos de lo que es. Todo el supuesto odio que fuera capaz de soportar, lo arrojaría sobre mí misma y no sobre él.
La segunda, relacionada con lo anterior, si yo deseara hundirme completamente en las profundidades de la depresión, me aseguraría, como primera instancia, de alejarme cuanta distancia el planeta Tierra me permita, con tal de no afectarlo en lo más mínimo. De ninguna manera, soportaría verlo sufrir y derrumbarse por alguien tan poco importante como lo era yo. En dichos sentidos, yo no actuaba de manera tan necia y malévola.
No obstante, existen ocasiones en que la oculta maldad que acarreo en mi interior explota de forma impulsiva e indirecta. Y con aquella confesión me refiero a que si cualquier ser, vivo o no, del universo se atreviera a ofrecerme el mínimo indicio de lucha, cuando me hallo tan detestable conmigo misma y derramando lágrimas sobre mis mejillas, yo la aceptaría de pura imprudencia y malicia. Fue de ese modo, entonces, que oí a la distancia la indiscreta pregunta que mi suegra le dirigió a su hijo y me decidí. Si ella quería guerra, yo se la daría.
Con gran decisión, limpié mi rostro y abandoné el baño. Me encaminé a la cocina. Fuerte y claro, le respondí: —Por supuesto que sí señora. Su querida nuera finalmente terminó su historia. ¿Quisiera oírla?
Ella, muy atónita, aceptó. Por consiguiente tomé mi celular y fingí buscar un cuento que aún no había escrito realmente. Lo inventaría en el momento. Me detuve, respiré profundo y empecé.
"Siglos atrás, me contaba mi abuelo, existía un pueblo muy peculiar rodeando la gran ciudad, por el lado oeste de la montañas. Dicha civilización era conocida como una de las más ricas y prósperas de todos los tiempos. Rumores relataban que el oro abundaba y crecía como girasoles en los campos de cultivo. De las nubes, llovían granos de Mileto, la principal fuente de alimento de la sociedad. Los cuales, eran tan poderosos y versátiles que podían mutar en otros tipos de granos, creando así una completa y balanceada dieta para la gente. Las haciendas construidas de madera fortificada y diamantes en bruto, resistían a cualquier desastre natural que osara azotar el terreno.
Y como si la comodidad en la que vivían los habitantes no fuera suficiente, se instruía, a través de ciertas instituciones escolares, a lo niños para que desarrollaran habilidades especiales e inmensamente útiles por el resto de sus días. Unos preferían la capacidad de crear fuego dentro de sus hogares y mantenerlos calientes o de generar hielo en la conserva de alimentos. Otros, de obtener fuerza y rapidez sobrenatural para defenderse de atacantes externos. Los más traviesos, por su parte, acrecentaban el talento de la invisibilidad y la lectura de mentes, con el único fin de divertirse o de captar los momentos donde se esté realizando algo muy mal o algo muy bien.
Empero, el único problema, o así lo veía la gobernante del lugar, la renombrada Bruja Diffidentiae, era que las personas no poseían cambio alguno en las expresiones de sus caras. Todo el tiempo sonreían y eran gentiles, jamás se oía una palabra fuera de tono y ni hablar de gritos. Aquellos alaridos no existían. La sangre no corría por las calles y los robos eran irreales. Nunca supo de sucesos criminales o parecidos. En pocas palabras, los habitantes del pueblo eran la perfección y bondad en su absoluto esplendor. Y ese detalle, le provocaba desconfianza a la bruja.
Estudiaba día y noche los libros de hechizos en busca de las razones de aquel anómalo comportamiento de su gente y nada encontraba. Al principio, pensó que se debía a la felicidad que les provocaba cada una de las mejoras que ella les proporcionaba a su estilo de vida. Después de todo, fue ella quien encantó a las nubes para que brindaran tan dichosa comida y también, fue la encargada de crear los colegios especializados y de entrenar a sus profesores. Sin embargo, y lógicamente, la felicidad no es eterna y en algún momento su sonrisa bajaría a una mueca normal. A ellos no les sucedía.
Curiosa y desesperaba, una oscura noche se ocultó fuera de su castillo y se precipitó hacia las casas de los aldeanos. Con eso suponía hallar las respuestas indicadas. A punto de llegar al primero de los toldos, un tirón en el vestido la detuvo. Una dulce y contenta nena a sus espaldas la llamaba.
—Querida Diffidentiae, por favor, ¿qué hace aquí? —le susurró— El tiempo es inestable y puede llover, no sea que se empape luego.
—Hermosa niña, es muy tarde para que estés aquí sola y, como dices, lloverá pronto. Déjame que acompañe a tu casa —la tomó de la mano, aunque la pequeña se soltó.
—Querida Diffidentiae, soy capaz de leer sus pensamientos y sé lo que pretende. Cree que su pueblo miente, que escondemos la realidad de usted y tiene razón. Por favor, váyase de aquí y no intente averiguar nada. Cada uno de nosotros estamos al tanto de su inestabilidad mágica y por ello fingimos alegría frente a usted. Ahora lo entiende. Váyase.
Acabado su discurso, la menor corrió y se perdió entre la oscuridad, dejando completamente descolocada a la bruja quien, en un ataque de sorpresiva desilusión y enfado, soltó llamas de sus dedos e incendió los campos y casas a su alrededor. La gente corriendo asustada por doquier y muriendo, no le afectó en lo más mínimo a su benevolencia y sin más, remontó vuelo abandonando a sus amados súbditos y renunciando por siempre al gobierno de aquel próspero y maldito reino. No sin antes, matar a una mosca que se interpuso en su vista al salir volando. Fin."
Al finalizar la historia, levanté la fingida vista del móvil y observé a mis espectadores. Sus ojos como platos y las mandíbulas caídas fueron idóneas para entender que, tal como la bruja hizo, debería abandonar esta falsa e hipócrita relación que manteníamos entre los tres. Las sonrisas y el orgullo ficticio no eran del tipo de cosas con las que adoraba convivir a diario. Por lo tanto, les dediqué una reverencia de agradecimiento y me di vuelta en dirección a la habitación. Armaría las valijas y me iría esa misma tarde.
Como diría la querida Diffidentiae: "Que arda quien tenga que arder y que se salve quien pueda".
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—Bien, pues, es verdad lo que dices de que fue capaz de cortar con las personas que le empeoraban, aún así, me esperaba algo más que un simple cuento y una despedida acelerada. Me dejaste expectativas muy altas con lo de ser la reina de su propio mundo...
<<Briuuuu, burururu, lalalaalla, biuuu>>
Se volvió a escuchar una mezcla de voces entre las hermanas. Susurrerío en el que tal vez estuvieran muy charlatanas y con ganas de contarse chismes o, a lo mejor, se hallaran peleando en su idioma alienígena inentendible. No estaba segura. Lo que sí sucedió a continuación, fue gratamente inesperado. La segunda hermana se decidió por hablarme en directo y clarificar mis dudas respecto a los secretos que, últimamente, compartían con frecuencia.
<<No es lo que sucedió, sino lo que significó. Aquel simple cuento de redención representa el proceso que vivió nuestra hermana, quien siempre se caracterizó por ser más vulnerable y sensible frente a las críticas de los demás, para terminar de salir de aquella desolada situación de tristeza y abatimiento. La joven, al valentonarse y desafiar a su suegra, abandonó el estado miserable que caracterizada a las muchachas de los dos primeros universos y comenzó a imponerse como una mujer poderosa, independiente, invencible. En exactitud como hizo nuestra hermana y por lo que ahora tanto les reprocha a las primeras su actitud. ¿Lo comprendes?>>
—Eh, sí, por supuesto. Suena, sinceramente, devastador. Un tormento de lo más deplorable que no soy capaz de imaginarme, a pesar de que me lo cuenten —reconocí con honestidad y sorpresa, provocada por la seriedad con la que narraban la angustia que habían vivido años atrás—. Jamás creí que fuera así de grave, de... ya saben. De amargo el trago de infancia y adolescencia que tuvieron.
A la contestación que recibí, provino de la dueña de la historia.
<<Está bien. Lo pasado es pasado, con única excepción a las marcas coloradas que quedarán para siempre en nosotros y que, cada tanto, reaparecen en forma de sagrado inevitable al toparnos con el caso de otra persona que padeció lo mismo...>>
—Sí, sí. Lo entiendo.
<<Finalmente, lo que deseo compartirte antes de pasar a la siguiente historia, fue que dijiste que me veías más amable y empática de lo que estaba siendo anteriormente. Mis hermanos me califican de ese modo, podría deberse a que es verdad, no obstante, cada minuto y segundo de la vida que hemos llevado, me ha enseñado a no sentir pena por alguien que ya se tiene pena por sí mismo y que no realiza nada para huir de dicho sentimiento. Lamento si, en ocasiones, no pensamos igual o te parezco muy apática. Sólo que, vuelvo a reiterar, eres todavía una niña que no conoce en su totalidad al mundo exterior y sus injusticias>>
—Eh, sí. Te comprendo, tranquila. Como sea, ya no quiero seguir ahondando en este tema... Mejor pasemos al cuarto cuento.
<<Bien dicho>>
