1,17) Fin del viaje

0

 

https://dai.ly/k17wspq9QALX8RzLVBe

  No recuerdo mucho más de esa noche. Un inmenso borrón me cubre la memoria respecto de aquellas breves horas de oscuridad. Ni siquiera estoy segura de que todo lo que he escrito en un desesperado impulso de inspiración sea real. Simplemente, a la mañana siguiente, me desperté como cualquier día y sentí las neuronas pesadas de baldes de información que necesitaban ser liberados lo más pronto posible. Por lo tanto, extraje el celular, ubicado bajo la almohada, abrí mi aplicación de escritura y comencé a realizar bocetos de algo. Un proyecto que luego se transformaría en un algo más extenso. Un algo que me obligaría a crear un blog y capítulos de relatos y el deseo de publicarlos y todo sin una razón de ser. ¿Por qué hice todo eso? ¿De dónde surgió? Sigo sin hallar una respuesta coherente para ello. ¿Será que, en tanto descansaba, mi mente se vio agasajada por la visita de la musa de Odiseo y, como consecuencia, imaginé todo? No lo sé. Es poco probable. Aun cuando el trabajo de las musas sea estimular el pensamiento del artista a la hora de la creación, dudo que la susodicha sea tan experta como para generarme tal habilidad con las palabras. Mi creatividad nunca fue lo suficientemente amplia y veloz como para crear semejantes historias así de rápido. Dudoso. Dudoso. Dudoso.

  Sin embargo, hay imágenes en mi cabeza, similares a recuerdos, que no terminan de cerrarme. ¿Realmente las viví? Pantallazos de una yo externa a mí, caminando en dirección a la salida, chocando con las escaleras que llevaban hacia los mini subsuelos, tal vez encontrándome con personas deformadas físicamente son reminiscencias recurrentes en mi memoria desde entonces. Han pasado meses y meses han estado atormentándome. A primera, segunda y décima vista, aquellos hechos parecen tan imposibles de ser reales como la idea de que yo imaginé más de quince historias en una noche. ¿Estoy loca? A ver, no me malinterpreten. Entiendo que las coincidencias entre lo que escribí y los recuerdos sean el doble de grandísimas, prácticamente coincidan a la perfección. Sin embargo, no hay forma de que sean posibles. Escribí lo que escribí sin pensar, sin reflexionar, en modo automático, no porque quisiera describir mis memorias. Fue como si una voz en mi interior me dictara las oraciones de principio a fin y yo, bien sumisa y obediente, hiciera caso sin cuestionar el poder de ese murmullo raro y autoritario, similar al de un entusiasta dictador queriendo convencer a su gente de que la guerra era la mejor opción.

  Explicado de un modo sencillo, al abrir los ojos en el cuarto de Los Penitentes, junto a mi amiga fanática del buen dormir, me asaltaron las ganas de escribir. Comencé con la travesía que nos tomó llegar hasta allí y sí, recordé algunas cosas extrañas que sucedieron. Las incluí por incluir, no porque las considerara relevantes. Lo mismo que el griterío que armaron los chicos allá arriba de la montaña con su fuego y linternas. A partir de allí, la historia empezó a enturbiarse sin que yo lo haya planeado. La voz así me lo ordenaba. Los acontecimientos sucedidos a la noche, los relatos, las ficticias explicaciones científicas, las largas conversaciones sobre el amor fueron surgiendo de entre mis dedos y las teclas ajenas a mi control. Yo escribía, no preguntaba. Obviamente, no terminé todo en esas dos horas que mi amiga continuó durmiendo. Cuando se levantó, corté, pero seguí durante varios días, meses, casi un año. Era demasiado contenido el que era requerido que yo copiara. En el instante en que acabó, finalmente, mis neuronas se relajaron. Respiré. Había vaciado todo lo que había en mi cabeza. Vacía, esa es la palabra. Así quedé. Tonta, atónita, recalculando mi existencia y las miles de palabras tecleadas en el blog.

  No entendía cómo había creado tanto y ni siquiera lograba comprenderlo del todo. Las historias las percibí un tanto rebuscadas cuando las leí de corrido. Sí, tuve que leerlas como espectadora, ya que no fui yo quien las que inventó. Jamás invertí ni un gramo de esfuerzo mental en tratar de organizar ni uno de sus giros argumentales o saltos en el tiempo de las tramas. Las teorías científicas y las charlas de mí misma con esos fenómenos ni las conozco. No recuerdo haber pronunciado aquellas discusiones infantiles sobre si ella era una manipuladora o si él, un mentiroso. Aun así, las transcribí como si yo fuera su autora. Increíble. Así debe sentirse la amnesia. Por lo tanto, todas las preguntas sin contestar y las líneas de desarrollo inconclusas que noté a lo largo de los relatos permanecerán así. Sin respuesta. Más allá de la visión de las escaleras y de las figuras deformadas, no me acuerdo de más nada. Más allá de lo que me dictó la voz, no puedo escribir más. Es todo lo que puedo aportar a la causa, pues, de un minuto a otro, la musa inspiradora huyó de mí sin permitirme saciar la curiosidad respecto de la vida pasada y las motivaciones personales de los "Hermanos nadie" para realizar viajes interespaciales. Ni sus nombres individuales supe. 

  Lamentablemente, el gato seguirá viviendo y yo seguiré sin conocer el trasfondo histórico de aquellas tres figuras. ¿Por qué sus cuerpos eran así? ¿Acaso, alguna vez, me los enseñaron por completo como habían prometido? ¿Qué fue de su pasado para que hayan terminado así? ¿Cómo fue que descubrieron los universos paralelos? ¿La idea de sus otros "yo" y la "esencia" que los unía? ¿Cómo construyeron sus máquinas y GPS con tanta precisión? ¿Cómo sabían tanto del "proceso de invisibilización", de los chakras y de acoplarse a las almas de otro? ¿Y eso de escoger a los padres? Esos sucesos, así unidos y presentados, no parecían ser lo suficientemente convincentes para que una yo dormida vaya a conversar con extraños totales a altas horas de la noche. Es decir, ni encontrándome en ese estado lo haría. Otra razón más para desconfiar de la veracidad de mis reminiscencias. Pero entonces, ¿qué hubo allí, que no estoy viendo, para que fuera directo al choque con ellos, para que no cuestionara su presencia y oyera con atención sus anécdotas? No me lo explico de ninguna manera. Tampoco el hecho de que la vida continuara con normalidad después del viaje. Nadie escuchó nada, nadie vio nada, nadie notó en absoluto nada fuera de lo común. 

  Nos levantamos a desayunar. La madre de mi amiga y su tía se quejaron de haber dormido con frío, pues, al parecer, nosotras nos habíamos llevado todas las frazadas. Los niños todavía seguían divirtiéndose en el mundo de los sueños. Así, las horas transcurrieron y, de puro aburrimiento, volvimos a explorar el terreno ya explorado que rodeaba al departamento. Metros y metros de nieve bajo el kiosco, los hoteles, el puesto de alquiler de equipamiento para nieve y sobre todos los techos habidos y por haber. Entre tanta masa blanca, nos fue imposible hallar el muñequito que habíamos hecho el día anterior. Supusimos que, probablemente, sus restos estuvieran siendo utilizados para la creación de uno nuevo. Ojalá que aquel fuera más rellenito y no tan desnutrido como el nuestro. Del otro lado, al pie de las montañas, había decenas de padres e hijos arrastrando cuesta arriba culipatines y trineos para dejarse deslizar por la pendiente después. Los primos de mi amiga eran pobres y no tenían uno, no obstante, su madre, bien inteligente, utilizó la bolsa de plástico duro de los acolchados en reemplazo. Terminó, incluso, funcionando mejor que los otros objetos diseñados específicamente para su propósito. Según lo que entendí, su grosor era lo bastante grueso para resistir como ligero para ayudar a que la caída fuera más rápida. O, simplemente, fue un milagro que sirviera. 

  Previo al almuerzo, que acabó siendo a las cinco de la tarde como mediatarde, fuimos de visita a Puente del Inca, esa formación rocosa de colores que forma un puente natural sobre el río Las Cuevas. Ya lo conocíamos. Cuatro años atrás, habíamos ido de excursión con el colegio. Aun así, lo recorrimos de nuevo y, esta vez sí, pudimos disfrutar de los artesanos y la venta de joyería hecha con piedras del lugar. Caros, igual que siempre, aunque con la ventaja de que contábamos con dinero extra de parte de la madre de mi amiga. Compramos dos pulseras de hilo, una cadenita de amatista para regalar a una compañera nuestra y yo un llavero de piedra lunar. Todavía permanece en mi cajón por miedo a que se rompa a causa de su fragilidad. De todas formas, estaba bonito. Las mayores no recuerdo que hicieron, las perdimos de vista al empezar a posar en cada roca y cartel existente sacándonos fotos espantosas. Reíamos sin parar. Se hizo la hora y deshicimos el camino hacia el departamento. Arroz con porotos fue la última comida. Sin tiempo que perder, nos embarcamos en la camioneta. Corríamos contra la oscuridad, siendo que esta nos olía el rastro tras cada kilómetro que el vehículo cubría. Un par de horas más tarde, el cielo negro y el ambiente pesado de Mendoza terminaron de engullirnos de un bocado. Un leve desvío de la calle principal y ya estaba en mi casa. El viaje había finalizado.

  La vuelta transcurrió en un parpadeo. Mejor dicho, el segundo día lo hizo. Todo muy normal, nada de incidentes extraños, ningún vistazo de corredores esqueléticos apareciendo y desapareciendo por los túneles de la antigua línea de trenes, ninguna pista del ritual satánico de la noche anterior y ni una sola alarma de advertencia timbrando dentro de mi cabeza. Nada. Era como si todo lo que hubiera tenido que suceder, ya hubiera pasado. Antes de irnos, revisé la escalera. Nada. Durante el traslado, iba con el ojo pegado a la ventana por si las montañas del paisaje se amigaban conmigo y me mostraban sus secretos más oscuros a través de sus abigarradas tonalidades. Tampoco. La falta de luz me dificultaba la tarea. Al arrojarme sobre mi cama y caer muerta de cansancio, gasté mis últimos esfuerzos mentales en comprobar si podía recordar más detalles sobre ese algo imposible que viví y del que había estado escribiendo. Nuevamente, nada. El agotamiento ganó la batalla y me dormí. Así muchas veces más. Sin embargo, en ninguna logré progreso alguno. Frustrada, simplemente, decidí rendirme. Descarté los acontecimientos como parte de esos sueños vívidos que confundes con la realidad y de los que los psicólogos te dan pastillas para que evites. Listo. Dejó de molestarme. Apenas si acabé de transcribir los cuentos, que guardé el viaje a Los Penitentes en una de las carpetas correspondientes a la memoria a largo plazo. 

  Bueno, tal vez no lo guardé tan bien, ya que al año siguiente volví. Mismas condiciones, misma fecha. Aunque esa vez fue diferente, porque viajamos en micro y ya no estaba la madre de mi amiga y la mujer con los niños. En cambio, trajimos a una compañera de facultad de ella. Valentina, su nombre. Apenas la vi, quedé impresionada por su belleza. Cabello manteca, ojos verdes, labios manzana. Me recordó levemente al personaje de Rapunzel de la película de Enredados. Su sonrisa era gloriosa. Llegó justo a tiempo, junto con el autobús. Tras una breve pelea con cierta pareja irresponsable, nos sentamos en las butacas asignadas. Yo compartía asiento con una joven de valija verde y largos rulos negros. Se durmió a los diez minutos de salir. Ni media hora y el paisaje de ciudad mutó a uno más rural. Viñedos y picos nevados inundaban mi visión. El tránsito era lento por el tráfico de camiones, justo como la vez anterior. No me importó. Quería desesperadamente encontrarlos. En la niebla de la lejanía, en la casa vieja de cemento marrón, en el muchacho abriendo un hueco en la tierra. ¿Dónde estaban? A cuanto objeto negro que veía, pensaba que eran ellos. Un buzo, unas bolsas de consorcio, una llanta destrozada por las lluvias y mi cabeza flotaba en el delirio de reencontrarme con la musa.

  Esa temporada había hecho más frío, por eso los agujeros estaban vacíos o tapados de nieve y temí que ellos se hubieran vuelto invisibles. Peor, ya ni siquiera me acordaba de los lugares donde los había visto, así que cero oportunidad de hallarlos. Comencé a replantearme mi desesperación. ¿No era que había descartado aquellas memorias? Sí, pero ¿y los relatos que escribí? ¿De dónde surgieron? ¿Por qué son tan parecidos a lo que recuerdo? Las dudas me carcomían en tanto avanzábamos por el aburrido y nada mágico camino de cemento. Los cultivos todos parejos y en hileras que observaba por la ventana me desalentaban, algunos poseían carteles clavados en sus ramas, donde mi desesperanza había escrito "Déjate de soñar". Luego, sacudía mi cabeza y los miraba por segunda vez. Lo único que había anotado allí eran los nombres de las especies de plantas. En un momento, o en varios, cruzamos por diversas estructuras en ruinas. Potenciales arcos desechos por donde ellos podrían haberse ido. Bueno, solamente en imaginación, ya que nunca llegué a conocer con certeza en qué viajaban o de qué modo. Tal vez esa pequeña casa oscura fuera su cabina telefónica, lugar donde cambiaran de universo como Superman de vestimenta. Sin embargo, ninguna de mis ridículas hipótesis tenía sentido. Tampoco, aquellas imágenes de lobos peleando contra cocodrilos mientras una viejita los filmaba con un rectángulo gigantesco de cámara del siglo pasada. Sí, estaba tan loca que perdí la mirada en las nubes y empecé a fantasear con sus dibujos. 

  La estadía no fue tan placentera como la anterior. Había que cargar con pesadísimos equipajes, cocinar tres veces por día con casi nada de comida, vestirnos con los trajes para la nieve y desvestirnos cada vez que salíamos afuera, luchar con el suelo congelado y el frío paralizante, la débil calefacción y el inodoro tapado. De hecho, fue una terrible experiencia que no desearía repetir nuevamente, incluso, dadas las circunstancias, creo no estar equivocándome al pensar que aquella fue la última vez. Fuera de eso, considero que el mejor momento de la jornada fue durante la primera noche, después de cenar, cuando salimos a observar las estrellas. Caminamos un largo trayecto con la tonta idea de hallar los muñecos que realizamos horas antes. Obviamente, desaparecieron, pero encontramos algo mucho mejor que reemplazó dicha tragedia. El cielo era negro, la nieve era negra, el ambiente era cien veces más oscuro de lo que recordaba. Por ello, tuvimos que encender las linternas de los celulares. Resignadas, nos movimos a tientas hasta una zona desolada. Las luces del arriba brillaban más que nuestros aparatos tecnológicos. Apagamos todo y nos recostamos sobre el hielo, las estrellas eran bellísimas. 


  La sábana púrpura y negra con bolas de un dorado brillante adheridas a la tela nos cubría por donde miráramos. Los ojos eran demasiado pequeños para adorar tal grado de perfección, que esta los convertía en desmerecedores de ella. Aun así, permanecíamos en silencio, contemplando el universo al que pertenecíamos. Calladas, mudas por la inmensidad de la naturaleza en comparación con nuestros diminutos cuerpecitos. Y fue allí, cuando un objeto no natural rompió con el sublime alineamiento de las estrellas. Las cortó en un trazo recto, limpio. Tal vez fui yo la que lo imaginé o tal vez, ellas lo visualizaron con tanta sorpresa que ni se animaron a hablar o comentar el acontecimiento por miedo a terminar de destruir el delicado ambiente de tranquilidad. Pero sí, ese objeto triangular cruzó el cielo a una velocidad imposible. Duró solamente un suspiro y desapareció. Era igual de luminoso y atrayente que las bolas de fuego ardiendo con la única diferencia de poseer una forma creada por el humano. Una figura de tres puntas afiladas. ¿Acaso fue una nave especial, el transporte de los Hermanos nadie? ¿O, simplemente, una estrella fugaz extraña hecha por basura especial? No lo sabía, no obstante, opté por confiar en la primera opción. ¿Qué podía perder? Necesitaba un cierre para aquella historia del año anterior y ¿qué mejor final que encontrármelos justo en donde inició todo, en Los Penitentes, viajando en su nave a través de los miles de universos a cientos de kilómetros encima mío en un último vistazo de despedida? 

  Meses más tarde, me inscribí en la facultad. Escribir ya no era un hobby, sino una responsabilidad. Fuera mía o de esa voz, era una responsabilidad al fin y al cabo. Contar historias, relatar anécdotas, plasmar enseñanzas, mostrar la vida de personas comunes y corrientes y tremendamente asombrosas era lo que deseaba hacer. Sin embargo, requería de aprendizaje, mucha teoría y el doble de práctica. Por esas razones, elegí la carrera de Letras. Con su ayuda, sería capaz de mejorar mi nivel y hacerle justicia al pedido de los Hermanos nadie. Escribir. Pero no así nomás, en cambio, escribir bien, con la mejor calidad y el mayor compromiso posible. Es decir, esforzándome al máximo, pues no creo en sus palabras acerca de que poseo un talento innato para ello. No obstante, sí creo en el esfuerzo, en el trabajo inteligente y la voluntad de realizar grandes cambios. 

  Finalmente, doy por acabada esta historia. 




Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios