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Jamás creí que llegaría el día en que pudiera escoger, finalmente, el nuevo hogar para el resto de mi vida. De pequeña, solía pensar que aquella actividad vendría con el pasar de los años, la vejez, el dinero. Lo cierto, es que me sobrevino mucho tiempo antes. Apenas con dieciocho, me encontraba en el mercado inmobiliario decidiendo cuál de los colchones disponibles me arroparía con mayor cuidado. ¿Sería el de espuma, la gama más asequible de todas? ¿O el de látex, el que funciona como un buen remedio contra las colonias de ácaros? ¿Y qué tal el futón japonés? ¿Sería tan biodegradable como dicen? No lo sabía, sinceramente. Tendría que invertir extensas horas en Internet para confirmar los hechos y escoger el mejor material para la futura cama que contendría mi infeliz llanto durante varios meses.
Meses, años, minutos antes de mi muerte, daba igual. El desconsuelo con el que cargaba, debido a su peso y densidad, me provocaba serias dudas respecto al tiempo de su partida. Permanecería a mi lado durante largos trechos de soledad, pues aquella es la compañía que camina tras de uno cuando perece depresión. No la diagnosticada por médicos, claramente, sino la que le ataca a todo el mundo cuando percibe cómo sus muros empiezan a derruirse. Quedas solo, tanto en el exterior como en el interior. Nadie ofrece su mano en ayuda, ni siquiera uno mismo. ¿Por qué debería salvarme? ¿Valgo siquiera la pena? ¿A alguien le importará, acaso, si decido ahogarme en mi propia tristeza? Nos preguntamos tales cosas y, al no encontrar buenas razones, lo que hacemos es hundirnos más profundo en el pozo de la desdicha.
Desolación es lo que el corazón grita y lo que intenta trasmitir sin éxito. Lamentablemente, desamparo es lo que recibe de parte de la gente. Ellos, bien ciegos, indiferentes y acostumbrados a verte mal, no se esfuerzan por darte herramientas, motivación o deseos de mejorarte. Sencillamente, continúan con sus vidas y esperan a que uno vuelva a la normalidad como por arte de magia. Si hay algo que les molesta, te lo dicen. Si quieren que hagas cierta o tal tarea, te lo ordenan. Si cometiste un error, te reprenden de todas maneras. Te tratan como si cada una de tus venas de estabilidad estuviera, todavía, intacta y sin tajos. Te consideran un saco de boxear que, aun estando deprimido, es capaz de sonreír y reír como antes.
Y la dolorosa verdad no funciona de tal forma. Uno pierde las horas llorando en la cama, mojando la almohada de la presión que siente encima y de la que no puede huir. Llora por la nostalgia de los buenos tiempos, por la vergüenza y odio que percibe de sí mismo, por la propia melancolía del alma en pena que se refugia tras sus huesos. Uno desea que vengan a buscarlo, a levantarlo con una grúa, si es posible, del colchón en que reposa. Es consciente de estar malgastando la bendición que es su existencia, sin embargo, no sabe qué hacer al respecto. Se halla encadenado a la cama que llama “hogar”, su hogar de lágrimas. Anhela escapar, levantarse, lavarse el rostro en el lavabo, cruzar la puerta de salida y pisar el exterior. Apreciar el calor del sol sobre su piel, respirar aire puro y a combustible de las calles.
No obstante, los fierros tras los que reposa el colchón son de hierro, el candado fue construido sin llave, todas las condiciones son convenientemente perfectas para que jamás logre cruzar la frontera entre la felicidad y la tristeza que representa aquella cama. Es su cárcel autogenerada. Es mi propio infierno. Pero también, con el transcurrir del tiempo, es nuestra zona de confort. Un espacio donde uno se ha visto tan fragmentado en tan minúsculas partículas que ya no cree poder ser capaz de despedazarse todavía más frente a los ojos de alguien o de algo. Ha tocado fondo con tal estruendo, que la suavidad de las sábanas que lo resguardaron le dieron una seguridad de confianza por la que no se siente a salvo en ningún lado si no es bajo capas y capas de hilo estampado de 1.60 x 2.50 metros.
Siendo así, día tras día, uno comienza a enamorarse del filo que lo lastima. Extinguiendo el instinto que antes le rogaba huir de su hogar de lágrimas, ahora obedece la directiva de permanecer quieto tal momia dentro de su sarcófago real a la espera de morir de depresión crónica. Debido a que ha dado por sentado que la oscura y extensa estadía de tristeza que lo posee nunca abandonará la sangre de sus venas o los impulsos nerviosos de sus neuronas. Por ello, eventualmente, cierro los ojos permitiéndome aguantar la respiración hasta que deje de sentir los intensos castigos de la angustia y me duermo entre lágrimas.
