Con un oído, escucho la clase magistral de la profesora de Pedagogía sobre las terribles violaciones que han sufrido los derechos humanos y, con el otro, oigo el murmullo de la música que se desliza por fuera de tus auriculares. Siempre te reprendí por esa insalubre costumbre, pues algún día te quedarás sordo. Sin embargo, hoy me alegra que utilices el volumen al máximo, así puedo saber qué canción estás oyendo y puedo cantarla bajito a tus espaldas mientras actúas como si no me conocieras.
—Porque puedo mirar el cielo, besar tus manos, sentir tu cuerpo, decir tu nombre y las caricias serán la briza que aviva el fuego de nuestro amooooor...
De nuestro amor, un amor ya extinto. Murió hace tres meses, dos días antes de cumplir un año de noviazgo. Ni siquiera recuerdo cómo fue que terminamos, ya que, para mí, jamás lo hicimos. Las semanas comenzaron a alargarse y las conversaciones a acortarse. Al principio, no lo noté. Luego, en una noche de insomnio, realicé un recuento de las veces que hablábamos y descubrí que charlábamos dos veces al día y uno solo a la semana nos veíamos cara a cara. Pronto, dejé de recibir las buenas noches, los saludos mañaneros y ni siquiera percibía en ti las ansiosas ganas de reunirnos. Una tarde, me dijiste que nuestras vidas son distintas.
Ahora solo te cruzo en las clases de Pedagogía, dos horas todos los martes. Esta es la única materia que comparten todas las carreras de la facultad de Bellas Artes. El resto del tiempo, te veo caminando por los pasillos o almorzando en el buffet, pero nunca volteas saludarme. De modo que escondes tu rostro de cobarde, solo puedo verte por detrás. Así, tu nuca y esa bola de rulos negros se han convertido en mi nueva obsesión. En este instante, tu nuca es el único retazo de piel que mis desesperadas e inquisitivas pupilas son capaces de visualizar desde la acolchonada silla a tus espaldas que cubre el remanente de tu cuerpo. Solo tu nuca y mis recuerdos.
Ya ni miro al pizarrón, dejé de hacerlo hace rato. Ahora mi único campo visual es esa nuca color leche, sin cabellos y solo manchada con ese tatuaje descolorido por los años de antigüedad y que tanto odias. A mí, en cambio, me encanta. Lo besé más veces de lo que puedo recordar, lo acaricié siempre que tuve la oportunidad y me sujeté de él en cada una de las ocasiones en que me alzaste. Esa nuca tiene tanta historia como aquellos rulos largos y aceitosos. Aun cuando mis dedos terminaran grasosos después de enredarlos entre la melena, porque nunca usaste un champú de calidad, nunca pararon de acariciarte el cuero cabelludo mientras dormías.
Tu nuca es la pieza más compleja de piel humana en la que he trabajado alguna vez y la que más me ha consumido. Mi hoja de mis apuntes, más que contener letras, alberga varios bocetos sencillos de tu nuca: Observando hacia adelante, apoyada sobre la palma y el codo sobre la mesa, charlando con el compañero de lado, con los brazos en alto mientras te estiras y bostezas, entre otros. Bien sé que estos dibujos serán, luego, objeto de arrepentimiento por parte de mi yo estudioso que me va a odiar por no haber prestado la suficiente atención a la unidad dos de educación y derechos humanos. Pero, por el momento, no me importa.
Sospecho que esta actitud autodestructiva proviene de nuestra ruptura. Pues, si te perdí a ti por preferir otras cosas, entonces ya no prefiero nada y derrocho todo. Tampoco tengo tanto de lo que sentirme orgullosa en el presente. Hace tres meses, la situación era distinta. Actualmente, no deja de resonar la pregunta "¿qué hubiera sido de nosotros si...?" en mi cabeza. ¿Qué hubiera sido de nosotros si yo hubiera soltado un poco la facultad para darte más importancia? ¿Y si yo hubiera peleado con mi familia por defender nuestra relación? ¿O si hubiera desarrollado mejor mi papel de novia perfecta, talentosa en todo y cero problemática? ¿Qué hubiera pasado entonces?
No lo sé. Eso es pasado ya. No quiero ni pensarlo, porque, mientras más lo hago, más culpable me siento de mis errores. Uno de los tantos, el principal, fue no hablarte de mí. Siempre eras tú al que interrogaba. Yo, por mi parte, estaba muda. Lo hacía para evitarte oír más problemas provenientes de mi hermosa familia. Sin embargo, al día de hoy, me gustaría charlarte de esas cosas. Solo para que entiendas por lo que he vivido y el por qué soy así. No espero una reconciliación nuestra, sino cerrar los cabos sueltos.
Hay un cuadro sobre la cómoda de mi mamá que contiene una foto de sus dos hijas de pequeñas. Yo soy la que está a la derecha, esa niña con orejas de conejo postizas y bigotes de fibrón. Cada vez que entro a la habitación y veo la imagen, me pregunto cómo es que yo podía sonreír en esos años en que sufrí tanto. Desde que tengo memoria, lo único que recuerdo es llanto, dolor y miedo. En una época, lloré tanto que mis lágrimas se agotaron y durante una década no fui capaz ni de humedecer los ojos en mis días suicidas. Aquello fue la consecuencia directa de ser débil. Mi mamá solía afirmar que Dios la ayudaba para mantenerme con vida, sin él yo ya hubiera muerto de las enfermedades que padecí. Me dolía verla despierta la noche entera rezando a mi lado para que yo sobreviviera unas horas más.
Juntaba las manos y pedía por mi salud, rogaba que las dolencias físicas finalizaran, así, podría continuar atormentándome psicológicamente. No me daba tregua. Aumentaba mi dolor con filosas palabras y frases degradantes que podían hacer que cualquiera se sintiera culpable de existir en esta Tierra. Luego, cuando yo deseaba entregarme a la muerte para no sufrir más ni para complicarle la vida a nadie, ella me lo impedía con todos sus medicamentos y rezos. Al cabo de las semanas, sanaba y el miedo se redoblaba. Ya no contaba con la ventaja de estar en cama, inhabilitada para los gritos y los retos severos. Ahora era su oportunidad para convertirme en el ser más miserable que conociera.
Llanto, dolor y miedo. Nunca te conté esa faceta mía. De todas formas, no hubiera servido de nada. Tú también tuviste la tuya y eso te marcó como persona, igual que a mí. Tampoco fui la niña más sufrida de este mundo. Siempre hay alguien peor. Sí te conté un poco del infierno que viví en la secundaria. Después de sobrevivir a una niñez tormentosa y a una primaria traumática llena de soledad y malas amigas, llegó la adolescencia, esa etapa de la vida en que uno se rebela, reflexiona sobre su presente y busca ser alguien en la vida. Según dicen, por supuesto. Para mí, fue el tiempo de armar un plan de ataque contra el enemigo.
Mi meta era irme de la casa lo más pronto posible. Mis objetivos, por lo tanto, eran varios. Primero, descubrir qué cosas me gustaban y cuáles no. Hasta entonces, me había refugiado en las tareas escolares para distraerme del terrible entorno y nunca había hecho algo por simple gusto. Comencé a escribir, leer y a desarrollar mis habilidades en manualidades. Descarté el dibujo, bailar, las matemáticas y, básicamente, todo lo que me implicara pensar y no me saliera bien a la primera. En segundo lugar, debía construirme una personalidad. Alguien, alguna vez, dijo que es imposible derrotar a aquellos que saben quiénes son y hacia dónde van. Yo le hice caso. Me convertí en una chica dulce, bañada en flores, agradable y sonriente al frente y, por detrás, en un alma desesperada por huir, vengativa y dispuesta a dar la vida por su meta.
El tercer paso, fue aprender a pelear. No más niñita tierna. Debía ser fuerte, rápida y devastadora en las bombas que lanzara. Nadie, nunca más, tendría el derecho de ofenderme. Perdería amistades y familia si hiciera falta con tal de defender mi personalidad en crecimiento. Y así lo hice. Nunca luché tanto como lo hice en esos años. Dejé sangre y sudor sobre cada paso que di. Erigí muros a mi alrededor, delimité el territorio hasta donde yo era accesible y coloqué trampas mortales para quienes rompieran mi confianza. Desde ese instante, mis padres perdieron por completo el respeto que yo les debí demasiado tiempo.
En último lugar, restaban las cosas materiales que implica irse de la casa familiar. Un título universitario y un trabajo estable orientado a mis gustos y personalidad, dinero, conocimientos básicos de cocina, limpieza, economía y lo necesario para administrar un nuevo hogar. Solamente, el armado del plan de ataque me tomó seis años, entre los que hubo que corregir muchos errores, cambiar el rumbo varias veces, frustrarse, rendirse y volver a comenzar. Luego, nomás hubo que ponerlo en marcha. De nuevo, contarte esto no hubiera servido de nada aparte de darte pena, porque no había nada que pudieras hacer para ayudarme o consolarme. Aunque, es cierto, sí hubiera calmado tu sed de curiosidad sobre mi vida y me habría ahorrado darte otro motivo por el que quisieras romper conmigo.
Lo admito. Sí. Mentí respecto a eso. Estaba al tanto de que íbamos a terminar pronto, las razones de la ruptura y el momento en que todo empezó. Noté, desde el principio, cuando las semanas comenzaron a alargarse y las conversaciones a acortarse. Después de trece días sin vernos, a causa de mi operación, nos volvimos a reunir. Estabas distante, evitabas mis abrazos. Habías dado por perdida la relación y me lo hacías saber con tu actitud, pero lo ignoré. Al parecer, lo que yo podía ofrecerte era muy poco, a comparación de lo que recibiste de tu expareja. Además de eso, mi familia, mis miedos y mi escasa experiencia en el amor fueron de gran ayuda para arruinar el noviazgo, según me dijiste. Me dolió en el alma esa declaración, pero también la ignoré hasta el final.
Yo no elegí nacer en esta familia. Yo nunca quise ser miedosa, sino que me obligaron a tenerle miedo a la vida. Yo jamás me interesé en buscar el amor ni ser pareja de nadie, ya que me lo tenían y tienen prohibido a muerte. Por lo tanto, no puedo disculparme por estas cosas. Yo no las escogí, sino que me las impusieron y, aun cuando no fue explícitamente, dejaron plantada la semilla del miedo para que yo la hiciera crecer y la planta me tragara. ¡Soy débil! ¿Y qué? ¡Tengo miedo de fracasar y no me animo a cosas nuevas como lo es jugar a los videojuegos! ¿Y qué? ¡Soy tan insegura con mi cuerpo y el de los demás que no puedo disfrutar de las relaciones íntimas! ¿Y qué? No voy a pedirte perdón por factores externos que me exceden y que arruinan tu fantasía de la relación perfecta. Deberías haberme querido como soy, no como podría llegar a ser en el mundo ideal.
Mi hoja de mis apuntes, ahora sí, contiene letras alrededor de los bocetos. Párrafos, en realidad. Tengo muchas ganas de que leas esto. También, tengo mucho miedo. No sé si entregarte la página o no. Creo que voy a tocar tu hombro y lo decidiré en base a la mirada que me dirijas.
