<<En este tercer universo, te presento a otro chico bastante pasional. Alguien a quien desearías conocer en persona>>
—¿Hay amor en él?
<<No. Desafortunadamente, como el joven anterior, este es muy fácilmente dominado por la calentura>>
—¿Solo sexo? ¿Otra vez? —Abrí los ojos como platos— ¡Ay! No mames, ¿es que tus copias son puros ninfómanos?
<<Tampoco. De hecho, la relación de estas dos personas es el ejemplo ideal que representa a la perfección cómo sufren la gran mayoría de enamorados que deciden vivir, amar y separarse sobre la línea que divide el amor propiamente dicho de la atracción física>>
—Oh, no. Ya me estoy imaginando lo que viene.
<<En ningún instante, ellos fueron capaces de elegir y permanecer sobre un lado en específico. La incertidumbre de lo que sentía o podría llegar a sentir el otro los mantuvo en el medio. Dudando si era amor o únicamente calentura. Además, la nula comunicación entre ellos daba lugar a las suposiciones e inferencias respecto de las emociones del otro. Nada era explícito, todo debía asumirse por cuenta propia. Y de allí surgieron las creencias erróneas>>
—¿Creencias erróneas? Mmm, esto me suena a semejante teléfono descompuesto. Del tipo: Yo creí esto, pero vos eras esto y pensé esto otro y así.
<<Exacto. Dado que no sabían con certeza de qué lado de la línea se encontraba el otro, intercambiaron señales confusas, cargadas de doble sentido. A veces eran sinceras y a veces eran superficiales. Pues, ninguno se animaba a dar a conocer sus verdaderos sentimientos por temor a que el otro los rechazara>>
—¡Típico! ¡Un cliché! —exclamé resuelta— Los dos están super enganchados y son super obvios, pero tienen tan bajo autoestima que no creen que el otro esté enamorado de ellos. Por tanto, se callan, hablan con rodeos, mienten, fingen indiferencia, lloran por dentro y así dejan pasar la oportunidad de sus vidas. El estereotipo de boludos.
<<No realmente. Pues, se podría llegar a caer en la trampa del cariño mutuo, sin embargo, resulta sencillo de notar que allí amor no había. El acercamiento entre ellos se basaba en juegos, diversión y atracción hacia lo desconocido. Era la novedad del verano, no un compromiso a largo plazo. No era posible que naciera un amor realista y profundo entre los dos muchachos en menos de una sema...>>
—¡Espera! ¡¿Qué dijiste?! —Una amplia sonrisa se impuso en mis labios— ¿Dos chicos? ¿La historia es de dos chicos?
<<Sí>>
—Me muero. Ahora sí tiene sentido. ¡Claro que sí! Los relatos homosexuales siempre son trágicos y por mil motivos. Todo les viene bien para causarles estragos en la relación. Nunca pueden ser felices.
<<Te adelantas al final>>
—¿Posta? Ay, no. Me voy a deprimir. ¡Mejor empieza pronto! No quiero ver el amanecer con los ojos llorosos.
Luchando por retener las lágrimas, lo titulé "Charlas nocturnas"
.........................
"...Yo tuve todo y luego la mayoría de ti
Un poco y ahora nada de ti
Llévame de vuelta a la noche en que nos conocimos..."
-Lord Huron - The Night We Met-
—La primera carta de amor que escribí fue para mi mejor amigo...
Así comenzó la singular confesión de mi hermano que, siendo presa de una profunda borrachera en medio de una juntada con compañeros de escuela, decidió hablar públicamente sobre sus sentimientos por Leandro, como bien dijo, su mejor amigo. Su testimonio nació de una simple pregunta que le fue hecha durante una ronda de curiosidades incómodas. Del centro de la mesa donde estábamos sentados, había una pequeña caja con papelitos y, dentro de ellos, varios cuestionamientos embarazosos para cualquiera a quien le tocara.
—De hecho, para mí jamás fuimos amigos. Ja. Fue una carta de amor para mi enamorado de cuatro días... Un poco desesperados estuvimos los dos.
Desesperados no es la palabra que utilizaría. "Necesitados" diría yo. Mi hermano realmente necesitaba de Leandro, necesitaba de sus caricias, su ayuda, su humor. Precisaba de alguien que lo contuviera, al tiempo que lo arrancara de su zona de confort. Sin embargo, no sé qué tanto Leandro necesitó a mi hermano. Supongo que nada. Tan sólo fue una pequeña aventura en la que sumergirse para salir rápidamente y huir. Porque aquello fue lo que hizo. Ilusionó a mi hermano y luego escapó de los sentimientos que surgieron entre ambos.
—Oh, maldito viaje. ¿Quién diría que ir a las montañas por menos de una semana podría salir tan mal? ¿Por qué tuvo que desestabilizarme? ¿Por qué tuvo que obligarme a poner en duda mi vida?
Tal vez suenen exageradas las palabras de mi hermano. O tal vez no. Depende de las experiencias amorosas que haya sufrido cada uno. A quien guste de amores salvajes, rupturas inesperadas y constantes vaivenes sentimentales; le parecerán cuestionamientos propios de un despechado. En cambio, si eres de los míos, personas que nunca han conocido el amor ni la atracción física hacia otros, verás que sus interrogantes representan la muestra más pura y trágica de amor hacia otra persona de tu propio sexo.
Desvivirse por la simple idea de perder a ese alguien, a esa luz que ilumina cada rincón de tu vida, a esa chispa de tranquilidad y aceptación, a ese ser que amas. Mi hermano lo padeció. Él cayó enamorado de Leandro al minuto de verlo. ¿Fue a causa de su belleza? ¿Carisma? ¿Destino? Como fuere que haya sido, mi tan correcto hermano mayor se vio perdidamente enganchado con otro tan correcto muchacho de su edad. Dos chicos heteros que jugaron a ser algo más durante cuatro días. Y al final de la jornada, uno admitió su nueva orientación sexual, mientras que el segundo negó todo sin más. Espero que ya sepan quién es quién.
La desastrosa historia de amor inició más o menos así. Era la segunda semana de febrero y nuestros padres decidieron tomar unas cortas vacaciones en las cabañas de la abuela. Quedaban en Potrerillos a unas cuantas horas de donde vivimos. En un comienzo, la travesía se desarrolló con normalidad. Empacamos las valijas, recorrimos el paisaje observando a través de las ventanas, charlamos sobre las olas y el viento, planeamos las actividades que realizaríamos durante la estadía, entre otros. Los minutos volaron a nuestro alrededor y, cuando quisimos ver, ya habíamos llegado.
El complejo estaba compuesto por tres cabañas. Una era de nuestra familia, la segunda pertenecía a la familia de Leandro y la tercera estaba deshabitada. El interior era promedio. Dos habitaciones, una cocina, un baño, una sala de estar y una piscina que compartíamos con los vecinos.
No hicimos más que arribar a destino, que mi hermano tuvo la grandiosa idea de arrojarse al agua con ropa, mientras que mi familia y yo adentrábamos las maletas al interior de la propiedad. Su zambullida provocó una explosión húmeda que empapó a cuanto ser vivo se encontrara cerca. Caso fue que Leandro a unos cuantos metros de distancia y con malla puesta, sin todavía arrimarse a la pileta, se vio embarazosamente bañado a causa de mi hermano.
—Y, en ese instante, fue cuando lo vi y él me vio. Nos miramos.
Aquello es cierto. Se miraron durante un largo rato, pero no de manera placentera. Leandro se hallaba un poco molesto por la intrusión que había sufrido y mi hermano, muerto de la vergüenza, no paraba de sonreír con timidez. Luego, cuando la guerra de miradas hubo finalizado, nuestro nuevo vecino hizo lo impensable. Se arrojó al agua y empapó el rostro el otro. Ambos se observaron una vez más, aunque estas fueron miradas de diversión y sorpresa.
Recuerdo el momento. Leandro tomó la mano de mi hermano y lo abrazó, como saludándolo. Se presentó con entusiasmo y mencionó chistes y palabras cálidas para romper el hielo. Memoricé su discurso que fue algo como: "Soy Lea, un jovencito bastante irresponsable, en palabras de mi madre, pero buena onda y adicto a los deportes y competencias. Mucho gusto... y con gusto espero que no te sorprenda que la próxima te empape el doble".
Segundos más tarde, salí cambiada yo también con la intención de zambullirme en el agua. El calor era terrible y la gota gorda de sudor amenazaba con caerse. El chico me guiñó un ojo pervertido e inmediatamente me unió a la conversación, tratándome con confianza y una pizca de familiaridad. Por consiguiente, le sonreí levemente y le di mi nombre.
Tal vez, en ese instante lo supe y no lo entendí. Tal vez, creía que todo tipo de lenguaje debía comunicarse sólo con palabras y no con señas. Tal vez descubrí, sin querer queriendo, que él me estaba pidiendo permiso para acercarse todavía más al muchacho que flotaba a su lado. Pues, seguramente, pensó que yo era la hermana mayor a causa de la típica seriedad que cargan mis facciones. Y con ese parpadeo, pretendía tantear las barreras de protección que demarcaba alrededor de mi hermano. A lo cual, fue innecesario. Porque le di pase libre a disfrutar de nuestra compañía sin límites.
A continuación, el tacto fue lo más prominente. Al jugar vóley o una versión barata del waterpolo, Leandro aseguraba su victoria siempre al abrazar por la espalda a mi hermano o al hacerle cosquillas con tal de evitar que atajara la pelota. Él, en cambio, se moría de la timidez y terminaba hecho un ovillo entre los brazos del otro, sonriendo y sonrojándose hasta alcanzar el color violeta. Temblaba del nerviosismo, pero no se apartaba. Le gustaba en cierto modo.
—Viéndolo a la lejanía... Lea me manoseaba en exceso.
—Sí, claro. Aunque parecía encantarte —le repliqué.
Escenas como aquellas hubo a montones. Los tres pasábamos el día entero en la piscina, ya fuera comiendo, divirtiéndonos, tomando sol, conversando y, por sobre todo, oliendo como el amor se hacía presente en el aire. O, al menos, simulaba ser amor. Si alguien externo a la situación los analizara y, sin ni siquiera conocerlos, diría o que eran mejores amigos de toda la vida o que llevaban de novios un par de meses y se hallaban, todavía, en los primeros destellos de un desenfrenado apego. Era fácil de notar. La atracción que sentían ambos era muy obvia. Uno percibía los signos de afecto a kilómetros de distancia.
Constantemente buscaban la mirada del otro y reían al encontrarla. Se sentaban juntos en los bordes de la pileta, se acariciaban el cabello, la barbilla, el lóbulo de la oreja e, incluso, mi hermano aprovechaba dicha confianza y recostaba su cabeza en el hombro del otro. Lugar desde donde visualizaba mis ojos traviesos y me hacía muecas amenazadoras.
En general, era nuestro vecino quien tomaba la iniciativa. A primera vista, poseía una presencia dominante y varonil. Era flaco, eso sí, aunque sus hombros eran anchos y en altura nos sobrepasaba. Sus achinados ojos de un intenso negro al igual que su rizado cabello lo hacían ver extremadamente atractivo, casi imposible de ignorar en una multitud. Y por ello, dudo que mi hermano haya impuesto resistencia alguna a sus encantos. Simplemente se dejaba tratar como la mascota preferida de su dueño, quien disfrutaba de hacerle cariñitos y alguna que otra caricia prohibida en público.
—¡Uy! Ese día que almorzamos todos juntos no me lo olvido más. Casi muero. Ya no sabía en donde esconder mi incomodidad.
Más que incomodidad, era la sangre acumulada en el bulto de sus pantalones. El tercer día de nuestra estadía los padres de Leandro propusieron la idea de organizar una comida en conjunto. Ya saben, para conocernos mejor, pasar el tiempo y lo que sea. Ambas familias se pusieron de acuerdo y, unas horas más tarde, compartíamos mesa en nuestra cabaña. Unos deliciosos fideos con salsa de tomate nos esperaban, además de unas coloradas mejillas en el rostro de mi hermano.
Sucedió que los juguetones muchachos se establecieron uno enfrente del otro. Y puedo confiarles que, en ningún momento de la comida, la pierna derecha de Lea tocó el suelo. Siempre se mantuvo extendida en la dirección opuesta, descansando de a ratos sobre la silla de su enamorado y, en otras ocasiones, agitándose con mayor o menor velocidad en la abertura que había entre las extremidades inferiores del otro. Por otro lado, los puños nerviosos y nudillos blancos de mi hermano jamás desaparecieron. Y a él sí le caía la gota gorda del sudor. Lo sé porque se hallaban a mi lado, localizados en la ubicación ideal por donde podía visualizar sus obscenidades.
No obstante, aquellos toques a plena vista no significaban nada respecto a lo que sucedía por las noches.
—Era alrededor de la una de la mañana del primer día y decidí sumergirme en el agua —contó a medias mi hermano—. No sé por qué, pero lo hice. Estuve reflexionando por horas, recordando cada segundo que compartí con mi vecino y, como por arte de magia, apareció atrás mío.
Esa parte de la historia no la supe hasta mucho después. Resultó que, Leandro y él, se tornaron sumamente íntimos en esas charlas nocturnas. Dejaron a la luz secretos que yo jamás podré conocer y se contaron otro tipo de revelaciones personales que, a pesar de que quiera saberlas, no podría nunca. Debido a forman parte del romance de alguien más y no mío.
—Me senté al borde de la piscina y él me imitó. Me preguntó cómo estaba, por qué me veía tan triste y si necesitaba a alguien que me consolara. Negué todo. Entonces, él tomó su celular y puso a andar una canción que no conocía. Dijo que se llamaba "The night we met". Luego, me abrazó por la cintura y permaneció a mi lado hasta que el alba se hizo presente. Nos fuimos a dormir.
De ahí en adelante, eran conocidos por la mañana y confidentes por las noches. Durante cuatro días, nadaron y conversaron juntos hasta la madrugada y ejercitaron sus lenguas en el arte del habla y la sinceridad. Seguramente, transcurrieron muchas más cosas en esas charlas de las que yo sé. Cosas que él nunca me contará. Actividades más físicas, declaraciones más románticas, placeres más genuinos. Sin embargo, ya en el último amanecer previo a la despedida, la ruptura fue inevitable.
—Demonios, estaba tan idiota que no lo comprendí —balbuceó mi hermano, bebiendo otro trago—. La noche era oscura y la luna era nueva. Nueva como yo en la mentira del amor. Por tonto, creí que aquella acción significaba un paso más en nuestra relación. No un adiós para siempre.
—¿Qué acción? —consultó uno de nuestros compañeros.
—Leandro me pidió que cerrara los ojos y confiara en él. Y, al hacerlo, besó mi mejilla con la mayor suavidad del mundo. Cuando hubo terminado, se disculpó y fue a descansar. Al día siguiente, me despidió como si nada y prometió que nos volveríamos a ver.
—¿Qué? ¿Y así terminó todo?
—Lamentablemente —confirmó mi hermano.
—¿Y que onda con la carta? ¿Qué fue lo que le escribiste? —preguntó otro de sus amigos.
—Todo... Ja. Las miradas, la tensión que había entre nosotros, las sensaciones que experimenté. Le dije todo —respondió el borrachín.
—¿Y entonces?
—Y entonces nada —continué yo—. Él desmintió cada una de las cosas. Argumentó que eran solamente juegos para pasar el tiempo, para no aburrirse.
—Hermanita, hermanita... No seas tan buena con él. Relata sus palabras exactas —me retó.
—No quiero que las recuerdes...
—¡Dilas!
—Está bien —acepté—. Leandro explicó que sus sentimientos hacia mi hermano siempre fueron veraces. Él lo quiere y mucho y hasta daría su vida. Sin embargo, la relación no va más allá de una simple amistad. —Bufé— En sus palabras, él confesó: "Eres un gran amigo para mí, mejor dicho, eres mi mejor amigo, mi compañero de aventuras. Quiero que nos sigamos viendo, por favor, así puedes..."
—Puedes conocer a mi novia, te agradará —me interrumpió y finalizó la oración por mí—. Precisamente eso. La contestación a mi primera carta de amor fue un sencillo "seamos amigos".
—¡Diablos! Qué fuerte, bro. ¿Y ahora cómo te sientes? —le interrogó una joven, en igual estado de sobriedad que yo.
—¿Ahora? ¿En este momento? Quiero vomitar. Tanto física como emocionalmente quiero largar todo lo que tenga que ver con él, su maldita cara y la maldita canción que me mostró y que no puedo parar escuchar.
—Recuerda embocar dentro del inodoro —le rogué—. Ya que no pienso limpiar tus desastres nuevamente.
—Veré que logro —masculló y salió corriendo al baño, aguantando repetidas arcadas.
—Ojalá que llegue a tiempo... .........................
—Me deprimí. Literalmente. Yo no sé como la chica que contó la vida de su hermano y que supongo habrás presenciado...
<<Sí>>
—Bueno, no sé cómo no era un mar de lágrimas al narrar la historia de amor fallida del otro. ¡Es dolor en bruto! Le destrozaron el corazón y ella lo relata como un cuento de hadas. ¡Por favor!
<<Tal vez, ya lo sufrió en su momento cuando se enteró del terrible desenlace. O, por otro lado, como reitera en variadas ocasiones, no siente tanto apego ni tristeza a lo acontecido ya que aquello no forma parte de su propia historia romántica. Ella era tan solo una testigo de la situación, una espectadora o lectora. No era ningún personaje relevante en la vida de su hermano y Leandro. Consecuentemente, no se hallaba obligada a sentirse mal>>
—¡Igual! Yo estoy cumpliendo el mismo papel que ella ahora mismo y lo estoy padeciendo como enfermedad terminal. Es inevitable no querer llorar con lo que le pasó a tu copia. Pobrecito...
<<Exclusivamente, le negaron la propuesta de superar la fase de amigos. Nada más que eso. Es un acontecimiento natural que le sucede al 97% de las personas. Las relaciones no son siempre mutuas. Existen diferencias, preferencias y desinterés. Nadie ha muerto por haber sido rechazado alguna vez>>
—Ajá, ponele. Puede ser que no mueras físicamente, pero si eres alguien tímido que tuvo que armarse de coraje para confesar sus sentimientos y luego te rechazan... Te quieres matar internamente. Nunca más te animas a hablar en voz alta de nuevo. Ya no te quedan huevos para mirar a esa persona a los ojos una vez más. Eres un muerto viviente.
<<La gente se recompone de esas situaciones desafortunadas. La vida sigue>>
—¡Ay! Cierto que eres demasiado realista. Jamás me creerías ni aunque te diera cien mil ejemplos de chicos como él. Simplemente, no se recuperan. Esa herida los marca de por vida. Y, en este caso, la lastimadura vale por dos dado que Leandro era hombre. Un hetero que le hizo dudar de su orientación a otro hetero. ¡Peor! —Golpeé mi palma sobre la frente, deseando que fuera la mejilla del susodicho— Entiendo que lo de ellos no fue serio. Una tontería, de verdad. Eran jueguitos para saber lo que se sentía estar con otro igual, más que para aceptarse como bisexuales y contraer un noviazgo formal. Sin embargo, lo que Leandro le hizo fue imperdonable. La manera en que desacreditó todo lo que hicieron... ¡Cero empatía!
<<Él habrá podido tomar la iniciativa siempre, no obstante, no fue el único que participó. El hermano también fue activo, sabía lo que hacía y lo que quería y ni así fue claro para hablar. Continuó con las suposiciones>>
—Lo sé, lo sé. No digo que haya sido un santo. Lo arruinó de la manera más tonta posible. Pero no merecía ese rechazo tan cruel. Leandro estuvo ahí, conoce los sucesos. No puede negar todo porque sí, no después de haber mandado tantas señales poco hetero.
<<El miedo y la presión social lo consumieron>>
—¿Y lo de la novia? Eso ya era innecesario. Eso ya era enterrar otro puñal al corazón completamente descuartizado del hermano. Podría haberse guardado ese detalle. Podría haber dicho que lo quería como amigo y listo. Sin promesas, sin reencuentro, sin nada.
<<Quiso remarcar su hombría>>
—Menudo cobarde... Aunque, bueno, lo único medianamente favorable —Realicé dos comillas con los dedos— que puedo sacar de él fue los hermosos cuatro días que le regaló al hermano. Por lo menos, le quedarán lindas memorias del corto tiempo en que fantasearon juntos... Lo que yo daría por algo así.
<<El desgraciado desenlace arruina todo>>
—Yo no estaría tan seguro. De viejito le será una anécdota memorable.
<<Y traumática>>
—Maldito anti-romántico.