—¡Qué viva el amor! —chillé con ironía— Adoro cuanto cariño hay en tus historias. Primero, una joven autoritaria que domina a su chico para conseguir lo que quiere. Segundo, un tonto que se dejó engañar por la calentura de sus tripas y tercero, dos muchachitos que estaban dele jugar hasta que uno terminó con el corazón roto... ¿Qué nos queda para las dos siguientes? ¿Infidelidades? ¿Amor asesino?
<<No. Verás lo más parecido al amor que existe. Relatos crudos y desgarradores, nacidos en plena juventud. En especial, el más cuestionable y, por lo general, más recordado amor: El primer amor>>
—¡Ay, no! Los primeros amores siempre son catastróficos y tóxicos y hacen que la gente cometa estupideces. No me gustan para nada.
<<Aun así, en mis casos, representan los sentimientos más cercanos y puros de amor que pueden llegar a darse en relaciones extensas, donde las fantasías idealistas pasan a segundo plano para darle lugar al aquí y al ahora. Mis copias no están tan conscientes de ellas, no esperan hallarlas a la vuelta de la esquina, sino que únicamente anhelan sentir alguna sensación innovadora. Por eso aman con desesperación, sin tanto que exigir a cambio ni descontando puntos por la falta de perfección>>
—Porque están amando por primera vez —añadí.
<<Son los momentos en los que los protagonistas, nuevos e ingenuos, ansiosos por explorar los caminos de la pasión se entregan por completo hacia la otra persona que han escogido como dueña de su cariño. Son torpes, se equivocan a diario, sufren, lloran, pelean, se arreglan y se toleran mucho más de lo que alguna vez lo harán en el futuro con su próxima pareja. En ocasiones, y tienes razón en eso, se soportan más de lo debido por lo que terminan convirtiéndose en amores tóxicos>>
—Es cierto. En ese sentido, muestran la posta del amor, los sacrificios y las heridas insanables.
<<Por lo tanto, en estas dos últimas narraciones notarás un mayor grado de humanidad en la gente. Emociones sinceras, dolencias profundas, amores que trascienden la barrera del tiempo y la distancia. Es decir, un lazo más fuerte que el de la excitación y la imaginación, similar a una anécdota vivida que podría contarte un abuelo en sus minutos finales>>
—¡Awww...! —Coloqué mis manos sobre el corazón, enternecida— Pero ¡qué comentario más cute! Me muero. Te salió súper tierno y bonito, lo suficiente como para hacerme pensar que a malévolo cucarachón le asaltó el sentimentalismo. —Me reí.
<<Solamente estoy describiendo la historia que escucharás a continuación>>
—Ajá, sí. Di lo que quieras que yo creeré lo que me plazca.
<<¿Prosigo?>>
—¡Sí! Cuéntame algo más de ella, ¿por qué es tan pasional y tan intensa según tu percepción?
<<De acuerdo. Como ya adelanté, mi copia es un anciano al borde de morir, perdido en sus pensamientos y siestas entrecortadas. Y es sobre quien tuve que acoplar mi alma para poder conocer las vivencias que lo llevaron a terminar de ese modo. Solo, nostálgico, arrepentido de las decisiones pasadas>>
—¿Así que no lo presenciaste? Bueno, de lo que he aprendido de experiencias anteriores es que todos los relatos no dichos, sino reflexionados son los más dolorosos. ¿Estoy en lo correcto?
<<Sí>>
—¡Coño! Bien, estoy preparada. ¡Adelante!
<<Será una larga travesía por su vida>>
—Sobreviviré.
De igual manera en que el silencio jamás abandonó los labios del anciano, decidí titular el cuento como "Lo que callamos".
.........................
El anciano estaba tomando un café bajo el árbol. Amargo como la vida. Áspero como su existencia. Despiadado como los pensamientos que lo acompañaban en aquella tarde otoñal. Bajó la mirada y observó la taza que sostenía en las manos, llena hasta al borde. Derramó un poco, a propósito, sobre su avejentada y sucia ropa. El líquido ya estaba frío. "Perfecto" pensó, previo a beber un abundante sorbo. Sabía dulce y aquello lo molestó. Podía asegurar hasta con los escasos vellos que le seguían creciendo en los dedos de los pies que no le había echado azúcar alguno. Probablemente era una malvada artimaña de las enfermeras en un intento de mantener su salud estable. Solían mezclar el grano molido de café con cucharadas de azúcar cada vez que su glucosa en sangre bajaba para, así, cuando él quisiera disfrutar de una deliciosa y acibarada bebida a la hora del té fuera engañado tragando, a la fuerza, la principal fuente de combustible para el cuerpo y el cerebro y de la que no podía funcionar bien si no tenía suficiente.
La enfermedad que padecía la vivía como un grano en el trasero a causa de las agradables mujeres que lo cuidaban en el abandonado geriátrico del norte de Mianus. Hipoglucemia diabética, una complicación derivada de la diabetes, donde una persona no posee la glucosa necesaria en sangre. Un mal que no aparece a menudo en diabéticos a menos que anhelen actuar como locos de circos y usar demasiada insulina o demasiados medicamentos para la diabetes, saltearse las comidas o refrigerios e incrementar la actividad física sin comer más. La única que le faltaba para completar todas las causas de Hipoglucemia diabética era consumir bebidas alcohólicas, aunque eso ya sería volverse un desagradecido. Con la inmensa cantidad de médicos que lo rodeaban, le sería imposible filtrar alcohol en su habitación. Bastante con que lograba ocultar muy bien los alimentos que no comía para luego arrojarlos en el bosque atrás de la propiedad, como para intentar convertirse en borracho también. Se debe ser humilde al enseñar las habilidades de uno.
Helado y acaramelado, continuó absorbiendo la basura del café, un trago tras otro, impaciente por hallar el tan esperado efecto levanta muertos o estimulante neuronal, el cual no le funcionaba. Su cerebro dormitaba en silencio. Bostezó. Moría por una siesta, un descanso en el eterno Más Allá, una pausa de la montaña de remedios, gente, dolencias y recuerdos que lo perseguían. ¿Cuándo, finalmente, le llegaría la hora? Su grado de vejez era avanzado, casi setenta años y su corazón no paraba de latir. Hasta los efectos secundarios de su enfermedad demoraban demasiado en atraparlo. Convulsiones, pérdida del conocimiento, muerte. Semanas sin alimentarse, a excepción de caldo de pollo, con el objetivo de fallecer antes que su esposa y nada. Ni una ventisca de desorientación le recorría en ocasiones. Tan o más cuerdo que un empresario multimillonario a punto de cerrar un trato con China que lo enterraría como el americano más rico del siglo XXI y que le obligaría a venderle su alma al guapo Lucifer Morningstar con tal de armar una fortuna bajo el colchón. Exacto. Así de desquiciado se hallaba. Y no, ni de ese modo moría.
En cambio, se encontraba en la típica etapa de viejo gaga que comienza a derramar sabiduría con sus nietos, llorar cuando los ve jugar a la pelota y a charlar por horas con los vendedores de las verdulerías y carnicerías mientras que compra la comidita para la papilla del bebé. O, en general, es lo que debería hacer. Ya que sus hijos eran grandes y lo bastante peluditos como para mudarse a una ciudad muy alejada de ellos y criar a sus hijos lo más diferente posible a la educación que recibieron de él. Fue, por entonces, que los encerraron en un hogar para ancianos y con el servicio funerario pagado, incluso. No deseaban verlos ni en fotos familiares. ¡Qué le importaba! Él hubiera hecho lo mismo con sus padres y a su edad si hubiera tenido la oportunidad. Nadie soporta cuidar a enfermos. No les guardaba rencor para nada. Su esposa un poco sí. Era del tipo sentimental y de las que el órgano palpitoso se les amarga con la partida de sus niños, la luz de sus ojos, el fruto de su amor.
¡Amor! Aquel sí que fue un asunto de importancia en su vida. Su corazón siempre estuvo dividido entre dos personas que reinaron sobre su cuerpo y mente. Dos seres completamente distintos y extrañamente compatibles. ¿Un trío amoroso? No. Sólo era él mismo luchando entre la sed de lujuria que sudaba cada poro de cada centímetro de su piel y el apetito de paz y seguridad que reclamaba su congestionado desequilibrio mental. ¿Placer o estabilidad? Esa es la cuestión. Hasta el día de hoy se cuestiona haber tomado la decisión correcta. Más que la elección, se debate en el característico "¿Qué hubiera sido si...?" En otras circunstancias, ¿qué hubiera sido si, en lugar de su mejor amigo, hubiera sido su esposa la que pereció en aquel accidente automovilístico? ¿Hubiera habido alguna diferencia? ¿Cómo sería su situación actualmente? No poseía certezas sobre ello, aunque tampoco esperanzas. Su mejor amigo jamás superó el título de mejor amigo, únicamente fue él quien experimentó confusas emociones. No obstante, con su esposa nunca pudo conseguir el certificado de felicidad.
Como momia que era, le encantaba rememorar su pasado o tal vez lo hacía inconscientemente debido a que no tenía otra cosa en que pensar, además de contar los minutos que faltaban para que la neumonía terminal liquidara de una vez por todas a su débil esposa, Teresa. Por ello, cerró los ojos y remontó viaje a su adolescencia, momento en que los tres eran los mejores amigos que existían. Se conocieron en secundaria, siendo la primera frase que cruzó con Teresa, de hecho fue una pregunta, la cual constaba de "¿me puedo sentar?" refiriéndose a la silla que sobraba vacía y él le respondió: "Sí claro, hay espacio a mi lado". De allí en adelante, los dos años siguientes compartirían banco, amistad y una creciente confianza. Principalmente, serían compañeros de estudio y unos tímidos amigos que aún no se animaban a contarse secretos del tipo "personales y dolorosos que no deseo que nadie sepa porque me harán bullying por el resto de mis días".
Y, a lo mejor, porque el vínculo vagamente hilado era sencillo de deshilachar, al tercer año se pelearon. Ella con sus amistades y él, con su nuevo reemplazo. Oscar. Un joven con harta distinción sobre Teresa. Un tanto más alto que él, de cabello corto y oscuro tal noche y tal imitación a sus ojos, un profundo azabache de atracción. Piel ligeramente morena con un predominante acné de pubertos, robusto de contextura y de cejas afiladas y acusadoras. Era una preciosura de persona, simpática y carismática, con muchos amigos y una interminable bolsa de temas de los que charlar, opinar y jamás aburrirse. Su contraste era claro con respecto del ahora anciano, reservado e introvertido. Oscar era el encargado de enseñarle el mundo a su pequeño amigo dinosaurio, así lo llamaba, y de conquistarlo con su blanca sonrisa cuadrada y sus peculiaridades y su cálida personalidad protectora y cariñosa y los incontables juegos que creaba para divertirlo y su todo, prácticamente. Era la novedad más novedosa en la vida del callado, un imán al que se vio atraído sin saber cómo o por qué, pero del que se hallaba contento de unirse.
El desarrollo de su amistad fue más abrupto y chocante, extraño. Sin tener alguna comunicación anterior o relación informalmente cordial, empezaron a reunirse tan seguido como hermanos de distintas madres. Una inesperada llamada en auxilio por escapar del aburrimiento, le llevó a visitar una casa ajena, una pileta mal construida, una partida de tenis más entrecortada que los virus de un film pirata, una charla corta de palabras y, así sin pensarlo, se vio visitando el hogar de Oscar como si fuera el propio. Familia y amigos se hicieron conocer ante él. Pronto, todos estaban al tanto de su existencia y de lo que representaba para Oscar. "Se los presento, es mi mejor amigo, es un poco tímido y se sonroja bastante, aunque les va a agradar. Denle tiempo a que entre en confianza", era el discurso que se oía frente a cada uno de los conocidos del pelinegro y del que la mayoría aceptaba con amabilidad.
"¿Él? No, para nada. Es un loquillo y un malpensado de los peores. Solamente que todavía tiene vergüenza, ¿o no, ratita?" solía aclarar en voz alta y luego abrazarlo, revolviendo el cabello del susodicho. "Eres muy bonito, ¿lo sabes? Una ternurita..." eran unas de sus frases preferidas mezcladas con las cosquillas que le aplicaba en la barbilla cuando quería hacerlo reír o masajearle las orejas cuando deseaba que se relajara. Y, si por alguna extrema razón sentía la necesidad de marcar territorio de gente que aspirara aprovecharse de él o tocarlo sin motivos, reposaba un entallado brazo sobre sus hombros y caminaba a su lado sin inmutarse. Muy diferente cuando, por las noches, se recostaba en las piernas de su hombrecillo, concentrado en la película y en las caricias que se distribuían por su liso cabello oscuro. Caía muerto en segundos.
Al despertar, a la mañana siguiente, preparaba con rapidez su armadura y la de su amiguito, listo para defenderlo, alentarlo a enfrentar el mundo, sus miedos, a sí mismo. "¡Vamos! ¡Tú puedes! Te quedan dos flexiones más y terminamos" le chillaba cuando sus brazos temblaban al punto de querer quebrarse como una ramita de albahaca o, sino, le recordaba "Hay que terminar el informe hoy, no importa cómo o cuántas horas de sueño debamos perder. ¡No te quedes dormido!" en los instantes donde la escuela los sobrepasaba y luchaban hasta el último aliento. Constituían algunas de las mejores y más convincentes motivaciones que alguien le podía brindar en las ocasiones en que sentía que sus piernas desistían de correr hacia la meta de la redención. "No. Hoy salimos de fiesta. No puedes vivir refugiado en tu cueva, debes conocer a nuevas personas" lo arrancaba de su comodidad, intercambiando su trote a través de calles asfaltadas por uno de tierra cruda, de relacionarse con extraños, opinar sin temor, tratar con ambientes que lo incomodaban, bailar, conquistar, acostumbrarse al contacto físico y a exhibirse corporalmente. Sin enredadas vueltas, le destrozaba el caparazón de tortuga que se había construido cada vez que se le regalaba la chance.
Ese tipo de familiaridad era la que le provocaba mariposas en el estómago. O tal vez eran gases, siempre fue ligero al ventilar su barriga. Tema que a Oscar no parecía molestarle ni tampoco su inutilidad frente a la materia de actividad física (era malo en los deportes), actividad numérica (era pésimo con las matemáticas y ciencias naturales) y actividad competitiva (era terrible en los juegos de ingenio y siempre perdía por lento). A sus ojos, el pequeño ratoncito con cola de dinosaurio era un perrito al que llevar a pasear, de compras, al cine, al parque y con quien contar en los peores momentos de tristeza y desánimo. Vivían cerca, tan cerca para viajar en bus un cuarto de hora y reencontrarse con facilidad cuantas veces quisieran. Cinco días en el colegio, dos días de descanso empleados para pijamadas y tareas escolares, llamadas constantes, casi un noviazgo extraoficial que permanecería en ese estado hasta el final, pues eran dos hombres y hombres que gustaban de chicas. Un cartel de heterosexualidad se adhería a sus frentes.
No obstante, los sentimientos del segundo iniciaron un proceso de autorreconocimiento y tragedia interior. A medida que él se enganchaba más y más con las rarezas de su mejor amigo, mientras más llegaba a quererlo y adorarlo en un pedestal de celebridad, el otro se alejaba a direcciones que los separaban de las similitudes que compartían. Si en un principio eran inseparables e increíblemente parecidos, vistiendo iguales, adornando sus manos con anillos y sus pieles con tatuajes, modulando un lenguaje entendible sólo para ellos, enseñando un saludo de pareja; más tarde, las condiciones variaron. Un año había transcurrido desde la nueva adquisición, un mejor amigo llamado Oscar, cuando una chica apareció y tiró la realidad patas arriba. "Ella es Luana, mi novia, háganse amigos" fue la confesión que lanzó al dar a conocer su estado civil oficial. De novio, con una mujer.
El cariño, el apoyo, la atención, los abrazos, los adjetivos bonitos, todo fue borrado de su página para ser reescrito en la de ella. El tiempo, las compras, cumpleaños, salidas, todo fue contaminado con su presencia y el reciente favoritismo que le tenía. Como consecuencia, la amistad se fracturó. El resentimiento se olía en el ambiente, pesaba en los hombros de los amigos, el descontento se ocultaba tras la timidez del pequeño. Sumado a ello, la unión que los acompañaba se intoxicó más de lo soportable. Lo que antes se hacía por gusto y diversión, terminó por convertirse en una rutina de manipulación y sucia presión. Por ejemplo, las invitaciones mutaron de un "Quiero verte, compré comida y ya sé qué film quiero que empecemos" a "¿Por qué no te vienes a mi casa y vemos de cocinar algo, así no te quejas de que paso más horas con mi novia que contigo?"
La sensación de verse reemplazado se apoderó del menor. Los celos volviéndose notorios en cada palabra que salía de sus labios. "¿Por qué ya no me dejas abrazarte cada vez que te veo?" le reclamó durante las primeras veces, preso de un instinto devorador de cariño y mimos. "Porque no, ¿para qué querría abrazarte si tengo a una novia quien perfectamente me puede dar todo el afecto que yo necesite?" le contestaba al pasar, sin reflexionar demasiado sobre el ahondo trasfondo que implicaba aquella simple y quejosa pregunta. Parecía, por instantes como ese, que su persona no fue más que cachorrito de esos que se encuentran en las calles y que son hermosamente bellos, tiernos y regalando besitos a quien los recoja, pero que tras un par de meses en los que crecen con rapidez e imperfecciones dejan de ser lindos y son intercambiados por otros críos mayormente cándidos. "¿Él? No, para nada. Se hace el anti-romántico y es una mantequilla de maní, un pegajoso que se te adhiere, en especial, por las noches. Se me tiraba encima y todo..." se burló de él, sin razón, durante una juntada con sus amigos y del que los presentes se rieron también.
La incomodidad era irremediablemente notable, incluso el triple en las oportunidades que ambos compartían el mismo espacio y la atención de la misma persona. "Hey, Lu, ¿no tendrás alguna amiga que esté bien buena para él? Así no está tan solito en ese rincón mirando como nos besamos. Mira si logramos armar una cita doble". Frente a eso, no hacía otra acción que dar vuelta la cabeza prestándole atención a la película y no a sus inapropiados intentos de emparejamiento. "Deberíamos buscar amigos con quienes dejar el alma y parar de solicitar novias con quienes dejar el cuerpo. ¿No te parece?" era su resolución final, previo a fingir ganas de mear, huyendo al baño acompañado de su escasa dignidad. No obstante, la tortura no terminaba allí. El creador del universo y el tiempo se complotaban en detenerse por unas horas con tal de alargar la tortura del introvertido, ofreciendo los minutos suficientes para traspasar más cantidad de saliva, charlar un rato, jugar y tal vez dar una vuelta en los alrededores de la plaza cercana a su casa.
"¿Quién crees que es el mentiroso en este juego, Luana a quien recién conoces a pesar de que tiene los mil y un argumentos a su favor o a mí, tu mejor amigo y quien no tiene modo de defenderse frente a las acusaciones?". La respuesta correcta debería de ser "Tu honesta novia" aunque siempre terminaba siendo, gracias a la expansiva ceguera fanática que lo bloqueaba, "Tú, Oscar, mi BFF, porque te creo si me dices que no eres el mentiroso". Por consiguiente, perdía la partida y el pelinegro se reía en su cara. "¿Vieron? Se los dije. Soy el mejor en este juego". Sí, claro. "Y, además, el mejor en usar a las personas para tu egoísta gusto y placer" pensaba en silencio mientras enseñaba una enorme sonrisa y pronunciaba un exquisito cumplido en relación a Oscar. "Totalmente invicto, sin aprendices que superen al maestro". Y la diversión continuaba, los chistes, las bromas, la fragmentación del sensible corazón del pequeño, la creencia de ser un objeto descartable yendo en aumento y convenciéndose de no ser más que una felicidad temporal en la vida de Oscar, si es que aquello no fue también fingido. Siempre fue un buen ilusionista.
De pronto, la establecida situación sufrió otro inmenso cambio. No para bien, sino para terriblemente mal. La sorpresa fue inmediata y corta, tan resumida como su relación. Un par de meses y se separaron. Luana pasó a la historia. "Era aburrida" explicó sin ganas, seguida de una satisfecha sonrisa que implicaba otra noticia todavía más trastornada "Pero ya conocí a alguien que sí satisface mis expectativas. Se llama Ludmila. Háganse amigos". El ciclo se repetía, manchado de un morboso gusto por chicas cuyos nombres comenzaban con Lu. Lucero, Luz, Luna y una larga lista fueron las jóvenes que pasaron por el cuerpo de Oscar. ¿Quién sabe el número de cosas que hicieron y el monto de barbaridades que oyeron respecto del patetismo de su insignificante mejor amigo?
"¿Qué le pasa? ¿Por qué es así?" escuchaba a diario. ¿Así cómo? ¿Sarcástico? ¿Reservado, pero violento al expresar sus opiniones? ¿De risa fácil y falsa? ¿Siempre corriendo para irse pronto y nunca pudiendo volver a causa de su ocupada agenda? ¿Observador experto por el rabillo del ojo y de muecas iracundas? "No, no suelo ser así" admitía en su privacidad "Solamente me comporto de este modo cada vez que te veo meter la lengua dentro de la boca de Oscar, sin una pizca de culpa y saborearlo como helado de chocolate, chuparle hasta sus pervertidos deseos y tocarlo y besarlo y morderlo y lamerle cada milímetro de su maldito cuerpo tallado por los dioses, moreno y curvilíneo, suave, perfecto, sedoso cabello del que sujetarse y oler mientras te hace el amor entretanto arañas su espalda y gimes groserías en su oído anhelando que su renovada excitación lo transforme en un toro salvaje y te parta al medio del dolor y la lujuria y del llanto de querer repetir todo de nuevo, una y otra vez hasta que no sientas las piernas y los brazos se conviertan en flácidos fideos sobrecosidos incapaces de hacer otro movimiento que el de reposar sobre su pecho al caer plácidamente dormido". Sin embargo, en lugar de soltar eso en voz alta, optaba por encogerse de hombros e ignorar los interrogantes.
Llorar era para niñas. Un placer que no podía regalarse, sino hasta que estuviera escondido bajo las mantas en la oscuridad de la noche. Allí, chillaba y se odiaba hasta el extremo. ¿Por qué era como era? ¿Por qué no podía ser quien quería ser con la persona con quien quería estar? ¿Por qué se había obsesionado tanto con Oscar? Tal vez, ya de anciano, se arrepentía de que Teresa se hubiera enterado de su obstinado antojo hacia su mejor amigo. Ella fue la única persona a la que le confesó, indirectamente, pues su fortaleza no le era suficiente como para revelar semejante secreto en sus palabras exactas y sin rodeos, su más ambicioso y erróneo error: El de intentar declararse frente al pelinegro. Ni bien hubo sido claro respecto del cariño y aprecio que le tenía, el otro aceptó sus cumplidos, agradeció y le pidió que terminara su pedazo de pizza pronto porque su novia Lucrecia estaba por llegar y querían estar los dos, exclusivamente solos, para hacer de las suyas. Las lágrimas, por tanto, fueron contenidas en el hombro de Teresa, su antigua mejor amiga que retornó a su vida luego de olvidar los desacuerdos pasados y las diferencias.
"Siempre creí que su relación era un poco tóxica, aunque parecías verte feliz" opinó una vez que el agua y los mocos dejaron de llover de su rostro. "Todavía lo soy" replicó con intenciones de creérselo él mismo, lo cual, no le funcionó y a ella tampoco. Sonrieron. Empezaron a verse más seguido. Salían a comer con frecuencia, una llamada cada dos días, habituales preguntas de "¿Cómo te encuentras hoy?" o "¿Tienes algo de lo que quieras hablar?" y, en ocasiones, "Oye, sé que es apresurado, sin embargo, ¿te gustaría pasar la tarde en mi casa? Mi mamá no está y hace tiempo que no me visitas". Reían mucho en cada instante que compartían, su humor fusionándose mejor de lo que antes lo hacía, entreteniéndose con las anécdotas de ambos diez veces más y en diez veces menos de tiempo que cuando perdía largas horas de aburrimiento en la casa de Oscar. Ella lo hacía sentir bien. Le prestaba alegría momentánea, carcajadas, una corta amnesia de los dramas con su mejor amigo que lo deprimían. "Me deja feliz haberte sacado, al menos, algunas risotadas en esta hora" finalizaba, con ternura, sus charlas nocturnas. "Confía en que me sacaste más que eso" susurró en el minuto en el que el tono se cortó.
"Me sacas la tristeza, el bajón emocional, disminuyes mis inseguridades, la vergüenza que tengo hacia la persona que soy. Me dices que está bien ser así de tímido y callado, que no hay obligación de actuar extrovertidamente todo el tiempo, consuelas a mi castigado cerebro argumentando lo saludable que es poseer fantasías de aquel tipo y sentir atracción hacia la gente con la que experimentas comodidad, alzas mi autoestima resaltando las actividades en las que soy genial y me explicas que, de ninguna manera, soy desechable o reemplazable. Añades que soy único, un chico muy cauto y sensato y bobo, a veces, pero ésta siendo una cualidad de la que celebrar y reírse sin despreciarse. Y eres fantástica por todo eso" quiso agregar a la conversación justo antes de colgar el teléfono, aunque prefirió desearle "Dulces sueños" y despedirse sin ningún discurso emotivo. Ser sincero con los sentimientos no le iba bien.
De Guatemala a Guatepeor viene el dicho, solamente que el pequeño todavía no lo sabía. Pues, se hallaba tremendamente contento siendo recibido con los brazos abiertos de Teresa cada vez que se reunían. Ella aceptaba con ilusión sus pasatiempos, los elevaba y, en instantes, asemejaba exagerarlos con tal de hallar la preciosa sonrisa de su mejor amigo. Correspondía a sus abrazos, lo colocaba en el centro de su atención, le preparaba regalos dignos de un rey, se aseguraba de que ninguna lágrima permaneciera sin cierto monto de frases motivacionales y levanta ánimo. Le obsequiaba hasta el último gramo de la idealizada paz que los gobernantes de las potencias mundiales esperan conseguir en algún momento antes de la extinción por la Tercera Guerra Mundial. Y a él, le encantaba. Por ello, le sorprendió negativamente cuando Teresa habló de visitar a Oscar. "Somos amigos, no tan cercanos como lo es contigo, no obstante, lo necesario como para habernos juntado en varias oportunidades a lo largo de los años. Deberíamos ir a verlo... a ver si cambia de opinión sobre ti".
Los celos afloraron por segunda vez pues, equivalente a la mayoría de las cosas de su vida, ella tenía la marca de Oscar. Teresa, quien era su mejor amiga, al parecer no podía permanecer como su mejor amiga solamente. También debía serlo del pelinegro. "Apuesto a que se acercó a ella para ligar, sin embargo, como su nombre no comienza con la sigla 'Lu', la dejó olvidada" intuyó el pequeño. Aunque mejor, algo suyo que él no había poseído, algo que provenía de sus propios logros y no un obsequio de su amigo, una amiga que él hizo solito sin que se la presentaran o que fuera una relación forzada en favor de Oscar. Deseó que así continuara. No. Ansió ir más allá, presumirla, exhibirla como un símbolo de libertad y victoria por sobre su enemigo. "Oye, mira lo cercano que soy a Teresa y la espléndida amistad que tenemos, ¿no lo crees? La quiero como si fuera una hermana". Anheló trasmitirle sus celos al otro, esperando atrapar su envidia. Le apetecía volver a oír los reclamos posesivos que alguna vez colmaron a sus entrañas de alborotadas hormigas, las cuales le obligaron a contener su inquieta emoción y a tapar las reacciones involuntarias de su cuerpo.
"¿Hoy también te juntas con ella? Podemos invitarla, si quieres. Mi novia está de viaje y ya desocupé la tarde para ti. ¡Dile que venga!" comenzaron unos cuantos atisbos de recelo. ¿Sería que lo extrañaba? "¡Al fin atiendes! Te llamé antes, pero me dio ocupado. ¿Hablabas con Teresa?" ¿Sería que se confió de la disponibilidad del menor y empezaba a percibir cierta aversión al extenso tiempo que él le dedicaba a ella? Probablemente, sin embargo, no lo admitiría. En su lugar, le haría un espacio en su vida, su hogar, su círculo de comodidad. Si los tres se conocían, los tres se mantendrían en el mismo grado de amistad. Los tres mejores amigos, a pesar de que internamente él apoyara más a la joven que a Oscar.
Velozmente, se tornaron inseparables. Estudiaban juntos, salían juntos, viajaban juntos, dormían juntos y hasta iban al baño juntos. Con la novia agregada, por supuesto. Explotaban al máximo las habilidades de cada uno siendo que comían delicioso gracias a los dotes de cocina de Teresa, entraban gratis a las fiestas por parte del pelinegro y se asombraban con los trucos de magia que el menor realizaba. "Sí, es verdad, soy un mago en potencia. Un experto en el arte de producir artificialmente efectos en apariencia maravillosos e inexplicables mientras se desconoce la causa que los produce" detallaba en cada ocasión que le consultaban por sus talentos. Fueron de los meses más satisfactorios para el pequeño, jubilosos días en los que compartía alegría con los dos dueños de su corazón. Dentro de todo, fue un memorable último año de secundaria repleto de felicidad, de buenas risas. No obstante, los problemas sobrevinieron cuando menos lo esperaron. Los tres ya graduados mosqueteros más aglutinados de la historia, imitando el proceso de estallido de una bomba, alcanzaron los 00:00 segundos de explosión y el fin recayó sobre sus cabezas: Peleas internas.
"Menos mal que se fue" dijo una vez Oscar, tras despedirla en la parada del bus rumbo a su casa "Ya que quería una buena conversación con mi mejor amigo". Allí, fue cuando la comprensión le pegó una cachetada de entendimiento. Al pelinegro jamás le importó Teresa, jamás experimentó rivalidad alguna con ella, sólo la soportó debido a que a la ratita inmunda de su amigo le caía bien y era preferible incluirla en las salidas para hacerle compañía al otro, que tenerlo abandonado en un rincón mientras observaba los besos que intercambiaba con sus chicas. "Ella es muy aburrida, monótona, muy santa. No pertenece a nuestro mundo, ¿sabes? Nunca sería capaz de lo que nosotros sí" le esclareció después. Probablemente, tuviera razón en lo que dijo. Ubicado muy en lo cierto. Pero el otro haría caso omiso a sus advertencias. Le dolía el orgullo tener que aceptar haber perdido en su tentativa de dar celos. Consternado y disgustado con el trato que ambos estaban recibiendo, ignoraría a Oscar y apostaría todas sus fichas a Teresa con tal de llevarle la contra.
"¿Verdad o reto?" le tocaba decidir en una ronda de tragos y parranda entre conocidos del pelinegro, apenas si reconocía a los rostros de haberlos visto de lejos. Su introversión lo forzó a ir por la verdad. Literalmente, la verdad. "De acuerdo, si dos de tus mejores amigos se estuvieran ahogando, caso Oscar y Teresa, y tuvieras que salvar a uno: ¿a quién elegirías?". En aquel momento, cuando debería haberse paralizado con el cuestionamiento y haber reflexionado durante largos minutos su respuesta e, incluso, haberse negado a responder por no poder decidirse o bien haber afirmado el nombre más obvio, Oscar, ocurrió lo contrario. Automáticamente terminaron de pronunciar la interpelación, que confesó con firmeza "Lo tengo. Elegiría a Teresa. Porque estoy seguro de que si yo escogiera a Oscar, al tiempo que deba correr a la orilla para rescatarlo, hallaría a un centenar de personas. Amigos, novias, conquistas, gente que obviamente ha tenido un amorío con él y que yo no conozco y todos estarían haciendo cola o ayudándose a cargar los salvavidas y chalecos para evitar que muera. Sería tanto el nivel de organización e interés en él que yo no podría participar. Quedaría excluido. Visualizaría a la distancia la salvación sin ser capaz de intervenir. En cambio, sé que del lado de Teresa no encontraría a nadie, ya que nadie se la jugaría por ella. ¡Pero yo sí! Ella es una excelente mujer. Ojalá ustedes y tú Oscar, entendiesen que todos merecemos bien y que no existe una persona que no deba de tener, ya que somos circunstancias que nunca elegimos ser".
El torbellino de palabras se detuvo un segundo, aunque no porque el público lo estuviera observando con ojos desorbitados y Oscar no emitiera expresión alguna de su rostro de hielo o, bien, se le hubieran agotado las reservas de valentía al atragantarse con su lengua y quedar en ridículo. No. Paró para respirar, inflar sus pulmones y seguir vaciando toda la mierda que soportaba por culpa de las ambiguas actitudes del pelinegro. "¡Carajo! ¿Cómo puedes ser así de indiferente Oscar? Encima conmigo. ¿Es que nunca te importé? ¿Qué fui un juego para ti? ¿Un proyecto de laboratorio para demostrar que nadie puede resistirse a tus encantos? Todo lo que he hecho por ti ha sido porque te quiero. ¡Joder! ¡Eres mi mejor amigo! Y te quiero como tal. Si te he apoyado en tus decisiones, te he alagado, idolatrado, consolado cuando no sabías como cortar con tus novias o no podías elegir a quien proponértele, si he corrido atrás de tus órdenes como perro domesticado, ha sido porque eres mi mejor amigo y es lo que uno debería hacer por ellos. No fue debido a tu manipulación con tus tóxicas frases o a que te viera como un Dios Todopoderoso que ha venido a rescatarme del desastre o ya que me sienta en deuda contigo. ¡Claro que no! Y tú eres el que se siente en deuda conmigo, al ver la manera altruista con la que reacciono a tus pedidos o al explotar de gozo con la escasa e insensible atención que me das, por eso me has mantenido cerca estos años...".
"Ajá, ¿algún descubrimiento más, Señor Einstein? Queremos seguir jugando" le interrumpió, irrespetuosamente, de la nada "No, Oscar. Acá terminó nuestra amistad, tus deudas y todo lo referido a un 'nosotros'. Me voy. Te desearía 'buena suerte', pero ya tienes demasiada. Deberías dejar algo para el resto". Y aquellas fueron las últimas palabras que cruzaron, la última vez que se vieron cara a cara. El anciano despertó de su siesta, lloraba desquiciadamente, de igual modo que cuando lo hizo cincuenta años atrás al enterarse de la muerte de su amigo. Supo que fue un accidente automovilístico, no quiso estar al tanto de más detalles. Ya le era un doloroso recordatorio la mala fortuna con la que lo maldijo "Te desearía 'buena suerte', pero ya tienes demasiada" como para perturbarse con la descripción de cómo su auto y su ser se hicieron puré en la ruta. Había llegado a arrepentirse en varias ocasiones de su confesión, aunque luego lo pensaba bien y agradecía la fuerza con la que fue bendecido en aquel momento. Si no hubiera estallado, el odio lo hubiera auto-consumido y se hubiera suicidado antes de siquiera poder declarársele a Teresa con el objetivo de cuidarla y protegerla por el resto de su vida. Es cierto, sería infeliz hasta el fin de su existencia, no obstante, ella dispondría de una merecida recompensa por el rayito de luz que era.
Agarró la taza que había dejado abandonada, semi llena de café frío y dulce y la estalló contra el árbol. En una revelación igual que la de tiempo atrás, se decidió por terminar con su sufrimiento de manera rápida y directa. A lo abrupto, chocante y extraño, como a Oscar le gustaba. Filosos trozos de cristal cumplirían con su más desesperado deseo: Morir. No sin previo a ello, visualizar a un par de enfermeras correr hacia su zona en el bosque con lágrimas en los ojos indicándole que, eventualmente, su esposa había fallecido. Continuar con el llanto fue su instinto a continuación.
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—Wow... Carajo. ¿Recuerdas cuando dije que los relatos homosexuales son trágicos? Bueno, ahora súmale la parte catastrófica de los primeros amores y obtendrás como resultado esta historia súper ultra mega heartbreaking. Mucho peor que la anterior.
<<Proferí la alarma de que sería un extenso viaje>>
—Lo sé, lo sé. Es que... No me esperé que fuera así de devastador. Comenzó con la típica amistad de dos amigos. Uno extrovertido y otro introvertido. La pareja perfecta, toda hermosa y preciosa hasta que ¡mala suerte! Uno se enamoró ciegamente del otro. Encima, un insolente el pelinegro. Cambiaba de novias como cambiaba de bóxer y eso estaba soportable. Sucede a diario, pero ¿y la intervención de Teresa? Eso fue peor. Alguien que no debería haber estado allí. ¡¿Por qué?! —Me exasperé— Ella fue el mal tercio que hizo que todo fuera el triple de torturante. Fue ella quien desencadenó el torrente de malas decisiones en el anciano.
<<De hecho, opino lo contrario. Teresa fue la razón por la que él escogiera correctamente. Es en ella donde percibes el verdadero amor>>
—¿Cómo? No entiendo. Oscar fue su primer gran amor, no Teresa.
<<Incorrecto. Fue la jovencita. Piensa lo siguiente: Con Oscar, él sentía una admiración absurda. Atracción física, por lo que describe tan salvajemente. Calentura y celos a causa de las escenas que le observaba tener con sus amoríos. Una dominación exigente, bajo la cual actuaba y se movía según las propuestas forzadas que recibía del otro. Corría con tal de cumplir sus órdenes y obedecía como siervo del rey. En otras palabras, era una combinación de Gang-tae y del muchacho con el que jugó Leandro. ¿Verdad?>>
—Verdad, no lo niego. ¿Entonces?
<<Con Teresa, era lo contrario. Paz, tranquilidad, seguridad eran las emociones que abundaban en su corazón, mientras se encontraba con ella. No debía romper sus paredes de protección a la fuerza, sino que abría los portones voluntariamente. No debía, tampoco, fingir ser alguien que no deseaba ni pretender una sonrisa cada vez que atacaban a su persona. No se veía presionado a realizar actividades que no deseaba ni a soportar situaciones que le afectaban como con Oscar. En cambio, él estaba cómodo con Teresa. Era fiel a sí mismo, alegre, risueño, seguro con sus cualidades y amable con sus defectos. ¿Cierto?>>
—Sí, me queda claro eso. Con Oscar, era exclusivamente físico y con Teresa, exclusivamente interés sentimental. Aun así, eso no dice nada relevante. La quería como amiga. Le prodigaba el cariño mínimo que se regala en cualquier amistad, sin embargo, la cosa no iba más allá. No la amaba. Sino dime ¿por qué se hallaba tan loco por morirse y no verla más? ¿O por qué prefería haber asistido a su funeral en vez de oír la noticia del accidente de Oscar?
<<El amor no es un trofeo que permanece eternamente igual y con la misma intensidad romántica a través del paso de los años. Varía, disminuye, aumenta, se extingue, renace miles de veces. Es comprensible que luego de cincuenta años se halle agotado de su presencia, de igual forma hubiera sucedido si la relación se hubiera perpetuado con Oscar. Nada es para siempre. Recuerda que estamos charlando sobre amor propiamente dicho y no fantasías amorosas. Por otro lado, si esto te tranquiliza, puedes interpretar el llanto final como una tristeza irremediable por la muerte de su esposa o una alegría inmediata porque ambos estén por hallar la paz del Más Allá>>
—Mmm, buena argumentación. ¿Y lo de la noticia?
<<Todavía cargaba con la culpa de la abrupta despedida que tuvo con Oscar, considerándose el ejecutor de su destino fatal. No obstante, era un dolor distorsionado y agravado por el tiempo. Creo que realmente no se arrepentía de la elección hecha, ya que ni siquiera era capaz de imaginarse un futuro estable al lado del pelinegro. Por el contrario, se hallaba contento de haberse rebelado contra esa pasión dañina que sentía por él>>
—De esta forma, dices que no era amor propiamente dicho porque no se hubiera sentido tan feliz luego de aquel juego de "Verdad o reto".
<<Sí>>
—Y bueno, aunque tampoco estuvo feliz viviendo con Teresa. Ni amor con los hijos hubo. Esa es otra de las razones que me hacen ruido con el tema de que ella haya sido su primer gran amor. No me convence.
<<Gran parte del amor consta de sacrificios, paciencia y convivencia. Él soportó todo ello y más en un esfuerzo desmesurado por permanecer a su lado, con el objetivo de cuidarla y protegerla por el rayito de luz que era. Aquel es el mayor acto de amor que pudo haberle regalado. Brindarle un futuro de la mano de alguien que la quería y apreciaba. Le dio una familia, una compañía constante, la certeza de que se sentiría querida por el resto de sus días. Sencillamente, le entregó todo el amor que poseía>>
—¿Y para qué? —pregunté decepcionada—. ¿Para qué tanto esfuerzo en algo que no disfrutaba? Le dio mucho y se quedó sin nada.
<<No. Obtuvo, a cambio, el regocijo de haber hecho algo bueno. El gozo de haber ayudado a alguien que lo necesitaba. Eso más las sonrisas y fortaleza que ella le proveía conformaron el mayor tesoro que alguna vez pudo haber conseguido. Y fue fruto de su amor, de la difícil decisión de elegir amar a una persona hasta el cansancio, procurando proveerle cuanto le fue arrebatado y/o requiriera. Sacrificándose para que Teresa estuviera bien. Aquello es amor puro y ella fue la primera que lo recibió de parte suya. Con Oscar, no llegaron a ese punto, pues sus actitudes desinteresadas y amargas evitaron que él le diera su todo. No lo merecía, tampoco se lo devolvería si la situación fuera al revés. Sin embargo, Teresa sí lo haría. Sin dudar. Y esa complicidad y ayuda mutua entre ambos es amor, fue un verdadero amor>>
—¿Cómo? ¿Cómo estás tan seguro? ¿Cómo es posible que den tanto a otros, tanto altruismo hacia los pedidos de otros?
<<Es posible, ya lo verás en la próxima narración>>
—No sé. Parece cosa tan de otro mundo.
<<No si hallas ese amor tan puro>>