2) Breve introducción

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  En ocasiones, las noches son largas carreras de insomnio. Horas y horas en las que los párpados se rehúsan a cumplir con su trabajo por lo que permanecen con las ventanillas arriba. Volteo a un lado, volteo al otro, me levanto en busca de un vaso de leche, vuelvo a acostarse y repito el proceso nuevamente en un débil y desgraciado intento por matar el tiempo. No funciona. Tal vez, y solo tal vez, si pudiera soñar con la suavidad de brisas dulces en campos verdes adornados con esponjosas ovejas brincando a través una cerca de madera lograría dormirme finalmente. Sin embargo, mi imaginación se ve acortada por la cortina de rutina y repetición. ¿Cómo fantasear con tal paisaje si lo único que ocupa espacio en mi mente son los extensos manuales de estudios literarios y las decenas de libros tragados sin masticar por semana? Además, hace meses que no piso un trozo de naturaleza. 

  Los minutos corren, mi cerebro permanece en blanco y el casete mental gira entorno a la misma cinta de película anticuada y aburrida que conozco de memoria. Lecciones de tipos de narradores, exámenes de transcripción fonética, escuelas de pensamiento y más suenan como música de fondo en el interior de mi cabeza. Una melodía para nada agradable. Llegada la hora del amanecer, la costumbre de entre semana toca timbre. Las responsabilidades se apresuran a atender. Al abrir la puerta, ingresa el hábito de vestirse, desayunar y tomar el autobús rumbo a la facultad. Es un nuevo día. La vida se reinicia y, no obstante, un terrible dolor de estómago trata de detenerme. Arcadas de un vómito no dicho amenazan con cortar el programa que ya tenía planeado. 

  Mi lado comprometido no me permite faltar, a pesar de encontrarme en la universidad (institución en la que a los profesores no les interesa la existencia de sus alumnos ni si fallecen camino a ella). Por tanto, no me queda otra que engullir un Reliverán contra la emesis y partir trotando hacia la parada de micros. En un viaje que dura cuarenta minutos, la medicina procura hacer efecto. Como consecuencia, el sueño busca aparecer y, aunque perfectamente cerraría los ojos si la inseguridad no fuera tanta como para despertarme en una sala clandestina sin órganos, lo niego con rapidez para después darle su momento de fama en un lugar más cómodo. Los párpados luchan por mantenerse arriba. Así y todo, la imaginación no pelea por surgir. De nuevo, me percibo como un zombi. Despierta físicamente y muerta mentalmente.

  Las clases no hacen más que aplacar mis aletargadas neuronas con toneladas de información y detalles tan específicos que requieren el total de mi coste cognitivo. Y para ese 1% de capacidad cerebral que sobrevive gracias al fenómeno de la desconcentración, le resta un destino un tanto cruel. Consumirse como papel en llamas a causa de las interacciones sociales que debe soportar por obligación. Al concluir el horario estipulado de cursado, mi cuerpo activa la función automática. Cualquier impulso nervioso deja de percibirse, dado que el receptor principal ha abdicado temporalmente su puesto por insuficiencia de espacio neuronal. Es decir, desde que salgo del edificio hasta que termino de almorzar en mi casa, me convierto en un autómata cuyo principal objetivo es recibir alimento y distracción virtual de una pantalla de celular. 

  Una vez saciadas las necesidades básicas de cualquier robot humanizado en tiempos actuales, el estómago retoma con sus quejas previas. Habiendo despertado los cinco sentidos de mi organismo por medio de un plato de milanesas quemadas con arroz blanco, comienzo a recibir los gritos acallados durante toda la mañana. Las arcadas vuelven, no de indigestión, sino de palabras y frases e ideas por transformar en oraciones coherentes. Mi cuerpo intenta decirme algo. ¿Será que quiere avisarme que ya es hora de hablar seriamente, que llegó el momento de enfrentarme a ese tipo de cosas que pienso, pero no digo? De acuerdo, entonces inicio una lucha contra el vacío existencial de mi imaginación. Un duelo a muerte en el que alguien debe sobrevivir, sea el ganador un cuento breve o lo sea un auténtico fracaso y malhumor permanente por el resto de la tarde. 

  Triunfe o no ese día, reconozco que una sola historia no basta para aligerar el batido estomacal de palabras. Por instantes, el nudo en la garganta es demasiado grande, demasiados sentimientos acumulados como para soltarlos de una en una única tirada de diálogos y descripciones generales. Requiero de repetir dicha pelea varias veces hasta extinguir de mi interior y dejar por escrito el conjunto de terrores psicológicos que me acechan. Dicho de otro modo, preciso crear una decena (aproximadamente) de relatos breves para evitar tener que tragar un Reliverán todas las mañanas y vivir sumida en un reprimir constante. 

  Así, pues, esto son. Relatos breves, originados a una velocidad inusual en mí, escritos al pasar y sin tanta preparación previa ni complejidad narrativa. Hechos durante los viajes en ómnibus, entre tareas, al finalizar un difícil examen o tras la llegada de alguna fiesta interminable. Idealmente definibles como pequeñas muestras de catarsis personal. Bueno, mías y suyas por lo que espero. 

  Para finalizar, una frase de Virginia Woolf pronunciada por la señora Dalloway: "Su único don era conocer a la gente casi por instinto". Posiblemente, esta tenga que ver con las historias a continuación. 


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