2,1) 500 palabras

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  No necesito de 500 palabras para explicarte cómo funciona el mundo. No requiero de 500 adjetivos para encasillar a las personas que conozco dentro de categorías discriminatorias. No busco definirme a mí en 500 paréntesis o aclaraciones que justifiquen mis actos. En cambio, sintetizo todo ello en tres: Etiquetas y prejuicios. Por lo tanto, el mundo es egoísta e injusto. Mis amigos son agradables y falsos. Yo soy tímida y despistada. 

  Y, luego, me preguntan: "¿Por qué lo dices? Esa actitud tuya es muy poco inclusiva, no estás teniendo en cuenta a aquellos que son diferentes". O, sino, critican de un tramo: "Eso es de mentes cerradas". Mil disculpas, pero no estoy de acuerdo ni con lo primero ni con lo segundo. Y se los puedo explicar de un modo más dulce de lo que la vida ha hecho conmigo. Por supuesto, en menos de 500 palabras.

  Una vez leí algo que me dejó perpleja. Lo había escrito un psicólogo tras estudiar los casos de varios de sus pacientes. Él dijo: "Todos los encuentros son reencuentros. Comenzando por mamá y papá, nuestros primeros enamorados, y sumado el conjunto de personas con las que tenemos contacto en la niñez; el resto son versiones similares de aquellos primeros seres con los que tuvimos un encuentro".

  Así después nacen las teorías de que las mujeres buscan a sus padres en sus parejas y viceversa con los hombres. Fuera de que eso sea verdad en la mayoría de las ocasiones o no, sí creo firmemente en los reencuentros. O, ¿quién va a negar sentirse atraído hacia ese alguien con características ya conocidas y en quien le confiamos el pensamiento de que seremos una buena dupla? No es coincidencia que uno se queje de siempre elegir a las mismas parejas.

  De igual manera, sucede con las amistades. El otro día me crucé con una muchacha que, podría decirse, era la reencarnación viviente de una amiga  que tuve en la secundaria. El miedo se apoderó de mí. Una voz en mi cabeza no paró de repetirme, durante toda la conversación que nos llevó a intercambiar números, que la vida es cíclica y, por eso, lo que pasa una vez, pasa dos. Ella es adorable, un dulce de leche, sin embargo, a veces, tanta dulzura empalaga y empieza a notarse el exagerado esfuerzo que realiza en ser así.

  ¿Por qué no, simplemente, te muestras como eres? Ser amargo no está mal. Por el contrario, fingir es peor. No solo engañas a los que te aprecian, sino que pruebas mi hipótesis de que las personas que están, por así decirlo, destinadas a cruzarse en nuestro camino son siempre las mismas. De ahí que soy capaz de intuir su comportamiento y catalogarlas como libros.

  Es decir, no necesito de 500 palabras o de muchos años de sabiduría para afirmar que sé cómo gira el mundo y cómo actúa la gente en su interior. Observando comprendí que ya conocí a cuanto potencial reencuentro tendré en un futuro.


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