1,10) Relatos fallecidos 4: Un secreto

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—Ajá, con que las apariencias engañan... ¿Y cómo sería eso exactamente?


<<Bien, para ello, debemos aclarar ciertos asuntos primero. Principalmente, retomaremos en donde dejamos el tema del aura y los chakras. ¿Recuerdas cuando me explicaste que este consiste en un campo electromagnético que rodea a todos los seres vivos y es afectado por el estado físico, mental y emocional de cada individuo?>>


—Seee, obviamente. Además de que refleja las situaciones que uno experimenta, muestra lo que uno en realidad es y lo que está viviendo. Directamente influenciada por lo que piensa y siente.


<<Claro. Así, por ejemplo, si tenemos un estado elevado de conciencia, estamos relajados y serenos, el aura indudablemente estará clara. En cambio, si estamos viviendo situaciones difíciles, el aura estará más oscura porque se desequilibra. Ya que, como esta no es inmutable, cambiará con el tiempo, la evolución espiritual y el medio ambiente>>


—Entendido, ¿qué más?


<<El aura de nuestra joven protagonista, en esta ocasión, era oscura. De tonos negros, grises y marrones que reflejaban desequilibrios emocionales o dolencias físicas. Difícil de averiguar en base al amoroso medio ambiente en el que la hallé. Extremadamente perfecto como para dudar>>


—¿Es decir?


<<Una casa de clase media alta. Dinero no les escaseaba ni miembros familiares. Madre, padre y hermano del tipo estándar. Sin violencia ni traumas psicológicos. Ninguna muerte importante reinaba en ellos tampoco. De trabajos regulares, estudios, viajes, idiomas, deportes. Nada parecía esconder secretos. Nadie parecía esconder su verdadera identidad>>


—Ajá...


<<Sin embargo, personas con las características de un aura oscura suelen estar llenas de ansiedad y angustia, lo cual se traduce en comportamientos superficiales y agobiantes. Alguien con malas intenciones, con la maldad arraigada a su corazón por algún motivo como la venganza; cargará sobre sí oscuridad. Y aquello fue lo que noté al encontrarla a ella, en medio de su estudio por los diversos tipos de helechos, sentada en el patio interno de su casa. Ya de lejos visualicé las incongruencias en su aura. Un alma atrapada en pozos de niebla y confusión. Inmediatamente, retrocedí. Correría un peligro mortal si me dejaba contagiar por la negrura de su energía>>


—Un pequeño problemón —ironicé—. ¿Y cómo harías para saber su historia si ella no te la contaba con palabras?


<<Tras observar su estado, no había otra opción que no fuera la transmisión oral. Tanto sus dolencias físicas como emocionales me dañarían internamente si yo tratara de atravesarla y amoldarme a su alma. Saldría contaminada por su elevada negatividad>>


—¡Imposible! ¿Así que te vio? ¿Cara a cara?


<<No. Te expliqué anteriormente que debe ser su destino vernos. Sino, no>>


—¿Y bien?


<<¿Recuerdas el "Proceso de invisibilización"? Esto de ser consistentes con el aspecto y textura de los fantasmas. De acuerdo. Ella poseía las mismas cualidades>>


—¡¿What?! ¿Cómo?


<<No pretendo dar a conocer la razón antes de tiempo, únicamente puedo adelantarte que su alma estaba más expuesta de lo normal. Tanto que, al verme y reconocerme como un igual, tuvo el coraje de entablar una conversación conmigo. De igual a igual. De palabra a palabra. De su mundo de emociones al mío. De manera idéntica a que si yo me hubiera adherido a este de forma voluntaria>>


—¿O sea que hablaron así como estamos hablando nosotros? ¿Bla, bla, bla?


<<Los fantasmas no poseen cuerdas vocales. Transmiten sus pensamientos a través de la mente. Como la voz de la conciencia>>


—Como los hermanos silenciosos. 


<<¿Quiénes?>>


—Hermanos tuyos que viven en la Ciudad Silenciosa —me reí. ¡Qué malvada soy!— ¿Y es eso acaso posible? Conversaciones de almas gracias al poder de las neuronas.


<<No lo creía real hasta el momento. Simplemente, de un segundo a otro, surgió como una nueva forma de comunicación para las almas atrapadas y los auras oscuros. Una agradable sorpresa y gratamente nutritiva de conocimientos. Aprendiendo de ese modo, que los universos se complejizan cada vez más, los límites se expanden y todo se convierte en posibilidad>> 


—Okey, supongo que lo comprenderé luego... Pero, ¿y lo de las apariencias engañosas? ¿Tiene que ver con el susto-asombro que te diste cuando charlaste con su alma como si nada raro estuviera sucediendo?


<<Similar>>

  

  Que miedo, digo, misterio.


—Bueno, ya. ¡Cuenta de una vez! 

  

  Deseosa de descifrar los secretos que aguardaban a por mí en el relato, lo titulé: "Un secreto"

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"...Si fuera ilegal tener maldad en la mente
Y me abrieran, me pregunto: ¿Se sorprenderían?
¿O hay otras personas que están igualmente inclinadas?
Oh, si pudieran leer mi mente 
¿Me encerrarían de por vida?..."
-Alec Benjamin - Lock Me Up For Life-

  Desde pequeña tengo el don de sonreír. "Tu sonrisa tan dulce como tu tierno cuerpecito de niña" oigo en forma de halagos, de parte de cualquier persona que me cruce. Suelo sonreírle a todo y a todos, a los niños ruidosos jugueteando por las tardes, a la inmensa cantidad de adultos enfurecidos con los que trato constantemente, a los tiernos abuelitos con bastón quienes cruzan las calles con dificultad, a los ladrones que han intentado asaltarme a la vuelta de mi casa, al conductor del autobús que no quiso detenerse y recogerme en la parada, a mi mamá en medio de su reto y futuro castigo por no preparar el almuerzo a tiempo, a la tortita calentita recién salida del horno lista para ser consumida, a las gotas de lluvia golpeando la ventana de mi cuarto por las noches y a los rayos de sol atravesados por un arcoíris a la mañana siguiente, a la vida en general por regalarme más horas de supervivencia en este adorable mundo. Sonrío debido a que soy feliz, estoy feliz con lo que tengo y me siento realmente agradecida con ello. Una reacción inconsciente, creo, provocada por el usual bienestar que me nace de pertenecer a tan increíblemente bello planeta.

  "Tienes la sonrisa de una niña" escucho a diario. "De dientes cuadrados, blancos y con la inocencia de un bebé al que le enseñan, frente a sus ojos, un colorido juguete proveniente de un estante de la sección juvenil del supermercado y quien cree, ingenuamente, que se lo están regalando cuando en realidad jamás fue planeado comprárselo sino que se lo mostraron con la intención de ver su dulce reacción y capturarla en una foto que pronto irá a presumirse en el Instagram de la inmadura madre". Bueno, tal vez exageraron un poco demasiado con el segundo cumplido, aunque se comprendió su propósito. Recalcar la ternura, pureza que mi sonrisa refleja en cada ocasión que la saco a relucir. Y tampoco debo olvidar mi risa. ¡Ay si mi risa es contagiosa! Jamás una risita nerviosa o tímida, al contrario, una risotada de las buenas, de aquellas que llenan la habitación en que uno se halla sobreponiéndose a cualquier conversación o asunto de importancia que se esté discutiendo. Gruesa, ruidosa, de dientes expuestos y labios entreabiertos hasta el extremo de forzar a las mejillas a tirar de su flácida pielcita para que el tamaño de mi boca pueda seguir esparciendo su alegría alborotada.

  "¿Hay algo de lo que no te rías?" me preguntaron una vez. Como respuesta, me reí. Imposible. Cada comentario, palabra, texto, película, mueca, error, objeto, sonido, situación y cada esquina agobiantemente normal del mundo, me causa risa. No del tipo malvada, despectiva que ríe por considerarse mejor o superior a otros, sino del género bobo del que todo le parece una ocasión especial para celebrar su singularidad y denotar cuan geniales son para ser capaces de revolucionar el humor de alguien, en el buen sentido, obviamente. Sucede, por ello, que mi barriga duele con frecuencia, lo mismo que mis pómulos los cuales suelen quedar atascados en una incómoda posición alzados hasta el punto de achicar el tamaño de mis ojos. Luego, y riéndome de mí misma, me recuerdo a la señorita Barbie del film "Toy Story 2", quien se quejaba de los calambres que le generaba estar sonriendo estáticamente la mayoría del tiempo. Del infantil nivel ese, enseño la felicidad y goce que poseo con mi vida.

  De la mano del agradecimiento, además, surge lo que se llama "ley de la atracción". Esta ley, en simples palabras, consta de una creencia basada en que la energía que emitimos será capaz de atraer a otra energía similar a la que emanamos. Si yo, entonces, desprendiendo las grandiosas buenas vibras que nacen de mi aura de amor y cariño, soy una persona de excelentes modales con el universo, éste me devolverá lo mismo. Soy amable, me serán amables. Soy solidaria, me serán solidarias. Y así sucesivamente. Una suerte de familia, amistades, novio, inteligencia y más me lloverán a consecuencia de la bondad con la que trato cada minúsculo ser, vivo y no vivo, de la Tierra. "Como te ven, te tratan" oí una vez. Creo que provino de una charla entre dos estrellas enanas blancas a la espera de morir heroicamente. Por tanto, si me ven fabulosa de alma, aun cuando mi ropa esté desaliñada y mi cabello sucio, recibiré tratos de fabulosas princesas de Disney. Y de combo completo, claramente. Castillo, poder, amor, un final feliz por el resto de mi vida.

  "Sí, bueno, cuando viajé a Francia vi... ¿ah? Sí. La vida me dio la bellísima oportunidad de viajar al otro lado del mundo por unas semanas. El mejor viaje, por lejos, de mi vida" es uno de los ejemplos más concretos y fáciles de entender en los que nuestra generosa galaxia me obsequió un provecho que casi nadie obtiene de forma tan gratuita. Durante el 2019, los astros se alinearon a fin de influir en la persona, signo, ascendente y luna de mis padres y directores de instituto para que se pusieran de acuerdo y planearan una jornada de aprendizaje hacia París por quince días. Según la reconocida astróloga Susana Garbuyo, a quien todos conocemos por sus desacertadas predicciones zodiacales, concluyó que en base a la incambiable rotación de los planetas y a sus movimientos en forma directa o retrógrada, mi signo se vería beneficiado con la terminación de la Luna en Piscis, último signo del zodiaco, que marca el final de una etapa. Por ello, el dinero abundaría, las ganas no se agotarían, el éxito sería alcanzado en el cumplimiento de tan preciada experiencia en el exterior. Finalmente, iría allá y pasaría a través de uno de los momentos más reveladores y profundos que alguna vez he vivido. 

  La travesía a Francia me cambió; las costumbres del país, su lenguaje, monumentos, intereses, gustos culinarios me cambiaron; la gente rica que me alojó en su humilde morada modificó mi manera de percibir la realidad de los problemas internacionales y el impacto que provocan en los jóvenes; la aventura de manejarme sola en un país en el que nunca había estado y ser responsable de mis actos con únicamente dieciséis años, hizo que el suelo a mis pies tambaleara en una madurez repentina y descomunal; incluso, los compañeros con los que fui alteraron mi sentido de amistad y la timidez con la que me relacionaba con ellos. En conclusión, mi mera existencia se vio trasformaba, de arriba a abajo, por aquel regalo del universo. Crecí como persona, como mujer, como joven temeraria de ahora en adelante. Aprendí a comunicarme en inglés y francés, aparte de mi idioma, español; comprendí la importancia de pelear por los ideales de mi generación, en la que tantos muchachos parisinos armaban marchas y campañas; me introduje en política, economía, temas ambientales, sociales y en su cultura; abrí mi cabeza a un nuevo mundo por fuera de las fronteras de mi pequeña casa en el pequeño barrio de mi pequeña provincia en el pequeño país de Argentina. 

  A pesar de los escasos malos tragos que me comí por aquellos pagos, como por ejemplo: La inmensa araña que un día apareció en el espejo de mi baño personal y que, mágicamente, desapareció bajo la suela de mi zapatilla cuando intenté asesinarla; o cuando me ofrecieron fumar un cigarrillo con algo más que nicotina en una plaza con extraños; o asimismo en la tarde de arribar a destino, participar en una fiesta francesa juvenil en la que no entendía lo que cantaban, odiaba el estilo de música, me hallaba vestida casi con pijama y en la que no bebí ni una gota de alcohol por razones de inocencia que todavía me amarraban; disfruté la estadía. Me nutrí de un cosmos totalmente diferente al que estaba acostumbrada. Me convertí en una maníaca del buen gusto, las charlas intelectuales, la gente interesante, la erudición por sobre la idiotez. Es decir, que las neuronas de mi cerebro intercambiaron el chip de "mediocridad" al de "excelencia" y por eso, cuando fue hora de abandonar el sueño más filosófico que estaba imaginando en carne y hueso, choqué con la aburridísima vulgaridad de los espacios que habitaba. 

  Retomé a caminar por las mismas sucias calles repletas de pozos y acequias inundadas; conversar con mi papá sobre los goles que Leonardo Ponzio metió en el partido de River Plate contra Boca Juniors, ir de compras al supermercado de la esquina a ver los precios de la leche Serenísima por órdenes de mi mamá, pelear con mi hermano mayor por quien se baña primero cada noche, comentar con mis amigas de escuela los chismes de si a Wanda Nara le otorgaron o no la custodia de sus tres hijos, a causa del escándalo sexual y la separación con Maxi López que la llevaron a abandonar Italia para regresar a Buenos Aires; y de especular cuánto tiempo más duraría la relación de Benjamín Vicuña y la China Suárez tras romper con Pampita. Volví atrás en el tiempo a los instantes en que me caracterizada por disfrutar de charlas de mal gusto, sobre temas sosos y sin ningún propósito más que el de meterse en la vida de los famosos por puro morbo a las impudicias ajenas. Las simples de tareas de ir al colegio a estudiar materias incompletas impartidas por malos profesores, socializar con mi familia mientras mirábamos el noticiero matutino sobre los frecuentes robos a ancianos decrépitos en barrios pobres, hasta ir al cine con mis amigas a ver películas de bajo presupuesto hechas por tacaños directores de Hollywood; me parecían horrorosas. 

  Ya no soportaba lo chabacana que había sido mi vida antes del viaje. Repudiaba la ignorante simplicidad con la que convivían todos y la que, unos meses atrás, yo también compartía. Mi mente exigía trabajo, sudor e interés, y con ello me refería a información acerca de los 2,5 millones de hectáreas de zona selvática que estaban siendo pulverizadas con el incendio del Amazonas; las razones ocultas por las que la ministra británica, Theresa May, renunció a su puesto; y, la más importante, seguir de cerca el movimiento de "chalecos amarillos" el cual movilizó a miles de manifestantes en París en contra de la política social y fiscal de Emmanuel Macron. Data de esa índole era de la que deseaba llenarme. Trascendental, lucrativa, valiosa para el desarrollo de mi nueva personalidad atraída a los asuntos que consideraba serios y primordiales al día a día. Fue, por consiguiente, que con la más hermosa de mis sonrisas y agradeciendo la merecida amistad que me brindaron durante cuatro maravillosos años, me alejé discretamente de mis "amigas" de escuela.

  Corté las salidas, diálogos infantiles, justificaciones de por qué no compartía sus opiniones, mentiras de sentirme a gusto con su forma de pensar. Para fin de clases, ya no nos dirigíamos la palabra, gracias al cielo, pues había perdido la capacidad de tolerar el lento funcionamiento de cerebros inmaduros hacía meses. No sólo eso, sino que, además, desinstalé aplicaciones como Facebook e Instagram, lugares de donde se produce contenido basura a grandes cantidades y cuya única meta es pudrir el placer de adquirir conocimiento de calidad. Cerré mis playlists musicales a todo excepto álbumes franceses y los provenientes a Coldplay, la que es sin duda la mejor y más completa banda del planeta. Me convertí en extrovertida, charlatana con preferencia de oyentes, amante del buen saber y las conversaciones ilustres. Olvidé los romances problemáticos de gente rica y las relaciones tóxicas de libros juveniles, concentrándome en amores correctos como el de Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy en "Orgullo y Prejuicio". Leí libros de cultura tal "El Señor de los Anillos" obviando los cuentos de niños escritos por niños en plataformas como "Wattpad".

  De paso, descubrí que las amistades son meros automóviles para lograr conocernos, saber la forma en que reaccionaremos a diversas pruebas de la vida, la manera en que nos defendemos y relacionamos con las personas que son capaces de traspasar nuestras barreras de seguridad. Muñecos, otro modo de decirlo, con los que jugamos un rato, nos aburrimos y compramos unos nuevos. Mi reciente esclarecimiento de la realidad comprendió dicho hallazgo con bastante rapidez, por lo que, borrada la pasada presencia de mis precoces amigas colegiales, me conseguí un amigo crecido a mi altura. Alguien cuyo camino se encontraba poblado del mismo tipo de césped y rocas que el mío. Más que un amigo, por cierto. Novios a los pocos meses. Facundo, su nombre. Aunque, claro, el proceso de superación de etapas no sucedió de la mañana a la noche. Veloz, pero no flash. Hubo semanas de tristeza, soledad y nostalgia por la persona pequeña e inocente que solía ser, con la que la mayoría se llevaba bien. Seguía sonriendo y riendo a los montones, eso sí, sin embargo, mi pensamiento avanzaba y se endurecía. Maduraba. Se tornaba adulto. 

  Quería extrañar a la niña que se complacía con la sencillez y lo mundano. No obstante, no podía. Ella se había ido. Su imaginación, deseos y fantasías por el "País de Nunca Jamás" de Peter Pan se habían extinguido. Lo que quedaban eran migas recordatorias de que, en algún momento, gocé cantando los versos de Timon y Pumba. En cambio, en el presente, las únicas estrofas que repito sin cansancio son las de: "No estoy interesada en hablar con personas ignorantes a cualquier conflicto financiero que ocurre en el gobierno, tanto nacional como internacional; brutas en el arte de estudiar una carrera formal y que se hallan paseando por la vida sin aportar ni un gramo de colaboración a la familia que las crio, sea trabajando o estudiando; ni con gente fanática de cuanto producto elaborado se venda en los medios, incluyendo dentro de la bolsa a los religiosos, ciegos por el deporte, cantantes, cultos raros y todo aquello que demuestre una pasión loca y sin sentido". Juntarme con ellos contaminaría mi aspecto mayor y prudente, que ya de por sí cuenta con la figura de una chiquilla, pero con firmes principios que destacan del resto de adolescentes.

  Mi novio, para la suerte de ambos, se identifica dentro del tipo de personalidades con las que busco armar vínculos. Él es inteligente, tanto que estudia ingeniería en una de las facultades más prestigiosas de la provincia; buen mozo, dulce y gracioso al grado de atrapar entre sus risas a todas mis bromas. Al igual que los temas de suma importancia. Siempre ha sido sencillo desarrollar mis pertinaces opiniones respecto de la maldición de presidente que tenemos y de la inutilidad de los gobernadores que nos dirigen, y oírlo concordar enseñando el detrás y revés de sus argumentos. Discutimos saludablemente, enriqueciendo nuestro vocabulario, aprendiendo a tolerarnos mejor y a otros por igual. Ser su novia, estar a su lado, es maravilloso, admito sin lujos, aunque no todas las obligaciones del noviazgo son de mi agrado. Una relación va más allá que escuetas charlas. Por lo general, trae aparejada una unión un tanto abarcativa de los términos psicológicos y físicos. Perpetuando que la comunicación es necesaria, casi lo esencial en una pareja, pero la atracción, el interés pasional lo es además por igual. Y es ahí cuando nuestra confianza se derrumba. 

  Tenemos la costumbre de vernos durante los fines de semana, en ocasiones suertudas, más de una vez. Aunque depende de cuan abarrotados nos hallemos con nuestras propias actividades escolares y/o familiares. Comúnmente, un par de horas cada cinco días son más que apropiadas para decir que mantenemos un vínculo emocional. Ya que, en cuanto a sostener una especie de relación íntima, ni un par de horas ni un millón de años harán que le dé permiso de copular conmigo. Según corre mi reloj, se conoce de la oficialidad de nuestro título desde hace veinticuatro meses y yo aún sigo siendo pura. Las caricias, besos, mal-intencionados roces, no han superado el límite de la ropa. Castidad. Abstinencia. Características que nos definen, que no comento con nadie. Él anhela romper con ese récord, por supuesto, sin embargo, yo no lo dejo. Existe por detrás de mi humilde negación un expansivo mundo de razones por las que no adhiero a sucumbir a sus acalorados encantos. "Tu espacio y mi espacio" le digo para convencerlo de mis dudas respecto del acto en sí y de que no persista en sus obstinados intentos por doblegarme. 

  Sucede que yo poseo, muy muy muy profundo dentro mío, imperceptible al mundo, un secreto. Al interior de mi corazón, un cofre de madera de Nogal, trabado con siete tipos de cadenas distintas y ocho candados de hierro cuyo núcleo guarda un cándido trozo de papel blanco arrugado, en él garabateado con tinta negra una palabra. Una sola palabra. Mi secreto. Y, debido a la máxima seguridad que lo protege, Facundo nunca llegará a averiguarlo, resolver su acertijo, proveerme una solución y abrirme las piernas para ingresar. No obstante, que la travesía sea larga y compleja, ligeramente irrealizable, no supone que yo no desee que él la finalice. ¡Claro que quiero! Lo requiero, lo codicio con angustia. Por instantes, enloquezco en su espera. Tanta virginidad me produce demencia. En ocasiones, conllevándome a sentirme loca de remate. Como si furtivamente formara parte de aquel especial grupo de psicópatas calificadas como "peligrosas" por la sociedad y que, harán un par de años, hui de mi clínica disfrazada de la enfermera primeriza que estrangulé con mis propias manos y opté por fingir ser ella, usurpando su casa, mascota, familia y vida. 

  Son de esas veces en que los desvaríos de mis neuronas suscitan a que imagine, incivilizadamente, "situaciones anormales" que le quitarían el sueño a cualquiera que se las contara u oyera en boca del amigo de un amigo. Me encerrarían, ahí sí, en un manicomio por perturbar la ordinalidad de los pensamientos de la gente cuerda y por intento de homicidio de la señora "Pureza" de las mentes jóvenes. "Es cosa del demonio" dirían y, más tarde me dispararían en la cabeza para evitar el contagio psicológico con otros. Dejaría, simplemente, de existir por querer satisfacer mi anhelo interior de sangre y placer. Es inevitable, incontenible, por momentos, el deseo que me posee de matar a cuantos corazones laten a mi alrededor y de beberlos, oh sí, de emborracharme con su espesa sangre y de bañarme con ella. Como una ducha de agua helada, esparcirla por mi pecho y alrededor de mis diminutos senos, dibujando remolinos hasta llegar a los pezones. Presionarlos con intensidad para luego continuar bajando a mi abandonado y lampiño sexo aunque apropiadamente afiebrado del calor que produce. 

  Descender mi mano izquierda, mojada, empapada de dicha acuosa sustancia tan sólo para encontrarse que entre mis pliegues ya existe la humedad del deseo. Introducir mi índice y batir y batir y refregar para mezclar ambos líquidos, para producirlos en mayores cantidades, para provocar que las cosquillas de mi vientre se tornen tan violentas que, involuntariamente, inciten a mis caderas a alzarse, a mis rodillas a doblarse, a mi estómago a retorcerse, a la entrada al paraíso a lubricarse de lujuria. Y arquear la espalda con desesperación, arrojando la cabeza contra la almohada y gritando, aclamando sin sentidos a irreales visiones que no hacen más que excitarme en mi imaginación, a salvajes entes que no hacen más que agarrarme del cuello a lo bruto y presionar sin piedad. Cerrar los dedos entorno a la piel que recubre mi garganta bloqueando, ferozmente, la entrada de aire a mi cerebro. Todas mis vías lógicas inhibidas de razón y rellenas de lascivia, endureciéndose al punto de estallar de demencia, de exasperación y paz, tranquilidad tras la erupción del volcán. 

  La absoluta tensión de mi cuerpo se calma, respira entrecortadamente, temblando de recordar cuan sabroso fue degustar el sabor de la sangre en las entrañas. Mi corazón retoma con su latir, el golpeteo normal que lo caracteriza, opacando el pulso de los otros. Ya no los oigo más, ya no me siento sedienta de muerte, ya comienzo a percibirme como lo que era en un inicio: Un humano, no un caníbal. Una jovencita, no una asesina. Una Valentina inocente, no una desquiciada y rara. Regreso a mis cabales, zona de donde nace mi bella risa y la ingenuidad por la que me reconocen. Soy feliz, como era al principio. Por ello, me olvido en su totalidad de la locura que se oculta en mi inconsciente, del apetito libertinoso prohibido, empiezo a desconocer a dichos afanes obscenos cada tanto me atacan, y me adecuo al rostro que todos aman. Una muchacha madura, responsable, intelectual de cara sonriente de niña pequeña de dientes cuadrados, blancos e inocentes. Recobro la presencia dominante, la extroversión despreocupada y el gusto por entrometerme en el buen saber y las conversaciones ilustres. Mantengo, así, mi secreto escondido. 

  Mi secreto, mi secreto. Tan hondo por minutos y tan superficial por segundos. Tan obvio. Tan inesperado. He adquirido la regularidad de preguntarme cómo es posible que la gente no lo note cuando está expuesto a plena vista. Tan claro. Tan imposible. Tal vez sea que he aprendido a ocultarlo con tanta astucia bajo mi aparente personalidad, que ya nadie es capaz de sospechar nada. Sin embargo, lo cierto es que, tarde o temprano, comenzarán a verlo. Incluso siendo yo una perfecta actriz de Hollywood galardonada con el Premio Nobel de la Mentira. Porque los años transcurren, las arrugas aparecen, los huesos pierden fortaleza, la vida se extingue del iris de los ojos y yo continuaré exhibiendo mi cuerpo de jovencita, mi sonrisa de niña, mi incapacidad de concebir un hijo. Porque ya morí años atrás, cuando apenas tenía la edad suficiente para entender lo que era la menstruación, su definición y su relación con "la charla" que se les brinda a todos los estudiantes del último año de la primaria. Debido a que fallecí en un accidente doméstico a la edad de doce años, en mi casa, y ninguno de mis familiares lo advirtió.

  Mis padres me alertaron, claro que lo hicieron, subir a la terraza utilizando la escalera plegable de aluminio era un peligro y más si se encontraba rota, a la espera de un especialista que la reparara o se comprara una nueva. No escuché. Ellos estaban siendo exagerados. Yo subía y bajaba dicha estructura unas cinco veces al día y nada, jamás sucedía. Tambaleaba, mi corazón se agitaba, la fuerza de mis piernas sosteniéndome, alcanzaba el borde y la vida continuaba. Simple. Los accidentes eran inexistentes. Yo era una niña, vivaracha y ágil, quien crecía sin el mayor de los inconvenientes. Jugaba a la Play con su hermano, invertía las tardes bailando al ritmo de los cantos de Rapunzel en "Enredados", cocinaba panqueques con su mamá y manguereaba el auto junto a su papá para removerle la suciedad. A su pesar, sobrevino una noche en que los fierros aflojaron su resistencia, la picardía subió de nivel, la sana adrenalina mutó a un pánico descontrolado. Hizo falta de un error al pisar con tal que los nervios se apoderaran de todo. Me resbalé. Caí. 

  No volví a despertar hasta luego de varias horas avanzada la oscuridad, empezaba a amanecer. Me levanté del suelo, extrañada. Nada me dolía. Ninguna herida. Estaba en perfecto estado. Con razón, pensé luego. Observé a mi lado y me vi a mí misma, con el cerebro reventado y un gran charco de sangre bajo suyo. Mis ojos abiertos, oscuros como la muerte. No me alteré para nada, a propósito, me reí con cinismo. Estaba muerta en el piso y muy vivita en el halo de un fantasma. Irónico, ¿no? Proseguí con mi risa sarcástica mientras buscaba un cuchillo a la cocina con el objetivo de cortar un extenso tajo en la espalda de mi cadáver y poder retirar la basura de su interior. Huesos, carne, músculos, lo que sea que hubiera allí y del que, todavía, no me enseñaban en el colegio. Lo usaría de disfraz. Una piel exterior recubriendo la maciza ilusión espectral de la que estaba compuesta. Y era bien sólida. Lo ideal para soportar la delgada dermis de niña. Terminé con el proceso de limpieza, recogí los desechos, saqué las bolsas, deshice mi camino hacia la habitación donde debería haber estado durmiendo en lugar de jugar en la terraza.

  De ahí en adelante, continué como si nada. Mi mente desarrollándose, madurando, mi organismo estático en un cuerpo de muchachita, inmaduro, deshormonal, solamente contaminado por la intimidad que veía y deseaba experimentar. Sin siquiera tener las facetas de crecimiento obligatorio en cualquier adulto. Nunca pasé por los cambios de humor propios de la pubertad, jamás salte de la risa al llanto o a la histeria. Mi humor constantemente level-headed. La vida se me basaba en risas, sonrisas y excusas. ¿Por qué soy la última en bañarme por las noches? Pues, debo quitarme la piel y lavarla por separado. ¿Por qué no permito que mi novio se acerque de más? No creo que le guste encontrarse con un torso demarcado por costillas sobre una pancita infantil, pies de lagarto y cero vellos corporales. ¿Por qué no permito que se me vea en ropa interior o malla? El hilo que circula mi espalda, de punta a punta, carga con una abertura demasiado notoria por la que entro y salgo con frecuencia.

  Es, de ese modo, que mi secreto permanece enmascarado, tapado de curiosos, disimulado a la sombra de una personalidad imponente, mayor, respetable. Llevo seis años encubriendo el engaño, la gente no posee pista alguna, sigo apostando hasta cuando podré seguir viviendo así. Por ahora, los problemas no son de gran relevancia, puedo continuar sin drama. 

                                                       .........................


—Ja... no te lo puedo creer. Un fantasma con apariencia de nena engañando a la gente—. Chasqueé la lengua— Es una perra con todas las letras. Una pendeja, embustera, resentida, ruda y apática persona. Bien merecida está su cárcel de niña chiquita y tonta. 


<<¿Cómo puedes creer algo así? Es una maldición la que carga, una herida nueva todos los días, una condena que nadie debería sufrir aun cuando su actitud no sea la más amable de su universo>>


—Esa es la genialidad de las maldiciones, ¿no? Magnus Bane tenía mucha razón cuando lo dijo. 


<<¿Quién?>>

  

  Ahogué una risa.


—Ayaya, esta gente que no lee Cazadores de Sombras. En fin, volviendo al tema, ¿de verdad crees que poseía algo de amable? Me parece que ella ni siquiera sabía el significado de amabilidad ni de sinceridad o tolerancia. ¿Qué clase de muerto viviente usa su propio cadáver para pretender vivir una vida que dejó de pertenecerle en el momento en que murió? ¿Qué clase de corazón busca jugar con los sentimientos de los demás? Hacerles creer a su familia, amigas y novio que son queridos, amados, valorados por su espléndida sonrisa. A ella le vale madres todos ellos. Es evidente. Sino, ¿por qué mentiría? 


<<Tal vez, debido a que no poseía opción>>


—Nada que ver. Si a ella les importara, aunque sea un poquito, no les mentiría para nada. Hubiera aceptado su muerte física permitiéndoles a sus seres queridos que la lloraran y extrañaran. Hubiera aceptado el hecho de que es un fantasma y que no tiene nada más que hacer en este mundo, excepto por resolver sus asuntos pendientes para irse pronto al cielo. Pero no. Eligió engañar. 


<<Y, ¿alguna vez consideraste que, a lo mejor, ese tipo de logros y experiencias eran las que le faltaban cumplir antes de abandonar su condición de espíritu? ¿Qué el viaje a Francia, los posteriores estudios, las efímeras compañías, cada uno de esos elementos eran los asuntos pendientes a resolver? ¿Qué a causa de su temprana muerte estaba destinada a continuar con las hazañas de su vida en condición de fantasma encubierto? ¿Qué no iría al cielo hasta que hubiera aprendido lo suficiente de la Tierra y poseyera el conocimiento básico del mundo antes de partir? ¿Qué piensas de eso?>>


—Que es una tontería. Ella podrá creerse la Madre Teresa de Calcuta, pero estoy segura que no lo era. Ni yo ni los miles de universos que existen. Por tanto, ninguno de ellos sería tan generoso de regalarle tan bello destino. ¡Patrañas! Ella es egoísta. Ella únicamente piensa en sí. Ella les miente para su propia satisfacción, no porque sea lo que está obligada a hacer antes de liberarse de la Tierra. No le importa el amor de su novio, la amistad de sus amigas, el cariño de sus padres. No. A ella le interesa solamente obtener tantos logros y aventuras como pueda y al demonio si deja gente tirada en el recorrido. Total, ya está muerta. No sufre. El resto de su círculo sí. 


<<¿Segura? En base a lo que oí, la jovencita era siempre agradable y sonriente. Tierna. Risueña. Agradecida. ¿A quién afirmas que hizo padecer? ¿A sus amigas? La amistad se disolvió como cualquier amistad mundana. Ella no lastimó a nadie, en cambio, fue lastimada. ¿A su novio? La mayoría de las parejas, en sus comienzos, presenta inconvenientes en la intimidad. En especial, cuando son jóvenes, inmaduros, inexperimentados. ¿A sus padres? El típico cansancio de verse a diario provoca estragos en la relación, aunque no es determinante para verse arruinados o culparla a ella. De modo que, ¿a quién de su círculo hizo sufrir?>> 


—A todos, dah. Según ella, nadie nunca estaba a su nivel, todos eran un par de infradotados a sus pies. Mientras que ella era una maníaca del buen gusto, intelectual, interesante, erudita, excelente y filosófica; los otros eran unos aburridos cerdos vulgares. Se quejó de la infantilidad de su familia y amigas, de la simplicidad de los libros juveniles y hasta criticó a las redes sociales de actuar como pudridores oficiales del conocimiento de calidad. Menospreció a cuanta cosa se cruzó por su paso para quedar como la más perfecta de la mismísima existencia. ¿Lo ves? Escaló sobre las cabezas de otros para sentirse bien con ella. Por ello, digo que le interesan solamente los logros. No la gente. No quiere perder el tiempo con bobos. 

  

  Nadie quiere perder el tiempo con bobos.


<<Estás convencida de que es mala, egoísta y materialista, precisamente, porque te molestó su cambio de actitud. ¿Verdad? No disfrutaste en lo más mínimo que derrumbara su primer personalidad para construirse otra>>

  

  ¿Y quién además de ella lo disfrutó?


—Verdad. ¿Con qué derecho hizo eso? ¿Con qué derecho se auto-concedió el poder de ser más que los demás?


<<Eso no es completamente cierto y no debo por qué explicártelo. Esto ya lo discutimos. El cambio es inevitable. Tú misma lo expusiste: "¿Acaso no sabe que madurar y cambiar de pensamiento es lo más saludable que pueda existir?". Por tanto, no veo razón por la que consideres que su cambio de preferencias sea irracional. Ella redirigió sus prioridades en otra dirección, un camino que le favorecía y la enriquecía como persona. Por eso se alejó de sus antiguas amistades. Por eso escogió a su nuevo novio. Por eso modificó su personalidad. No fue debido a que pensara del resto como necios varios niveles bajo ella. Por el contrario, deseaba lo mejor para ella>>

  

  Ilusa... 


—¡No es lo mismo! —chillé. Estaba impaciente por terminar la conversación. Ya suponía el rumbo que tomaría y no me apetecía conocer los resultados— Una cosa es cambiar para mejorar uno mismo, de manera solitaria, con la idea de progresar en las habilidades personales. Sentirse orgulloso de uno mismo. Otra muy diferente es cambiar con la meta de superar a otros sin un porqué definido. Robar las habilidades de los demás, adueñarse como si fueran propias, adornarlas y luego sacarlas a la luz para recalcarle a todos que él es el mejor, que nadie le puede ganar, que él es insuperable. Ella justamente hizo eso. Cambió para percibirse arriba del resto. Cada mentira le valió con ese objetivo.


<<¿Ese es tu razonamiento? ¿Lo hizo solo porque sí?>> 

  

  ¿Por qué sigues insistiendo? 


—Exacto. Se sentía pequeña, diminuta, sin valor. Y se cansó. Decidió convertirse en una gigante pisando a toda persona que creyera culpable, aun cuando ninguna lo fuera, aun cuando el "supuesto desprecio" fuera auto-infringido y no de alguien que anhelara bajonearla —me callé. Mis ojos fuertemente presionados ayudaban a tranquilizarme. Este tema me estaba superando más de lo que debería— Me... Me da pena que ella tenga que pasar por eso. Que... Que su orgullo no le permita valorarse por sí sola, sino que deba recurrir al sufrimiento ajeno para notar lo valiosa que es...

  

  Lo arruiné. Me fui de tema.


<<Inédito. Jamás esperé que finalizaras con semejante confesión. Sinceramente, admito que tu profundo análisis tiene enormes posibilidades de ser verídico. Aunque, claro, según ella nunca lo reconocerá>>


—Ajá.


<<¿De adónde proviene tanta seguridad?>>

  

  Sabía que sería muy obvio.


—Porque conozco a alguien así... —Respira, respira Y antes de que vuelvas a preguntar, no quiero hablar de eso. Pasemos al último relato tuyo.  


<<…>>


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